LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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noviembre 2009

Podcast 22: El poder de la palabra (2009), de Francisco Hervé

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La instauración del Transantiago significó (o pretendió hacerlo) un punto de inflexión en el camino de nuestra capital para convertirse en una ciudad cosmopolita y desarrollada. Sin embargo, nada fue como debió ser, y lo que termino ocurriendo fue que lo antiguo se infiltró en lo moderno mientras lo moderno lidiaba con lo antiguo. De eso hablamos en el podcast.

La escena del día: El viaje de Chihiro (2001)

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No escojo una escena particular de esta película porque son muchas las que podrían ser sacadas de la trama y sostenerse por sí solas como obras de arte. Mejor pongo la canción final, cuya melodía engloba y reconcilia una trama llena de sorpresas, cambios de registro, apariencias falaces y otras verdaderas en el trayecto de una niña que pronto va a dejar de serlo. Hayao Miyazaki debe ser uno de los artistas vivos que mejor concilia la belleza, las ideas, y la destreza comunicativa para apelar directamente a todos los públicos, sin importar su sexo, edad, nacionalidad o nivel cultural. Todo el mundo admira a Pixar. Pixar admira a Hayao Miyazaki.

DVDs: Green fish (1997)

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Varios años antes que el cine de Korea comenzara a ganarse el favor de capillas cinéfilas en desmedro de los clásicos honkoneses de los 90, comenzaron a aparecer en el mapa las películas de Lee Chan-dong. Estaba claro que no eran cine arte: no había ínfulas autorales, ni “grandes temas”;  pero tampoco se trataba de simples artefactos comerciales.

El cine de Lee estaba centrado en las historias, en contarlas bien, en acercar sus personajes a la calle sin perder nunca de vista que lo narrado era un poco más que vida común y corriente. seguir leyendo

Estrenos: La ola (2008)

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ola

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Aunque la buena conciencia nos exija pensar que el nazismo fue una repentina y temporal invasión bárbara que asoló a Alemania y al mundo, un pensamiento más honesto nos conduce a la conclusión más inquietante de que ese fenómeno no es ajeno a nuestra civilización, sino que una expresión de ella.
La nostalgia moderna por el pasado premoderno; la añoranza urbana por los valores rurales; el deseo desde el pluralismo y la complejidad de la comunidad homogénea y “simple” donde el mal era el mal y el bien era el bien; la enajenación moderna que desea “volver” a ser parte de un todo “más grande que la propia individualidad”. La historia nos enseñó que con una buena dosis de desesperación el país más culto del mundo pudo abjurar de una herencia milenaria porque ésta no se condecía con lo que consideraba “su última esperanza”. Por lo mismo, nuestra distancia respecto de fenómenos parecidos al nazismo no es necesaria sino contingente, dependiente de la escasez, las amenazas reales o las percibidas. Eso pasa acá, ¿pero ocurre en la cuna misma del nazismo? ¿Ese fantasma es más o menos el mismo que la sociedad occidental tiene guardado en el subterráneo, o tiene algunas particularidades adicionales?

En un ejercicio que podríamos calificar tal vez de insano, un profesor realizó un experimento en 1967 en Palo Alto, California, en el que se proponía explicar cómo pudo llegar el nazismo al poder. Se escribió una novela a partir de ese experimento, y se filmó una película a partir de esa novela. La dinámica es la misma en el caso, el libro y la película. Se empieza con el disciplinamiento del cuerpo, en la forma de sentarse, en la respiración, en el ponerse de pie para hablar sucintamente y abrir o cerrar la alocución con una fórmula verbal de respeto a la autoridad. Por que claro, hay una autoridad. En la película se trata del profesor Wenger, joven, dinámico y respetado por sus alumnos por tener tino y por no esconder sus simpatías anarquistas. Sin embargo, le toca contra su voluntad realizar un curso sobre la autocracia, y responde con este experimento a la desidia de sus alumnos saturados de información sobre lo malo del nazismo y a su convicción de que eso no volverá a ocurrir. Les propone crear una autocracia en el curso, lo eligen como caudillo sin pensarlo mucho. En tal condición recibe una atención y una consideración que los profesores de su generación desconocen. Se entusiasma, y sus alumnos con él; jugar a la disciplina, la marcha, el uniforme, el nombre (La ola, naturalmente), el emblema y finalmente la pertenencia, le granjea a casi todos los participantes una satisfacción desconocida. Algunos encontrarán algo parecido a una familia; otros, algo parecido a un orden; otros, una salida refrescante del egoísmo ambiente.

Dados los actores de este experimento, sus implicancias se reducen a la mente del profesor y a las vidas privadas de sus alumnos, las que no se diferencian de las de cualquier adolescente de un país occidental. Por lo mismo, la película, y su pregunta sobre la nueva posibilidad del nazismo, se desliza de a poco a un pensamiento algo fugaz sobre la educación, y a un autoasumido drama adolescente gatillado por la asimetría emocional de los diversos jóvenes y su involucramiento con La ola. Algo así como Los idiotas de von Trier; o algo así como La sociedad de los poetas muertos. Visual y sonoramente, la cinta opta por los cambios de velocidad o por la estridencia, pero sin pretender más que potenciar el elemento dramático que funciona en su género, pero que es incapaz de contestar la pregunta que justificó el experimento de Palo Alto, la novela y esta película. ¿Es posible que surja del nuevo el fascismo? La película queda corta porque su universo es adolescente y desde ese universo sólo puede tratar de explicar por qué razones privadas los niños y jóvenes podrían adoptar una ideología como el nazismo. ¿Qué pasa entonces con los adultos? Sobre ellos no hay respuesta porque el director prefirió contar un drama en vez de explorar las posibles ramificaciones de su premisa hacia el mundo adulto, o en vez buscar en su entorno adolescente aquellos resortes que podrían impulsar a una sociedad completa a “reunirse a saludar la tormenta”.

No hay nada de eso, y es una lástima.

Podcast 21: Alas (1966), de Larisa Shepitko

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Rara es la oportunidad en estos días en que uno se topa con algo de lo que no se tienen noticias y resulta ser todo un descubrimiento. Pero así ocurre con la breve e increíble obra de Larisa Shepitko, cineasta ucraniana, contemporánea de Tarkovski y Parajdanov. Shepitko murió en un accidente pocos meses después de haber ganado el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1980, con “La ascensión”, su obra maestra sobre la segunda guerra. A esa tragedia se sumó la escasa distribución de sus películas durante la era del VHS, error que se corrige ahora con la edición en DVD en el marco de la serie Eclipse del sello Criterion. De esa cajita escogimos para comentar su primera obra mayor: “Alas”, de 1966, el retrato de una heroína de la segunda guerra que -bien posicionada en la Unión Soviética de Kruschev- comienza a sentirse cada vez más desacompasada con los tiempos. El cambio generacional se viene, pero ella no parece sentirse parte ni del viejo orden ni del nuevo. El modo en que Shepitko aborda esa transformación -casi una trasnfiguración, se diría- es absolutamente fresco y al borde de lo genial.

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