JLG: Histoire(s) du cinéma (1988-98)
Posted By Christian Ramirez on 22 Junio, 2010
Hará cosa de unos veinte años atrás, el francés Jean-Luc Godard comenzó a publicar unos extraños collages y gráficos en la revista Cahiers du cinéma. El decano de la crítica de cine mundial siempre ha guardado espacio preferente para sus hijos ilustres –Godard, incluso, había sido editor invitado en el legendario número 300-, pero de verdad que esta vez lo que tenía de cabeza parecía un verdadero puzzle de significados e intenciones cruzadas. Pasó un tiempo antes de que aclarara que su proyecto se llamaba nada menos que Histoire(s) du cinéma. Así que por fin se había atrevido. El director de Sin aliento y La chinoise estaba tramando su propia versión de la historia del cine y nada menos que auspiciado por una productora enorme, como Gaumont. El punto es que, conociendo al sujeto en cuestión, cabía esperar cualquier cosa antes que una tradicional colección de clips al estilo de los documentales tradicionales. Esa letra (s), así, entre paréntesis, era la principal pista de que JLG estaba dispuesto a hacer Historia(s) a su manera, como casi siempre.
EN BUSCA DE…
El resultado fue desgranándose de a poco, durante toda la década del noventa, y mientras avanzaba la cuenta regresiva para la celebración con bombo y platillo de los cien años del cine, para la cual las Histoire(s) parecían diseñadas con perfecto timing. O al menos eso es lo que suponía uno: salvo por la fugaz exhibición en el cable de uno de sus “anexos”, el documental 2×50 ans de cinéma français –encargado por el British Film Institute-, del magno proyecto del francés sólo llegaban noticias sueltas: que sus capítulos se exhibían en tal o cual festival, que tal crítico opinaba que era una obra capital, que otro lo denigraba como basura incomprensible… pero de las obras mismas nada, salvo la edición de su texto en Gallimard. Aparentemente, Godard no se había molestado en tramitar ningún derecho de autor para las imágenes utilizadas, y Gaumont tampoco parecía muy dispuesto a gastar euros en el tema. El gran paso adelante llegó en 1999, de manos del sello ECM, que se jugó por editar una pesada (y hermosa) caja de cuatro libros y 5 CDs que contenían los textos y la banda sonora.
¿Y las películas? Se convirtieron en una suerte de Grial, muy buscadas, rara vez encontradas. Hace varios años rastreé unas copias en VHS a través de eBay, bajé de internet versiones que se veían minúsculas por la ventanita del Windows Media Player y supe que los japoneses había editado su propia versión pirata, hasta que recién el año pasado Gaumont anunció que por fin las editaría en DVD. Falsa alarma: el lanzamiento se pospuso en Francia, pero no sin antes haber cedido los derechos a una pequeña compañía española, Intermedio. De modo que por fin estaban disponibles. ¿Serían capaces de responder al mito acumulado en estos años, considerando que hasta el propio Godard –habitualmente desdeñoso de su propia obra– había quedado satisfecho?
TOUT LES HISTOIRES (S)
Hay que partir por lo obvio. Estas Histoire(s) du cinéma no son una “historia del cine según Jean-Luc Godard”, al menos no en un sentido tradicional. De las muchas acusaciones que JLG ha recibido en el tiempo quizás la más gruesa y torpe es que el tipo no sabe narrar. Se lo puede culpar de metáforas gruesas y de cierto reblandecimiento conceptual (que plagaban ciertas secciones de su reciente Nuestra música), pero si se observa en perspectiva su medio siglo de labor, la narración gráfica en Godard ha ido depurándose con el tiempo hasta la perfección. Lo que en los días de Bande à part (1964) era el intento denodado por construir una suerte de equivalente de la novela en imágenes, treinta años después se había convertido efectivamente en la fusión entre obra literaria y cinematográfica. Tal vez por ello el interés de su autor por publicar como libros los textos que sus Historie(s) leídos en el filme por él, el crítico Serge Daney, Juliette Binoche y Julie Delpy, entre otros, mientras la pantalla va inundándose de escenas de películas, fotografías, rostros, cuadros y cientos de letreros que van escribiéndose en pantalla y que, de hecho, sirven como el marco estructural, pilares, en los que va sustentándose la obra.
