Humor del bueno (y del amargo)
Posted By admin on 27 Junio, 2004
Una de las razones que enarbolaron las personas ligadas al cine a favor de la aprobación de una ley especial para el séptimo arte chileno era la necesidad de que nuestro país fuera capaz de crear una voz –o mejor dicho una mirada- propia y reconocible por los otros pueblos como tal. El libre flujo de personas, bienes y capital de esta fase del capitalismo es extensible a las imágenes, las miradas y las historias, y un país incapaz de generar sus propias manifestaciones en un contexto como éste corre el riesgo serio de verse inundada de valores y estéticas ajenas. Por cierto esto no es malo si es que hay una densidad cultural que resista esa invasión y la devuelva convertida en productos e ideas que no hubieran podido salir de otra parte, en genuinas manifestaciones made in Chile. El tema es que hay que fomentar el que la haya, y sobre ese supuesto se aprobó la ley del cine. Más allá de pronunciarnos a favor o en contra de la validez de este argumento –aunque de momento nos inclinamos a aceptarlo- no deja de ser interesante lo fecundo y esclarecedor que puede resultar el mirar la realización de las películas desde la perspectiva de la autoconciencia de los países que las producen, y en pocos casos lo es tanto como en la obra de Zhang Yimou y su última película Héroe.
El realizador de esta cinta lleva años siendo reconocido como un prestigioso cineasta, laureado en múltiples oportunidades por su uso del color, las fuertes pasiones de sus personajes y cierta dosis de fatalismo que suele culminar con imágenes aplastantes tanto para los espectadores como para los personajes. Todo esto es visible en cintas como Ju Dou, Sorgo rojo, Esposas y concubinas y en menor medida en Shangai Triad, y de todo esto hablaremos en su momento. El primer atributo de Yimou del que nos ocuparemos es otro y es un punto fundamental de lo que hablamos más arriba: Yimou en todas sus películas pareciera que quiere enseñarle China a quienes no la conocen, como en el canto de los artesanos en Ju Dou, como en las imágenes de la casa del potentado marido de Esposas y concubinas empalmadas con los sonidos de la flauta tocada magistralmente por el hijo de este personaje. Hay en Yimou un genuino orgullo de la milenaria cultura de su país, expresado en la detención con que muestra las diversas manifestaciones estéticas y productivas, como si fuera un embajador de la República Socialista de China ante un mundo ignorante e incapaz de comprender.
Héroe gasta una parte nada de despreciable de su metraje en una escuela de caligrafía china, uno de los tantos ejemplos orientales en que el saber acumulado en una acción aparentemente tan simple y banal como escribir constituye una forma de enfrentar la vida y el tiempo, una disciplina que puede convertir a sus practicantes en maestros de una sabiduría que finalmente escapa a la disciplina original, la escritura caligráfica en este caso. Otra escena decidora al respecto es el primer combate del filme, un duelo que se lleva a cabo a partir de un tablero de ajedrez y sus refinadas piezas, mientras que un músico ciego tañe un bello instrumento de cuerdas los combatientes bailan bajo las gotas de lluvia a la vez que parecen dominarlas. Yimou tiene la gracia de mostrarnos cosas y saberes hermosos de una manera atrayente, pero siempre recordándonos que aunque él es el cineasta la belleza que nos muestra no es creación suya, que la hermosura de sus películas consiste en filmar la herencia cultural de su país que simplemente está ahí.
La lucha bajo la lluvia es el primer relato que Sin nombre (Jet Li) -un prefecto local que venció a Cielo, Nieve y Espada Rota, los tres peores enemigos del emperador de Qin- le cuenta al soberano en su salón real. En él gobierna este monarca de uno de los siete reinos que se repartían China antes de nuestra era, y está desierto de seres y cosas para que ninguno de los muchos enemigos del emperador su puedan esconder. Esta razón práctica esconde la razón estética de esta decisión: el espacio y la situación son deliberadamente abstractos porque aquí no sólo se cuenta una historia del pasado chino sino algo más. Después de narrar su primera victoria sobre Cielo bajo la lluvia, Sin nombre puede acercarse al emperador. A partir de entonces empieza a contar como venció a Nieve y Espada Rota, quienes estaban retirados en la escuela de caligrafía que ya mencionamos y peleados entre sí por una razón que desconocemos.
A continuación la película toma otro cariz y se sumerge en una potentísima historia de amor y traición, contada con una gran economía de medios. Ni Nieve (Maggie Cheung) ni Espada Rota (Tony Leung) hablan mucho, el narrador tampoco nos habla tanto de su pasado, por lo que la información respecto del gran amor enturbiado por tristezas y decepciones igualmente grandes sólo llega gracias a la tremenda capacidad actoral de estos artistas. Esta dupla protagonizó una de la grandes películas hongkonesas de la historia, Con Animo de amar de Wong Kar-Wai, en la que lucieron una potencia y una concentración que hacía verosímil el difícil pie forzado del tema del amor frustrado y no consumado por voluntad de los amantes. El director de fotografía de esa película –el inglés Christopher Doyle- es el mismo de Héroe, como si esta película china se hubiera incrustado en su interior a la película hongkonesa de la misma manera en que China se anexó Hong Kong.
