La quimera y el subsuelo

Posted By on 10 Junio, 2004

Siendo simplistas, podemos decir que la visión que Hollywood produce (o acepta distribuir) sobre Latinoamérica ha oscilado históricamente entre dos polos: la utopía decimonónica (Como agua para chocolate) y la tierra baldía de violencia y corrupción donde sólo el gringo es capaz de imponer alguna clase de orden (la sección ambientada en Cuba de Bad Boys II y, perversamente, la menospreciada Erase una vez en Mexico).

Hombre en llamas pertenece al segundo grupo. Su héroe (descontando el color de piel del actor Denzel Washington) es un ex-miembro de las fuerzas especiales, un norteamericano llamado John Creasy que no tiene familia sanguínea aparente, pero cuyo pedigree fílmico es extenso como pocos. Desde el John Wayne de Más corazón que odio hasta Harry el Sucio, incluyendo el Travis Bickle de Taxi Driver y el Frank White de El rey de Nueva York, la raza del pistolero solitario y torturado en un mundo impiadoso ha sido una fascinante peste del cine de acción. Creasy contiene todos los estereotipos que uno asocia con el personaje: pasado militar, traumas de vida, problemas con el alcohol, renuencia a comprometerse emocionalmente y talento a la hora de ejercer daño físico.

Creasy está en México -un lugar, nos informa la película, donde hay hasta cuatro secuestros diarios- porque necesita empleo y su alcoholismo lo ha vuelto un paria en sus antiguos círculos. El único que le tiende una mano es Rayburn (Christopher Walken), un viejo colega que le consigue el puesto de guardaespaldas en una casa de la clase alta local.

Su misión es proteger a la hija, una niña llamada Pita (Dakota Fanning), frente a la posibilidad de un secuestro. Al principio, como corresponde, la relación entre ambos es difícil, pero lentamente el cariño de la pequeña gana el corazón del tipo duro hasta que él se convierte en el padre postizo que la chica busca (que el progenitor mexicano de Pita sea un pobre pelele y, finalmente, un bastardo mojigato es uno de los deliciosos toques racistas del filme).
La violencia que les rodea irrumpe bruscamente cuando Pita es efectivamente secuestrada, Creasy baleado y la familia cae en el infierno de las negociaciones y los aplazamientos con los criminales.

Lo que viene después es historia conocida: el héroe, frente a la enormidad de la tragedia y lo inútil de la policía local, decide armarse hasta los dientes y despacharse a todos los involucrados en el secuestro.

Hombre en llamas está filmado en un México multicolor y sudoroso, donde las viejas casonas son tinglados de luz y sombra y donde el montaje del director Tony Scott (un cineasta que edita como si le aburriera su propia película y quisiera ahorrarnos el fast-forward) va convirtiendo al formulaico guión de Brian Helgeland (Río místico) en una especie de delirio de venganza ejecutado a sangre y fuego por un personaje que parece haber echado a andar una programación previa en su disco duro. Es curioso, pero en el papel la historia diseñada por Helgeland (basada en un filme original de 1987 que ya nadie recuerda) debe haber pretendido bastante más humanidad y sentimiento en su retrato de Creasy. Es la dirección de Scott y su amor por el multiángulo los que le arrancan cualquier rasgo de empatía al personaje y le vuelven el terminator alcoholizado al que Washington intenta hacer querible en cada escena.

El filme en general es un bicho raro: para ser un blockbuster, tiene una primera sección lenta y demorada, donde Scott se toma su tiempo no sólo para construir la relación entre Creasy y Pita sino además para desarrollarla con muy pocas líneas de diálogo. Enormes fallas hay en el guión de Hombre en llamas, pero una vieja cojera de esta clase de películas (la terrible venganza inspirada por una víctima que no conocemos ni nos importa demasiado) no es una de ellas: la relación entre Pita y Creasy es verosímil y está bien conseguida, y cuando la niña desaparece uno puede entender a ese perdedor adicto al Jack Daniels cuya falta de rumbo le hace el hombre indicado para sacar las armas y volar la ciudad.