La combinación de todos estos factores ha sido interpretada casi como un intento joyceano de reducir y reinterpretar toda la historia de las imágenes (y por extensión la del siglo XX), pero me gustaría pensar que la opción de Godard es harto mas simple y coherente con su obra anterior. Cuando uno ve las Historie(s) una a una –cuatro capítulos, cada uno dividido en dos partes–, es evidente ir encontrando conexiones con toda obra anterior de JLG: los letreros en pantalla ya estaban presentes en las obras de los sesenta (Pierrot el loco), y la inclusión de él mismo como personaje, una suerte de Homero, que no para de comentar lo que ocurre, databa de Número deux (1976); el uso extensivo del arte como mecanismo de representación había tomado posición central en Passion (1982) y la idea del amor como fuerza motriz era el tema de Prenom: Carmen y Yo te saludo, María. Entonces, ¿qué era lo nuevo?
Varias cosas: la idea del cine como un arte del siglo XIX, un arte narrativo que mediante la técnica vino a ofrecer su potencialidad en la centuria siguiente, y de cómo ese tremendo poder se trivializó sin remedio, toda vez que fue incapaz de dar cuenta a cabalidad de las sucesivas catástrofes modernas (en especial, del Holocausto judío). También la apuesta porque toda historia de la imagen es, necesariamente, la historia de nuestros propios recuerdos y de cómo –siguiendo esa lógica- no hay una sola historia, sino una por cada espectador: así, las Histoire(s) funcionan como una autobiografía del propio Godard, como sus memorias.
Quizás lo más hermoso del esfuerzo, es ver cómo ese Godard que va leyendo textos, a veces intricados, a veces bellísimos, va confirmando una promesa formulada hace tantos años. Que su cine es, en esencia, lírico y que él mismo es un notable poeta, como lo demuestran los siguientes versos:
Hemos olvidado/ por qué Joan Fontaine se inclina/ al borde del precipicio/ Y que era lo que Joel McCrea/ iba a hacer a Holanda/ No recordamos por qué/ Janet Leigh se detenía en el Motel Bates/ Y porqué exactamente/ el gobierno americano había reclutado a Ingrid Bergman/ Pero recordamos un bolso de mano/ Un bus en el desierto/ Un vaso de leche/ Recordamos una corrida de botellas/ Un par de anteojos/ Una partitura/ Un manojo de llaves/ Porque a través de ellos/ y con ellos/ Alfred Hitchcock triunfó/ donde Alejandro, Julio César, Hitler y Napoleón fallaron/ En tomar el control del universo/ Quizás haya diez mil personas/ que no hayan olvidado la manzana de Cezánne/ Pero debe existir un billón de espectadores/ que recuerden el encendedor/ del Extraño en un tren/ Y la razón de por qué Hitchcock se convirtió/ en el único poeta maldito en tener éxito/ es que fue el mayor creador de formas/ del siglo veinte/ Y es la forma la que finalmente nos dice/ qué yace en el fondo de las cosas/ De hecho, ¿qué es el arte/ sino aquello que convierte la forma en estilo? / Y ¿qué es estilo/ sino el hombre mismo?



Estos capítulos son impresionantes aunque se desbordan.
Es como una conversación de ebrios. Después de verla no se puede recordar, sólo quedan unos flashazos y una idea incompleta dando vuelta en la cabeza, pero sabemos que fue bueno haberlo vivido. Y en realidad vuelvo al mismo texto aquí citado, es tal vez esto el triunfo de Godard.
Buena observación. Tal vez lo que más llama la atención es darse cuenta que Godard había empujado progresivamente este modo de pensar desde los días de Numero Deux. En esta serie de homenaje a JLG vamos a tratar de dar cuenta semana a semana de esos puntos en común y ese galimatías que -extraño- va ahaciendo sentido en la medida en que uno lo ve, pero que en retrospectiva vuelve a convertirse en un caos.