¿Para qué?

Posted By on 20 Mayo, 2007

Los diversos escándalos sobre pedofilia que han aparecido en los últimos años ya están dejando una marca en la producción cinematográfica actual. A diferencia de M de Fritz Lang –donde el tema real era el funcionamiento en paralelo de la sociedad “establecida” y el bajo mundo–, o de Lolita –donde se estudia la esclavitud sexual en los albores de la revolución de los 60–, la perspectiva de las víctimas se ha convertido en el eje relevante de hoy. Apenas una excusa en Río Místico, la ira contra la impunidad con que se practica la pedofilia encuentra en una atípica película estadounidense, llamada Hard Candy, una expresión feroz.

Con su dinámica parecida a una obra teatro, sus elementos propiamente cinematográficos están dispuestos para comunicar un entorno más bien frío y una fascinación con el joven rostro de la protagonista femenina. Con el vestuario de ésta, y con los colores escogidos para presentar la película, se nos comunica que esta historia sobre pedofilia se remitirá a uno de los relatos fundacionales sobre este tema: La caperucita roja.

PARA VERTE MEJOR

Después de chatear por tres semanas, Hayley (Ellen Page) y Jeff (Patrick Wilson) deciden conocerse personalmente. Ambos saben que entre la adolescente y el fotógrafo Jeff hay 18 años de diferencia, los que parecen no importarles. Los colores metálicos de la fotografía no parecen encajar bien con la seducción sugerida con el montaje, aunque eso tendrá su explicación cuando lleguen a la glamorosa casa de Jeff. A partir del secuestro de éste en su propio hogar por parte de Hayley, los ya inteligentes diálogos del cortejo empiezan a lucir más afilados, mientras que la identificación del espectador con un personaje u otro empieza a oscilar a medida que se va revelando la información.

¿Jeff es un pedófilo asesino o Hayley es una justiciera psicótica que agarró al sujeto equivocado? Esta ambigüedad propia del thriller es bien manejada durante el breve lapso en que está en el centro de la película. El guión es muy astuto al nunca hacer desaparecer esta pregunta, sobre todo cuando ésta pasa a segundo a plano para poner en el centro el tema del castigo. La minuciosidad con que éste se muestra logra una combinación bastante potente con la incertidumbre sobre la justicia de éste, al nivel de hacer pensar que la verdadera intención de la película es satisfacer una fantasía y plantear una pesadilla. Al mismo tiempo.

CRUELDAD Y JUSTICIA EN DOSIS

El atroz castigo sufrido por Jeff –¬que no diremos aquí– tiene una progresión calculada que termina absorbiendo la progresión de la misma película, y no deja de ser inquietante que la dosificación del tormento físico y mental que recibe el protagonista masculino tiene el efecto doble de aumentar su sufrimiento y también el interés en la historia misma. Es decir, a partir de cierto momento el guión está construido sobre una tortura –como ocurre en Audition, de Takashi Miike– que convive con la incertidumbre sobre la inocencia o culpabilidad de quien la sufre.

En este caso, la pesadilla de ser castigado injustamente es el reverso de la “fantasía” de hacer justicia con los miles de casos de pedofilia que quedan en la más completa impunidad. Es todo un logro de esta película que la joven protagonista ejerza ese papel desde una fortaleza y una impenetrabilidad tan implacables y bien construidas. No debería extrañar que empiecen a aparecer imitadoras de esta Caperucita Roja dentro de las pantallas y, quién sabe, fuera de ellas.


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