Ilusión óptica

Posted By on 30 Octubre, 2005

Por más que lo hayan tratado de vender cómo tal es difícil creer a ciegas en el renacimiento del cine chileno, en el recambio generacional. Aún suena a titular de diario o a especial de página web. Suena a que uno lo ha escuchado demasiadas veces, las suficientes como para tomarlo con un grano de sal o como para congelar la pregunta y volver a hacerla dentro de un año y medio, cuando sepamos cómo le fue a Play en su postulación al Oscar, cómo va la distribución internacional de Se arrienda y el verdadero efecto de La sagrada familia en un público ajeno a los festivales de cine. No se trata de pasar por pesimista, pero ahora que una temporada que topó fondo con Paréntesis y techo con Días de campo se está acabando, quizás lo más saludable sería alejarse un poco y observar pacientemente lo que está ocurriendo alrededor.

Si tomamos como horizonte la exportación, la película con mayor proyección fuera de Chile en 2005 no es ninguna de las anteriores sino un estreno del año pasado: Promedio rojo. Se diga lo que se diga del filme de Nicolás López, éste se exhibió en festivales Europa y Asia y cabe la posibilidad de que luego sea estrenado con subtítulos y todo en el mercado estadounidense. Si pensamos en términos locales, las mejores experiencias fueron las de Mi mejor enemigo y Se arrienda, ambas con cifras cercanas a los 100 mil espectadores, cantidad nada espectacular comparadas con el fenómeno de Machuca, pero más que aceptables para nuestra realidad.

¿Es posible que haya un producto mixto? ¿Algo que funcione bien a nivel de festivales y premios, pero que también deje huella visible en la taquilla? Ahí es donde radican las principales esperanzas puestas sobre En la cama, suerte de cuarto As en la nueva mano de cartas que se supone renovará el cine chileno.

MENTIRSE EN LA CARA

En esencia el relato de las breves horas que una pareja de virtuales desconocidos pasa en un motel de Santiago, En la cama teóricamente lo posee todo como para ser marketeado con tranquilidad en un Chile post Sexo con amor: actores con buena pinta, abundantes desnudos y la necesaria sensación de intimidad como para dar rienda suelta a una buena cantidad de fantasías privadas, pero pasada la impresión inicial es evidente que un espectador despistado puede que no encuentre lo que entró a buscar, ya que la cinta es antes que todo una obra de cámara y sólo secundariamente una historia de “gente pilucha”.

Piel hay harta, en todo caso, pero uno acaba por acostumbrarse a ella (del mismo modo en que se hace con el exceso de escenas de acción en los filmes de aventuras), simplemente porque la necesidad casi automática de la audiencia por crear historias a partir de toda clase de elementos es demasiado fuerte. En más de algún sentido, a los protagonistas les ocurre lo mismo: después del frenesí inicial, a Daniela (Blanca Lewin) y Bruno (Gonzalo Valenzuela) recién se les ocurre preguntarse los nombres, relatar anécdotas y enunciar teorías varias sobre el cine, la TV y los dilemas de su generación. ¿Cuál es la idea? ¿Ocupar lo que les resta de la noche en conocerse, conversar hasta “recuperarse” físicamente, hablar por hablar o porque simplemente se cayeron bien?

La película no siente la necesidad de contestar esas preguntas. De hecho, toma la suficiente distancia de sus personajes como para no apostar por su mutua empatía, al modo en que hacen otros filmes sobre parejas conversadoras (como el díptico Antes del amanecer/Antes del atardecer). Buena parte de ese efecto se debe al cuidado con que el director Matías Bize y el guionista Julio Rojas enfrentan una situación que a lo mejor parte como divertido juego de seducción y luego se transforma en interrogatorio, prueba de resistencia (física y verbal) y finalmente en una elaborada clase sobre cómo contar mentiras.

Este dato es especialmente relevante considerando que en nuestras dos últimas épicas sexuales -El chacotero sentimental y Sexo con amor- la mentira, el ingenio y la pillería figuraban como un componente esencial en el momento llevarse a la otra persona a la pieza. En el filme de Bize y Rojas (quienes ya habían colaborado anteriormente en el debut de ambos, Sábado), la situación parece la opuesta: mentir, falsear y -en último término- “actuar” son recursos muy útiles para mantener al otro en su condición de extraño y evitar de paso cualquier clase de compromiso. En ese sentido, resulta de gran ayuda que En la cama esté construida en torno a un pie forzado: toda la acción ocurre dentro de los confines de una pieza y, salvo por una breve excursión al jacuzzi, literalmente arriba del colchón. Tal como uno de los personajes dice por ahí, en el momento en que uno de ellos pise el suelo, “el mundo se acaba”, el acuerdo se deshace, la magia se disuelve y la película también.

El valor que el filme le asigna a la mentira y al ocultarse uno mismo se vuelve más interesante tomando en cuenta que este ha sido un año donde las películas nacionales han estado repletas de personajes que tratan de arreglar cuentas con su identidad: el soldado Rojas, en Mi mejor enemigo; Camilo, el treintón bueno-para-nada de Paréntesis; Cristina, la empleada cool de Play y, Gastón, el autoflagelante antihéroe de Se arrienda. Por el contrario: uno jamás alcanza a tener una idea concreta de cómo son las verdaderas personalidades de Daniela y Bruno. Las máscaras que se ponen al momento de tener sexo, de contarse su vida y de seducirse resultan tan elusivas que la propia película pierde el control cuando intenta asignarles un sentido dramático y deja espacio para que cada uno revele algo acerca de sus tragedias personales.

Para una cinematografía permanentemente preocupada por responder místicas preguntas del tipo “¿Así somos? ¿Hacia adónde vamos?”, quizás resulte inquietante la aparición de un artefacto como éste, que acepte de partida que esa clase de preguntas son válidas, pero finalmente imposibles de contestar con honestidad. Peor aún: aceptar que en determinadas circunstancias contestar ya ni siquiera es una opción.


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