Una vez que termina su historia Sin nombre está a diez pasos del emperador y éste adivina que lo contado hasta ahora es mentira, que todo es un plan de Sin nombre para acercarse a una cantidad que le permita matar al emperador con un prodigioso movimiento. Sin perder la calma el monarca empieza a contar cómo cree él que fueron los hechos, produciéndose un nuevo giro en la película, que ahora aparece como deudora del clásico que abrió el cine oriental al mundo: Rashomon de Akira Kurosawa. Todas estas historias, así como las contadas por Sin nombre, tienen un color dominante distinto, algo muy propio de Yimou pero también de Doyle, quienes con este recurso evidentemente recargan el ambiente de una sensación asociada a cada color pero que también generan otro efecto. En tanto el color está uniformado, sus variaciones inexistentes ya no pueden ser objeto de atención, por lo que ésta se concentra de manera radical en las formas y en los movimientos. Si a eso le agregamos el tono legendario de esta historia, en que los héroes son capaces de controlar los elementos en sus combates, tenemos algunas de las escenas de lucha más hermosas que se puedan imaginar, de un lirismo mucho mayor y más potente que El Tigre y el Dragón, por ejemplo.
Sin nombre escucha la teoría del emperador, una versión distinta y menos conflictiva de la historia de Nieve y Espada Rota. El héroe le cuenta que la historia entre los dos enemigos era realmente conflictiva pero por otras razones, las que tienen que ver con el verdadero tema de esta película. Dentro de esta pareja de asesinos uno de ellos cree que hay que dejar vivir al emperador para que se imponga la paz para siempre, renunciando de esta manera a una venganza justa. La tercera parte de la película, la historia contada por Sin nombre como realmente ocurrió, está centrada en el conflicto respecto de la creación de una nueva comunidad política que imponga el orden sobre los siete reinos que se repartían China en aquel entonces. Aquí entendemos que todo lo que se nos está contando es sobre el nacimiento de China como unidad política reconocible. Entendemos que China es producto de la voluntad y la inteligencia sobrehumanas de un monarca lúcido, pero también de la claridad y la grandeza de seres extraordinarios, de héroes, que renunciaron a su legítimo derecho a la venganza porque comprendieron y compartieron la visión del emperador.
A diferencia de la mayoría de las historias épicas, el enfrentamiento aquí es entre un ejército enorme y unos pocos individuos; como en las mejores historias épicas, el resultado del combate significa un cambio radical, la muerte de una parte del mundo. Aquí lo que se cuenta simbólicamente es la anulación de la individualidad en aras de la existencia y viabilidad de la comunidad política, una anulación que de muchas maneras persiste hasta hoy y que será el principal pilar del poderío de la naciente superpotencia china. En rigor, la cinta da a entender que inexorablemente la cantidad de gente y la disciplina que exhiben –no se explica de otra manera la insistencia en el masivo despliegue militar en las escenas bélicas- hacen de China un candidato real a liderar los destinos del mundo en el futuro próximo, pero a condición de que los individuos se sometan al imperativo de mantenerse unidos bajo el poder del gobernante. Si éste es un emperador o un jerarca del Partido Comunista Chino es algo que no altera el deber de obedecer.
Por mucho que se nos muestre en pantalla un relato legendario con héroes que controlan los elementos y que al mismo tiempo funciona como la historia fundacional de China, no deja de hacer sentido el que esta cinta hable del presente de este país. Por lo que vimos más arriba no parece casual la elección de este tema justo en este momento: no es casual la inclusión del espíritu de una película y de sus actores hongkoneses, no es casual la elección de un director especialista en mostrar al mundo la riqueza cultural de su país, no es casual la forma en que se exhibe la exuberancia militar ni tampoco lo es la apelación a la unidad que en estos momentos debe estar resonando en Taiwán, el Tíbet y el Xingiang. Tampoco es casual la decisión dolorosa para el soberano de castigar a Sin nombre, pese a que éste finalmente lo entendió, en nombre de la razón de Estado. Por todo lo anterior, pensamos que Héroe es más que una buena historia de amor y traición y es más que una maravillosa película de artes marciales, y por cierto es más que una combinación de ambas cosas, que era a lo que aspiraba El Tigre y el Dragón. Héroe incluye todo esto y lo integra en una historia que es a la vez el origen y la premonición de la grandeza nacional, una grandeza en la que el único papel de los héroes es pararse y morir ante un cielo ennegrecido por las flechas lanzadas por decenas de miles de disciplinados y anónimos soldados.
Esta película fue filmada con plata de Miramax y la producción de Tarantino, lo que explica que la cinta sea más asequible y comprensible para el público occidental. Esto es muy bueno, pues así sabremos a qué atenernos.



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