LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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abril 2004

Estrenos: Big fish (2003); Stuck on you (2003)

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No todas las películas portan mensajes en clave, pero las nuevas producciones de Tim Burton y los hermanos Farrelly parecen pedir a gritos dobles y triples lecturas. ¿Será para tanto? Parece que sí.

Vivir a la sombra de la propia reputación no cuesta demasiado cuando ésta se encuentra en la cresta de la ola, pero de lo contrario se convierte en un peso enorme. Un caso paradigmático puede ser el de Peter Bogdanovich, quien de estar a la cabeza de los cineastas de su generación con filmes como La última película (1971) hoy se limita a producir material en el limbo de los telefilmes gringos. Bogdanovich se volvió loco con su repentina fama, pero lo esencial es que se rehusó a cambiar con los tiempos: continuó vendiendo su imagen de cinéfilo incluso cuando fue evidente que era sólo una careta y ya nadie quería comprarla.

Ni siquiera el éxito garantiza completa tranquilidad al respecto: Spielberg demoró años en sacudirse el estigma de “chico maravilla” (sólo para reemplazarlo por el de “director filántropo”) y Peter Jackson ya empezó a ser descalificado por volver a meterse con una mega producción (King Kong). Ahora, si se introduce a la audiencia en el juego la situación simplemente se disloca: la gente siempre quiere más seguir leyendo

Tiempo de metáforas

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Se puede estar de acuerdo en que el público siempre quiere más de lo mismo –de lo contrario el negocio de las secuelas sería un fracaso-, pero una cosa es aprovechar las tendencias y otra es caer en el ridículo. A veces sólo el anuncio de un proyecto basta para desatar una oleada de imitaciones y productos relacionados: bastó que Spielberg anunciase su versión de La guerra de los mundos para gatillar varias adaptaciones del texto de H.G. Wells, algunas de las cuales ni siquiera llegarán a salas.

Y no hay que ir tan lejos a buscar ejemplos. El notable éxito de 31 minutos estimuló la producción de otros programas infantiles, pero además la aparición de mucha publicidad con monos, títeres y dibujos, algunos creados con un octavo de la imaginación desplegada por los creadores del programa y condenados, ciertamente, a perderse en el abismo de las tandas comerciales.

Repetición. Reiteración. El mercado gringo es lo bastante grande como para absorber productos fabricados con molde, pero en Chile la copia se nota. Y no porque sea mala: es que a veces no hay otros lugares hacia dónde mirar.

Algo de eso se cuela minuto a minuto en Cachimba, la nueva adaptación que Silvio Caoizzi emprendió a partir de un novela de José Donoso. Uno de inmediato siente que el cineasta ya ha pisado el terreno con anterioridad, pero que lo hace porque se ha olvidado del camino.

POR AMOR AL ARTE

Sería muy mezquino achacar ese extravío a la falta de oficio. Caiozzi y su gente no se complican para narrar la historia de Marcos Ruiz, empleado de banco y aficionado al arte que en una escapada a Cartagena con su rellenita novia pone pie en una derruida casona museo que aloja los cuadros y trastos de Larco, olvidado pintor con vocación de hombre de mundo.

Obsesionado con rescatar las obras y dejar –de paso- alguna huella en el mundo, Marcos (Pablo Schwarz) intenta una torpe campaña de descubrimiento, sabiendo que en un país como éste lo más probable es que termine sacando plata de su bolsillo para salirse con la suya.
O al menos eso es lo que parece pensar su propio director: no es necesario leer entre líneas para ver en la película una curiosa fábula acerca de cómo se hace cine, cómo se hace arte en Chile: golpeando puertas, juntando chauchas, dejando pasar largo tiempo entre cintas y, claro, reciclando fórmulas.

Caiozzi, por cierto, no es inmune a lo anterior. Cachimba es sólo su quinto largometraje en treinta años y su cuarto trabajo ligado a Donoso. En fin, puede que haya sufrido, pero su obra se ha terminado adaptando a esas limitaciones. Lo que no significa que sea capaz de sacarles provecho.

Grabada en betacam a principios de los ochenta, la hoy olvidada Historia de un roble solo mostraba a un Caiozzi que en su primera aventura donosiana al menos se demostraba interesado por el clausurado mundo de un novelista apasionado por las vidas mínimas. A dos décadas de distancia, el anticuado e histérico Marcos Ruiz no es el prototipo de chileno aplastado por la vida, sino el pintoresco agregado de una historia con bonitas vistas de los cerros de Cartagena, fantasiosas tomas nocturnas de Santiago y un desfile de maqueteados y satíricos roles secundarios ejecutados por un elenco más que competente.

De su cuarteto de adaptaciones (que incluye además La luna en el espejo y Coronación), Cachimba es la única que aparece perjudicada por su confusa atemporalidad: es obvio que Caiozzi usa la anécdota para criticar los valores y la forma de hacer negocios del “nuevo Chile”, sin embargo su mirada –pese a estar conectada con el pasado- no trasunta dejos de admiración o nostalgia. Más bien todo está teñido de cierta resignación. Ni siquiera su antihéroe tiene libertad para escapar de esa trampa temporal: Ruiz tiene un computador en la oficina, pero en su pieza escribe a máquina y escucha viejos vinilos en su tocadiscos. Usa celular, pero viaja en micro pirata a la playa. Da a entender que está enamorado del pasado, pero a todas luces se encuentra encadenado a éste.