Por otra parte, la segunda sección del filme -la venganza- es satisfactoria en términos de carnicería y destrucción: hay varias escenas de tortura bastante gráficas para un producto hollywoodense y, por momentos, el paisaje urbano cobra una vida que Scott fue incapaz de arrancarle a los escenarios europeos que plagaban Juego de espías.

Pero la pregunta de fondo es obvia: ¿cómo es que en estos tiempos una historia tan asquerosamente racista y reaccionaria llega a filmarse? Si Perdidos en Tokio hablaba de Japón como un universo colorinche incomprensible y finalmente alienado, Hombre en llamas nos informa que el mundo al sur de la frontera es una zona de guerra, una especie de Irak con menos arena, un lugar donde sólo la intervención militar (aunque la haga un comando unipersonal y vestido de civil) es capaz de restaurar el orden, la justicia y la moral.
“You’re an american” le dice la madre de Pita a Creasy la primera vez que lo ve. Ese dato le basta para contratarlo y uno no puede dejar de recordar la forma en que Estados Unidos se ha apropiado de ese concepto (el americano como único legítimo habitante del continente) y lo ha hecho clave a la hora de diferenciarse del latin.

Lo que es verdaderamente intrigante es cómo semejante simplismo a nivel de guión logra convivir con una complejidad seductora en la puesta en escena: aquí se encuentran algunas de las secuencias más atractivas de la filmografía de Scott, un artesano forjado en el cine metálico y publicitario de los ochenta, que en ideas como la relación de Creasy con el agua sugiere una mirada más sutil y adulta que el simple body count en el que se convierte la película en su última hora.

El héroe de acción hasta hace unos años era un personaje siempre listo a repartir plomo y puñetes, un hombre que caía en el momento y lugar justos (como McClane en Duro de matar) para imponer la justicia que la autoridad regular era incapaz de administrar. Generalmente estaba en una pausa en su vida, ya fuera un período de vacaciones o un intento -siempre fútil y ridiculizado- de llevar una existencia normal. Pero Creasy es un tipo cansado, quien a medida que avanza la historia se vuelve un auténtico muerto caminando, herido y gastado, un zombie con pistolas. Esta idea, lejos de humanizarlo, le vuelve todavía más repelente como símbolo: si Harry Callahan y Rambo peleaban para restaurar un orden conservador sacrificado por los valores democráticos, los fines de Creasy son aún más nihilistas. Nada cambiará en el sistema que ha llegado a perturbar una vez que haya liquidado a todos los nombres de su lista. Como la Novia de Kill Bill, su venganza tiene un sentido más icónico que dramático.

Hombre en Llamas no es un buen filme, pero reconozco que no pude dejar de mirarlo. Es visualmente poderoso, creativo en muchos aspectos y -por irónico que suene- es uno de los escasos productos hollywoodenses contemporáneos que han logrado mostrar una ciudad latinoamericana capaz de atrapar el interés más allá de lo que en ella está sucediendo. Sería interesante ver una versión más larga del filme, una en la cual sus poderosas imágenes urbanas no hubieran sido epilépticamente tijereteadas para transmitir la urgencia y la atmósfera que la trama supuestamente exige. Tal vez el tiempo muerto -como lo ha demostrado el cine de Kitano- podría haber puesto en perspectiva el periplo de Creasy, distanciarnos de su enfermiza venganza y apreciar críticamente el diseño ramplón y matemático en el que los personajes están atrapados. A ratos el guión parece sugerir un atisbo de parodia, una autoconciencia reflexiva a propósito del cruel cliché que aquí se ha maquillado bajo una espléndida técnica. Pero muy luego el atisbo se pierde y la cinta nos recuerda que -como si estuviéramos sentados mirando un filme de explotation de los ’70- cargar un arma en la sobaquera y un motivo de venganza en la cabeza equivalen a tener la razón. En su amor por el cliché, en su final supuestamente sorpresivo, en su absoluta falta de humor, Hombre en llamas no sólo es gratuitamente insultante. Peor aún: es anticuado. ¿Cómo fue que llegamos a esto?


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