Tomar partido
admin | 18 Febrero, 2001
1-. La perpleja quietud de la belleza. Un asesino que interpreta una obra de arte, mientras otro asesino juega video. En el juego, los personajes son masacrados por la espalda, en algo parecido a un desierto. Parece casi real. Como el cine. Dura unos minutos. La cámara da vueltas. No sucede nada. Los dos asesinos son dos adolescentes. Todavía no son asesinos. El que toca el piano lo hace de manera perfecta hasta el final, donde quiebra la melodía, donde todo explota por un segundo y vuelve al silencio. Pienso en una de esas parábolas judías o chinas –da lo mismo, no importa, hay en una suerte de conexión entre la iluminación budista y el pensamiento rabínico respecto al sentido y la inestabilidad del universo- donde un arquitecto planifica una casa o un edificio y luego, en algún lugar, deja una mácula que borra toda perfección, que es por supuesto le es adjudicada a Dios. Suena a cábala. Puede que lo haya leído en Borges. Puede que también haya sido en un cómic. No importa, está ahí, en Elephant, donde una disonancia rompe la melodía, donde la narración se edifica de manera perecta para mostrar el silencio, donde documental es ficción y la ficción es documental. Cuñas en la estructura de las cosas. Un colegio en llamas, la llegada de lo inesperado: la realidad es en realidad realismo mágico.


