Estrenos: The adventures of Tintin (2011)

Posted By on 9 Enero, 2012

Si las adaptaciones de cómic rara vez funcionan, ¿cómo es que el director de Jurassic Park se sale con la suya en su versión 3D del clásico belga? La clave es simple: tanto en el papel como en la pantalla, Tintin se entrega por entero a la velocidad y al vértigo. Mal que mal fue concebido como criatura del siglo XX: hecho para moverse sin parar.

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En rigor, Tintin –la imagen, el ícono, el personaje- no es más que una esfera coloreada, con dos puntitos como ojos, y coronada por un rebelde  jopo pelirrojo. No posee el ácido humor de Astérix, ni los aires pictóricos de Blueberry, la atracción magnética de Valentina o la épica interior de Corto Maltés. Y, sin embargo, ¿qué tiene Tintin que lo vuelve tan cinematográfico, tan audiovisual?

De todas las obras maestras del cómic europeo, fue la primera en pasar a la pantalla –a fines de los años 40, en una adaptación en stop motion- y una de las pocas en sobrevivir con dignidad dicha transformación cada vez que una nueva versión del personaje era presentado a una la siguiente generación. La de Steven Spielberg y Peter Jackson es la más reciente, y por ahora la más conocida de esas adaptaciones, pero no les quepa duda que no será la última: Tintin ya va por su novena década y, aunque la última de sus aventuras se publicó a mediados de los años ochenta, la criatura goza de buena salud y todavía es tan enigmática e impenetrable como en sus mejores días. Dulce ironía: sus lectores se han aplicando por años volteando hoja tras hoja, leyendo álbum tras álbum sobre secretos, cabos sueltos y acertijos, para finalmente darse cuenta que el verdadero misterio es el propio protagonista: este chico belga de edad indeterminada -sweater celeste, camisa blanca, impermeable café- que viaja de periodista por el mundo junto a su fiel fox terrier blanco, sin dar tregua a nada: al hambre, al cansancio, a los malos de turno e incluso a su caterva de amigos (el capitán Haddock, el profesor Tornasol, los detectives Dupond y Dupont). Al mejor estilo del primer Sherlock Holmes, tan poco se sabemos de él y su intimidad, que es muy fácil proyectarle casi cualquier cosa encima: a fines de los 30, Tintin era el equivalente en cómic de los jovencitos de las seriales de la época; en los 50, era la variante juvenil de un antihéroe noir, sin miedo a usar su pistola hasta las últimas consecuencias; en los 70 lo acusaban de ser una reliquia de tiempos colonialistas y en los 90 más de alguien quiso convertirlo en icono gay. ¿Se puede ir más lejos aún?

Al parecer sí, considerando lo compleja que se ha vuelto la “tintinología”. De pocos dibujos se ha escrito tanto y tan en serio: hoy existen estudios etnográficos, literarios, sociopolíticos y hasta religiosos acerca de un cómic cuya principal virtud era la extrema claridad de su línea, su obsesión por la exactitud y su profesión de fe en algo clave: la acción. Tal como Spielberg lo explicita a la perfección la secuencia de créditos de su película, lo único que de verdad enlaza todas las historias del personajes es su voluntad por avanzar hacia adelante. Hagan memoria y piensen cuál es la imagen rectora de toda la serie: Tintín y Milou (y sus siluetas) corriendo hacia la derecha, hacia la siguiente aventura, hacia el futuro. Fugándose a toda velocidad hasta agotar su propio siglo arriba de barcos, motos, autos, trenes, aviones y hasta cohetes, dando la vuelta al globo y finalmente escapándose de éste (no olviden que “llegó a la luna” en 1954, mucho antes que el Apollo 11). Ese efecto de aceleración es tan intenso que en ocasiones –como Tintin en América, por ejemplo- semeja el efecto de las montañas rusas: todo el sube y baja, el ascenso y la caída, acaban por cobrar sentido al final, cuando uno comprende que todo el sentido de la historia fue ese: Movimiento. Dinámica.

Con esos datos no extraña que Tintin se sienta tan de siglo XX, presa de los fantasmas imperiales de su centuria anterior o de las convulsiones políticas y la pasión tecnológica de la recién pasada. Tal vez por mismo es que el “maridaje” entre el mundo de Hergé y la imaginación de alguien como Spielberg se siente tan lógico y natural. El mismo realizador ha recordado cuánto le restregaron los europeos el parecido de las peripecias de Tintin con las de Indiana Jones y es indudable que debe haberse sentido inspirado por el increíble vértigo que Hergé consigue extraer de viñetas que en esencia con cuadros –o casi fotogramas- congelados a toda velocidad.

Adaptada con elementos de tres aventuras clásicas (El cangrejo de las pinzas de oro, 1941; El secreto del Unicornio, 1943, y El tesoro de Rackham el rojo, 1944), de alguna forma la película, consigue el efecto complementario: la historia de tres modelos de un viejo barco que contienen la clave para encontrar un tesoro familiar que nuestros héroes rastrearán por cielo mar y tierra y que la pluma de Hergé había cristalizado en un dúctil fluir de imágenes y palabras deviene en pura continuidad visual, al extremo que las tres principales secuencias de acción de la película están filmadas/animadas como bloque, sin edición aparente, lanzadas como un tren a toda velocidad. Más de alguien ha reparado que esta técnica evoca más a los modernos juegos de video que al clásico cine de acción y bien puede que tengan razón: de hecho, Spielberg rodó la cinta con una interesante combinación de cámara/tablet/joystick donde él podía situar a sus actores en escenarios digitales previamente creados e ir confeccionando los tiros de cámara a su gusto y al instante. Los efectos son evidentes: el filme se siente más y más tintinesco en la medida que acelera y deja atrás secuencias de exposición que dejan entrever las telerañas que aun posee el sistema de motion capture (para muchos una técnica que aún entrega personajes cuya mirada y alma luce inerte).

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¿Qué diría el viejo Hergé de tanta complejidad y sofisticación; él, que en su madurez optó por desnudar su técnica al extremo, recreando todo un mundo a partir de básicos detalles? Es claro que el personaje de Spielberg no es el minimalista Tintin de “línea clara” y está más cerca del barroquismo digital que por estos días defienden Scorsese y su filme “Hugo”, y opiniones al respecto hay para todos los gustos: los belgas y franceses –que deberían haber sido los más furiosos- lo recibieron con los brazos abiertos. En Inglaterra –donde la tintinología posee bordes particularmente conservadores-, se quejaron amargamente porque los personajes no poseían la profundidad que ellos le asignaban. Los estadounidenses, para los que el personaje siempre fue una curiosidad y un gusto adquirido, lo han considerado sólo como otro más de los lucrativos negocios del padre de E.T., un producto que lava la vergüenza y repara los errores cometidos con Indiana Jones IV y que suma a su filmografía al menos un momento sublime: la travesía de Haddock, Tintín y Milou por un Sahara que sin aviso se convierte en un tormentoso oceáno donde los barcos de Sir Francis y Red Rackham se trenzan en frenética batalla a muerte. Alucinación transmutada en memoria, millones de bits traducidos en esplendor visual.

The adventures of Tintin (Estados Unidos, 2010). Dirección de Steven Spielberg


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