No es casual –en realidad, es casi doloroso- que los únicos capaces de ciertas señales de vida, hambre y ambición en esta historia, sean los ancianos a quienes Ruiz trata de convencer del genio de Larco. Es el oportunismo y maldad de estos veteranos lo que rescata a Cachimba del sopor mortal, pero el precio es alto: hacer del pobre y opaco Marcos casi un estorbo dentro de su propia película.

El otro canon: Les rendez-vous de Paris (1995)

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En momentos como estos -donde lo que no se consigue en DVD se puede bajar de internet- hay pocos espacios donde ejercer la cinefilia a la antigua. Es decir: buscar las películas por todos lados, verlas en copias pésimas o esperar pacientemente hasta que un distribuidor acierte a traerlas. Esto último es lo que ocurre con Les rendez-vous de París, cinta que Eric Rohmer filmó en 1995, casi como un divertimento y mientras hacía una pausa en sus estupendos Cuentos de las Cuatro Estaciones.

Como siempre en Rohmer, nada seguir leyendo

Estrenos: Dirty pretty things (2002)

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Si no es posible transar o debatir, hay que contrabandear: un notable drama social del británico Stephen Frears se vende como “lo nuevo de la chica de Amélie”. Y nadie está mintiendo; sólo que el espectador casual puede creer que se sentó en la sala equivocada.

Las fórmulas de marketeo deben ser, ante todo, efectivas. En ninguna parte se dice que tienen que ser limpias. Nadie lo sabe mejor que los productores y los distribuidores norteamericanos. A ellos se les ocurrió el truco de retitular las películas, para así venderlas dos y hasta tres veces; comprar documentales de higiene sexual que se exhibían como “filmes eróticos”; utilizar a actores conocidos en papeles secundarios y luego poner sus nombres a tamaño gigante en los carteles. Prácticas como esas son más antiguas que la invención del cine sonoro y aún gozan de estupenda salud.

Hace poco más de un mes y en plena recta final del Oscar, la productora Miramax publicó un anuncio de seguir leyendo

Pasión y combinatoria

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Es posible que el cine de animación no pueda ser evaluado con los mismos parámetros del cine tradicional. No sólo porque simplemente no podamos comparar la actuación, que en el cine animado es una categoría que sólo se restringe al uso de la voz, sino porque en la animación rara vez lo central está los personajes sino en la aventura. Resulta difícil de imaginar un largometraje animado que cuente, ejemplo, las crisis de fe de sacerdote, como lo hace Luz de invierno, de Bergman, donde los personajes apenas conversan en dos o tres escenarios y el cambio y movimiento exterior casi no existe. Con lo que resulta evidente que se produce una paradoja: aunque el cine de animación aparentemente no tiene límites, se puede dibujar lo que se quiera y como se quiera, las historias deben restringirse a aquellas que permitan el constante movimiento y cambio.

Las trillizas de Belleville es un perfecto ejemplo. Dirigida por el francés Sylvain Chomet y alejada en buena medida de las convenciones del cine de animación norteamericano actual, la cinta no apuesta al suspenso o a la tensión dramática -no en vano en una cinta más para adultos que para niños-, sino al delirio, el humor y, como no, la aventura. Las trillizas… cuenta la historia de madame Souza, una abuela, miope, con un pierna más corta que la otra, que cría a un nieto introvertido y triste al que sólo lo hacen feliz las bicicletas. Con el tiempo, el muchacho se convierte en corredor del Tour de France y todo parece –literalmente- andar sobre ruedas hasta que cierto día, dos seres de abrigo, anteojos y espaldas cuadras, muy parecidos a los tiras de Rufino, lo secuentran. Madame, junto a su perro Bruno, parte entonces en su rescate. Este breve resumen de la premisa, sin embargo, cuenta poco. Lo interesante de la cinta está en lo que no se puede relatar. Subrayo dos puntos:

Uno, sus alucinantes dibujos expresionistas. Cada personaje, cada objeto se arma con la exageración de dos o tres rasgos: la nariz gigante y las hipertrofiadas piernas del ciclista; la enorme barriga del perro; la grumosa nariz del enano mafioso francés; la abigarradísima ciudad de Belleville, una especie de Nueva York europizado. El punto más alto está en un servil maitre que literalmente se dobla para atender a sus clientes. El resultado, recargado por supuesto, es siempre estimulante al ojo, sorprendente con las expectativas.

Dos, el cuidadísimo trabajo de sonido y música. Las trillizas… prácticamente no tiene diálogos y los pocos que existen no son subtitulados, con lo que buena parte de la información está en el música y el sonido, que -no es raro en el espíritu de la cinta- Chomet muchas veces funde. Llegamos a escuchar los pies de un perro resbalando sobre unas baldosas, a la vez que sonidos que parecen triviales, como los que produce la abuela reparando los rayos de una rueda de bicicleta, en otra secuencia se convierten en música.
Gracias a que Chomet estruja estos dos recursos –dibujo y sonido- todo lo que pueden dar, Las trillizas… se convierte que, a pesar de que no resulta verdaderamente emotiva, sí es cómica, original, distinta, ingeniosa: una fiesta de la forma.

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