Ensayos: ¿Fue mejor?

Posted By on 7 Marzo, 1992

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Empieza el año laboral y el calendario de este mes se enciende con dos festivales de cine. El de Diners Club, en su undécima edición, anticipa estrenos interesantes de la actual temporada. La retrospectiva de cine francés, por su parte, reivindica un puñado de títulos de la época en que esa cinematografía estaba viva. Dos iniciativas valiosas, conectadas en el primer caso a la ansiedad por conocer lo que viene y, en el otro, a la nostalgia por recuperar lo que fue.

La revisión de las películas francesas puede llegar a ser por lo mismo dolorosa. De partida, porque la mayoría de esos títulos habla de una época irrecuperable y crucial. Es fácil a estas alturas echarlo todo en el mismo saco de la depresión: poner la decadencia de los ritos cinéfilos al lado de la desaparición de los cine clubes, unir la caída en la cantidad anual de estrenos a la deserción del  público de las salas de cine, asociar el crepúsculo de lo que antes se conocía como arte cinematográfico europeo al imperio avasallador de una supuesta ramplonería hollywoodense. Este ejercicio gusta a muchos sectores no sólo en Chile, sino también en otras partes. Refiriéndose a la cinefilia de los años 60, el director polaco Krysztof Kieslowski (No amarás, La doble vida de Verónica) declaraba hace poco: “Era la época en que el cine podía cambiar la vida. Ya no es así ni volverá a serlo”. Claro que Kieslowski reconoce no ser parte de los optimistas de este mundo. Sus convicciones son de un pesimismo programático francamente aterrador: “Eso –dice él– confirma mi teoría: todo lo que está bien se degrada y muere. Todo lo que comienza bien termina mal.  Todo lo que comienza mal termina peor”. Como para sacarle molde.

Peligrosa manera de pensar la suya. Sufrida manera de sentir. Esta percepción, aparte de catastrofista, puede llegar a ser muy malsana. Por de pronto, no conduce a otra cosa que a verificar que, en realidad, todo tiempo pasado fue mejor.

Pero, ¿fue efectivamente mejor? Más que considerarlo mejor o peor, quizás debería partirse por reconocer que fue distinto. Para el cine y para el mundo entero los años 60 fueron muy especiales. Muy entretenidos, muy intensos, muy disputados, pero al mismo tiempo, muy simplificadores: Hollywood por aquí y Europa por allá, la industria a un lado y el arte al otro, los autores arriba y los artesanos abajo, Godard adentro, Truffaut afuera…

Desde luego las cosas no son así en la actualidad. Las oposiciones podrán seguir existiendo, pero son mucho menos excluyentes que entonces. Ser un autor cinematográfico hoy no da patente para aburrir al público ni confiere impunidad para el cultivo de un narcisismo desaforado. Por eso cineastas como Fellini o como Godard están ahora lejos de tener el futuro comprado. Pero eso no significa que la autoría –la auténtica expresión personal– esté vedada en la producción contemporánea. El cine se achicó como fenómeno industrial, es cierto, porque la televisión copó muchos de los espacios que antes controlaba, pero continúa siendo un ámbito privilegiado de expresión para el artista. Aunque en menor cantidad que antes, la gente sigue yendo al cine o arrendando películas en el club de video. Si bien las audiencias de hoy no tienen nada que ver con las de ayer, el cine no es en absoluto despreciable como alternativa de diversión, como tema de sobremesa o como nexo de afinidades e intereses. Por el contrario, su popularidad puede ser mirada con mucha envidia desde la poesía, la danza o la plástica, que en comparación sí son artes de ultratumba o de capilla.  No todo, por consiguiente, está perdido.

Incluso más, nada realmente importante está perdido. Nada, al menos mientras queden cineastas decididos a apostar a la vida (no faltan), mientras sea posible seguir haciendo y viendo buenas realizaciones (lo que no es tan difícil), mientras haya gente que pasa momentos extraordinariamente intensos en las salas de cine (la hay) y mientras la experiencia pueda ser debatida con alguna pasión moral o intelectual entre amigos, en las sobremesas o en las columnas de la crítica (cosa que también ocurre).

Para cada espectador, la edad de oro del cine corresponde a la etapa en que comienza a descubrir el mundo a través de la pantalla. Ese momento es definitivo y estremecedor. Para muchos fue el tiempo en que reinó Greta Garbo y tienen buenas razones para probarlo. Para la generación siguiente nada fue superior a la producción que se hizo en los tiempos de Humphrey Bogart. O en los de James Dean, que vino después, o del Sin aliento, de Jean Luc Godard, el 59. Lo importante es no quedarse ahí. Lo importante es abrir la mente a la edad de oro que de seguro verán en quince o veinte años más los niños que recién ahora están naciendo. Ellos también tendrán su hora.


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