JLG: Notre musique (2004)

Posted By on 7 Julio, 2010

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Al contrario de la impresión de ciertos cultistas, el cine de Godard es harto más entretenido, hermoso, inteligible y pedestre de lo que se piensa. Incluso al punto de ser grueso y vulgar, si es necesario. Bueno, JLG se ha ganado todo el derecho.

Con Godard pasa como con Raúl Ruiz: se los suele tomar o en serio o en broma, pero rara vez quien opina es capaz de coordinar esas reacciones, más aún cuando los propios cineastas han favorecido esa visión de su obra a través del tiempo. Con el chileno nos pasa cada vez que vuelve a estrenarse –casi como por equivocación se diría- alguna de sus películas. Godard, es otra cosa. Cierto que el tipo se ha convertido en un autor de culto y tiene buena cantidad de seguidores nacionales que hacen lo posible por ir consiguiendo migaja a migaja el total de su escurridiza filmografía, pero –en estrictos términos- no se había estrenado comercialmente un filme suyo desde 1967, cuando se exhibió Masculino femenino. De modo que lo suyo no era deuda sino ausencia. Absoluta.

De modo que la aparición de Nuestra música en la cartelera –aunque pase fugaz, como un meteorito- deba ser consignada si no como curiosidad, o por lo menos como un acontecimiento dentro de un mercado acostumbrado a las comedias, las secuelas, las gringadas y a uno que otro estreno nacional. Nada que a Godard le importe mucho, por cierto. De hecho, al observar su película –un ensayo que tiene algo de ficción, de documental y de video arte- queda en evidencia que hace rato dejó de preocuparse del tipo de filmes que están allá afuera, de la clase de cosas que se esperaba de él como mito viviente de la nueva ola y de lo que la gente piensa que es su visión de mundo como autor.

En estricto rigor, Nuestra música ni siquiera es una película. Como hace rato pasa con JLG se trata más bien de un ensayo, algo que podía haber quedado por escrito, o plasmado en una exposición o montado como instalación; pero como nuestro personaje piensa en imágenes, el asunto toma casi sin querer forma cinematográfica: la de tres episodios estructurados en torno a infierno, purgatorio y paraíso, cada uno ligado a diversos tópicos que le interesan al Godard maduro, respectivamente: el cine y la guerra; la imagen y la pureza; y, por ultimo, la muerte y el porvenir.

En su “Infierno”, el director vuelve sobre el tema que más lo ha atormentado en sus años de madurez: la irresponsabilidad con que el cine ha tratado la consistente espiral de autodestrucción del siglo XX. Su fracaso como industria, como mecanismo de denuncia, como proceso estético. Esa era una de las ideas centrales de la monumental y fragmentada Histoire(s) du cinema y JLG volvió a hacerse cargo de ella con algo de sorna y mala leche en el largo que precedió a Notre musique, Elogio del amor. En sus Histoire(s) los dardos iban dirigidos contra el objeto que el realizador amó más que nada en el mundo: el cine clásico estadounidense. En Elogio, todo apuntaba a los deseos contemporáneos de lucrar haciendo memoria (algo que era expresado en la cinta a través de la empresa Spielberg y Cía). En esta ocasión, todo se reduce –o al revés, se amplifica- hasta conformar un enorme mural del horror: un desfiles de espantosas imágenes sin otra solución de continuidad que la devastación permanente.

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EL SEÑOR DE LOS FRAGMENTOS

El contraste se hace más marcado a medida que estas se disuelven en la segunda sección –Purgatorio-, donde por fin se entrelaza algún hilo argumental: Godard se encuentra en Sarajevo, en compañía de otros intelectuales –entre ellos, el escritor Juan Goytisolo- para ofrecer una serie de conferencias acerca del mundo moderno. Como de costumbre, el maestro se hace el cucho y sus intervenciones más que iluminarnos acerca de una verdad esencial de la modernidad, sólo dan cuanta de un mar de dudas, de un rompecabezas del que apenas se tienen unos cuantos pedazos: el más interesante, en cualquier caso, es el relativo a las cámaras digitales. Consultado sobre el tema, JLG es enfático en decir que le tiene sin cuidado. Ofrece una que otra razón como excusa -“el cine está hecho con lo que llamamos negativos, en todos los lenguajes. A partir de ahí elaboras un positivo. Y este específico detalle de la fotografía es una metáfora que es más que una metáfora; es una suerte de realidad. Con el digital ya no hay más negativo. Queda sólo el positivo. Sólo obtienes el eje del bien y no el eje del mal”- pero en esencia está reconociendo que su mundo es el del film, la emulsión, la luz que se expone; no el de los 3CCD, la uniformización digital y la notable comodidad del nuevo formato (que a todo esto, él mismo utilizó y muy bien en Elogio del amor). Básicamente se hace cargo de su persona como sujeto del siglo pasado, con todo los sentimientos crepusculares que a ello van asociados.

Parte de esa sensación se extiende a la atmósfera del siguiente capítulo –Paraíso- el cual Godard imagina como una comunidad inmaculada –parecida a las que suelen aparecer en las estampitas y libros mormones-, pero que se encuentra fieramente custodiada un contingente militar. La metáfora es gruesa y (para usar una comparación del mismo talante) de algún modo ensucia las paredes de un edificio que hasta el momento se veía bastante sólido. Nada que hacer. Godard no pide disculpas por sus errores o provocaciones (nunca lo ha hecho), pero tampoco trata de pasarse de listo. Es más, a juzgar por lo que Nuestra música comunica de manera enfática, le interesa más que el genio trabaje a que se pavonee; que la obra se entienda a que encante, que el cine se discuta (con mala leche, si es necesario), a que se exhiba silencioso en la oscuridad.

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