Despedirse con arte

Posted By on 3 Junio, 2007

La última película de un director –sobre todo cuando se trata de uno con una trayectoria larga– forma parte de una familia muy particular dentro de la historia del cine. La razón es que muchos realizadores han tomado la que sabían sería su última obra como una despedida del público, de su arte y, muchas veces, de la vida. Ahora, nada de esto garantiza que se trate sólo de obras maestras, pues monumentos como Madadayo de Kurosawa o El sacrificio de Tarkovsky conviven en esa familia con otras tan dudosas como Ojos bien cerrados de Kubrick, por ejemplo. Buenas o malas, estas películas tienen el valor extra de ser particularmente elocuentes respecto de la persona que las filmó, tal vez porque a esa altura de la vida estas personas se sienten más libres, sobre todo más libres para compartir lo que consideran importante de esta vida que se les va.

Dentro de esta familia cae La última función, que el cineasta estadounidense Robert Altman debió filmar con la asistencia de su joven colega Paul Thomas Anderson (Magnolia) debido a su delicado estado de salud. El escenario escogido es literalmente el del teatro Fitzgerald de St.Paul, Minnesotta, donde se transmite la que será la última función de The Prairie Home Companion. En realidad, este programa radial goza de muy buena salud; emite una amplia gama de música folklórica estadounidense y es escuchado cada semana por más de cuatro millones de personas. Altman decidió crear una ficticia última función porque sabía que era su última película, la que también era una buena instancia de homenajear en vida a los gestores del programa y, claro está, a la música misma.

LAS BELLAS ARTES

Hace algún tiempo, Altman tomó la decisión de reproducir el privilegiado momento de la interpretación artística y para ello creyó indispensable mostrar las circunstancias de sus intérpretes. Ése era el espíritu de La compañía y una versión más matizada de tal principio aparece en esta película. Sus números musicales –las canciones y los comerciales, sencillamente soberbios– son grabados en vivo y funcionan en perfecta simbiosis con las conversaciones y otras muchas situaciones tras bambalinas, la mitad invisible de la interpretación artística donde se forjan los lazos humanos que la hacen posible.

La cámara se mueve mucho detrás del escenario, hay mucho que mostrar y que escuchar. Como buena película coral –uno de los sellos de fábrica de su director–, los personajes son caracterizados en un par de trazos bastante contundentes, no tanto por lo que son sino por el lugar que ocupan en el conjunto. De hecho es esta comunidad de artistas, técnicos y público la verdadera protagonista de esta película, una comunidad que está a punto de morir porque el teatro será destruido para construir un estacionamiento.

LA MUERTE Y LOS MUERTOS

A decir verdad, la función del programa radial parece como un cielo personal y atemporal del director, donde la vida se llena de arte a la vez que el arte se llena de vida. El hecho de que la muerte ande rondando bajo la forma de una mujer hermosa, y haga su trabajo, nos da varias pistas de la forma en que el director ve a la muerte y a los muertos, aquellos miembros de la comunidad que ya no están. Tal vez el momento cumbre de la película es cuando el dúo de Meryl Streep y Lily Tomlin le canta a sus familiares fallecidos ante la mirada impasible del ejecutivo que viene a cerrar el teatro.

Ese personaje (Tommy Lee Jones) irrumpe en este espacio cerrado y homogéneo para destruirlo. Pese a compartir en parte ese universo moral y estético, su mentalidad capitalista no guarda ninguna compasión hacia algo que sabe valioso y las pocas y afiladas frases que lanza lo retratan de cuerpo entero. El destino que le espera a este sujeto huele a revancha y gratificación de quien sabe que esas pequeñas victorias no se dan en el mundo real, que uno de los placeres de la ficción es poder brindar finales felices.

SUSURROS ESTRUENDOSOS

En realidad esta película es el resultado del encuentro de dos caracteres. Uno, claro está, es el de un Robert Altman, empeñado en reunir en un espacio discreto todo aquello que lo fascinó como cineasta y ser humano. El otro es Garrison Keillor, quien hace de sí mismo en la película: el alma, voz y cerebro –uno bastante grande– del programa de radio y que además escribió el guión. Es inevitable entonces que su aparente inexpresividad y su rotundo sentido común aparezcan una y otra vez en la historia, dándole un registro delicado y discreto que se complementa estupendamente con una fotografía pensada para que todo se vea un poco más viejo.

También ayuda en ello la existencia de un enigmático y torpe maestro de ceremonias (Kevin Kline) sacado de la novela negra. La narración de este personaje abre y cierra la película, mirando el mundo de la música country estadounidense desde una distancia que no se diferencia mucho de la nuestra. Es la manera más simple que encontraron el guionista y el director para desdramatizar algo muy doloroso, y mostrarlo con buen gusto y sencillez, evitando la grandilocuencia y la sensiblería que tanto ruido hacen y que tan poco dejan cuando se terminan. Por el contrario, esta película es comparable con los modestos susurros de un mundo que se muere todos los días junto con quienes creyeron en él, y que dejará tras de sí un eco sordo y grave que retumbará por mucho tiempo.


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