Guitarras afiladas
Posted By admin on 30 Junio, 2004
Dependiendo de la persona, el acto de reconocerse en imagen suele ir acompañado de incomodidad. No se trata de los ángulos de enfoque ni los kilos de más del afectado. La inquietud tiene que ver con la captura, con el dejar de ser persona y convertirse en material. En materia.
De ahí quizás, la ambigua relación que se produce entre la audiencia y los cineastas a la hora de vender el producto –y, en el fondo- la identidad nacional. Con Chile, parece que no hay caso: en los últimos años se ha tratado de exhibir nuestra esencia pasada por el cedazo del sexo, la marginalidad, los recuerdos de infancia, la denuncia social y nuestra conflictiva relación con el pasado histórico.
Esta pasión –a ratos, desesperación- por vernos reflejados ha alcanzado ribetes enfermizos (Paraíso B) o en algunos casos risibles (Gente decente) y tal vez mejor sería tomársela con un grano de sal; en especial considerando que los intentos más recientes y lúcidos al respecto (Sexo con amor, Los debutantes y Machuca) parecen más pendientes de sus respectivas tramas que del lenguaje y el paisaje local.
Ni siquiera el argumento pareciera ser tan determinante a la hora de extraer lecciones sobre la comunidad. A veces sirve poner la cabeza en las nubes, contar unas cuantas mentiras, autoengañarse. O ir a ver mini engendros como Promedio Rojo.
AGRINGANDO LA VIDA
A mediados de los ochenta, el norteamericano Sam Fuller –uno de los grandes directores de filmes B, uno de los titanes cinematográficos de todos los tiempos- emprendió viaje por el Amazonas. La idea era regresar a los lugares de rodaje de Tigrero, una inconclusa cinta de acción que el realizador trató de hacer en los cincuenta. Al llegar se dio cuenta que todo parecía igual y sin embargo todo estaba cambiado: revisando el metraje sobreviviente era imposible reconocer los lugares como los mismos. Lo único que había quedado eran los envejecidos rostros de unos cuantos indígenas a quienes Fuller había filmado en su juventud. Ellos seguían los mismos mientras el paisaje a su alrededor cambiaba sin parar, como si su presencia fuera sólo un dato accesorio.
Una sensación parecida se desprende de la disparatada y mucho menos metafísica Promedio rojo, como si el Chile por el que caminan sus personajes fuera menos importante que la rabia, el abandono, la crueldad y el mal gusto de todos ellos. Un detalle que se siente muy nacional, lo que en principio descoloca ya que la materia prima del filme parece directamente sacada de una nueva secuela de American Pie: Roberto Rodríguez (Ariel Levy), quinceañero, gordiflón y perdedor, alumno de un tercero medio que no parece acabarse nunca (ni menos convertirse en cuarto año), escapista lector de cómics, enamorado de Cristina la alumna española recién llegada al curso, enemigo mortal de Fele (Benjamín Vicuña) el “matón sensible” del colegio y, por cierto, flamante pololo de Cristina.
Quizás ese sea el rasgo más tranquilizador de película. Gracias a la montaña de producciones adolescentes que los gringos nos han introducido con fórceps durante años y años, uno llega a Promedio rojo y siente que pisa terreno conocido. Al revés que tanto mamarracho local, la cinta –que es una coproducción con España- no se gasta tratando de aparentar chilenidad donde no debería haberla, sino de ir ordenando coherentemente los necesarios lugares comunes que deben aparecer en las versiones filmadas del amor juvenil, a saber: la torpeza del primer encuentro, las desatinadas opiniones de los amigos (perdedores, igual que el “héroe”), hacer el ridículo, la guerra declarada contra “el malo”, hacer el ridículo pero en público, la desastrosa fiesta de rigor, la confusa y frustrante escena romántica y así hasta el final o hasta toparse con algo que semeje un final feliz.
El resultado es una historia agringada pero hablada en español, un filme que predice su propia secuela –no hacerlo sería iluso-, una comedia que por suerte no se agobia por la obligación de dirigirse a su generación (los teens) y que –vaya vaya- exhibe una innata habilidad para el placement, el marketing y el empaque de conceptos, básicamente porque sus creadores han crecido rodeados por ellos.
ZOMBIES EN EL PATIO
No es la primera vez que la audiencia puede asomarse a disfrutar un pedazo de este mundo de plástico -cualquiera que estos días haga zapping de noche y se tope con Ídolos se expone a esa clase de radiación-, pero quizás sea la primera invitación abierta a zambullirse de cabeza en un Chile que no le debe ni deja lugar a interpretaciones históricas (terreno muy bien cubierto por Machuca) ni tampoco pierde el tiempo vistiendo a la mediocridad con las ropas de la crítica social (el pecado mortal de Cachimba).
Como buena comedia colegial, Promedio rojo, transcurre en un mundo cerrado, infectado por las frustraciones y fantasías que llenaron –y que, tal vez, todavía llenan- los días de Nicolás López (director del filme) y sus amigos, un lugar en el que adaptarse no tiene que ver con asuntos de buena conducta ni inteligencia sino con captar quién es el que ejerce la fuerza bruta (este apunte no es mío sino del crítico Daniel Villalobos) y donde –en último término- los alumnos se comportan casi como náufragos y gente a la deriva, cuando no como prisioneros: de ello da cuenta el patético acto cívico al inicio de la historia, donde los cursos parecen un cansado ejército de zombies a la espera que se corte de una vez por todas el Himno Nacional que corre en una vieja radiocasete.
Por cierto que esas “finezas” forman parte del paquete, del prefabricado combo que uno puede agrandar al sentarse a ver la película acompañado por el correspondiente paquete de pop corn y jarro de bebida, pero no deja de ser interesante considerar que al mando del proceso está alguien como López, a los 21 años, gastando energías, esfuerzo y mucho dinero (un millón de dólares) para que la experiencia sea equivalente a comprar una entrada para el nuevo Jim Carrey, pero también para dar cuenta de más de algún fantasma personal (no por nada el protagonista Ariel Levy luce como una versión remozada del propio director).
Ahora, más allá que nuestras propias memorias escolares calcen dentro del exagerado molde propuesto por los realizadores, Promedio rojo es lo bastante atinada para identificar los enormes volúmenes de brutalidad, alegría y frustración asociados al colegio y para captar que no desaparecen cuando éste se termina: sólo se convierten en parte del paisaje.



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