Fidocs 2012. Un entramado de recuerdos

Posted By on 9 Julio, 2012

Algunos de los filmes más importantes de la última edición del Fidocs están predicados en primera persona. ¿Es algo casual? Parece que no.

YouTube Preview Image

¿En qué momento fue que los documentales se enamoraron de la voz en primera persona? Puede que desde siempre. Si hasta los intertítulos de Nanook, el esquimal –una de las fundadoras del género- se sentían escritos por un testigo; por alguien que había estado ahí, pasando frío, cazando y acampando junto al protagonista… A 90 años de distancia, el método se ha estandarizado, como ha podido comprobarse en las últimas ediciones del Fidocs y especialmente en la que acaba de cerrarse, la número 16.

Tal vez la culpa la tengan las cámaras: a medida que se han ido haciendo más y más pequeñas, los realizadores se han convencido de usarlas casi como lápices que van llenando cuadernos de anotaciones, como pasaba en la versión 2010 con la hermosa Irène, de Alain Cavalier, y con esa suerte de bitácora nacional que formaban las secuencias de Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán. El dato no es casual, porque algunos de los filmes más notorios convocados en 2012 -Into the abyss, de Werner Herzog; Slepless nights, de Jonas Mekas; e incluso el hoy histórico Pepe Donoso (1976), de Carlos Flores- le deben bastante a la idea del diario, la crónica personal y la reflexión de paso. Si bien no es misterio que Herzog y Mekas continúan imperturbables su “viaje” por una norteamérica que los adoptó hace décadas, pero que se siente sin remedio frágil y ajena, fue toda una revelación comprobar hasta qué punto la curiosidad de Flores era capaz de invocar los recuerdos de un Donoso –de regreso al país, a mediados de los 70, tras muchos años fuera- los iba exhumando uno a uno, dándoles forma como si fueran hijos de su propia ficción (en el fondo, lo eran): el esqueleto de una vieja casona, la atávica voluntad de su padre, la casa/imbunche que se construyó en Providencia e incluso el fantasma de Enrique Lihn, que revive en carne y hueso durante unos fugaces minutos, sentado a la mesa servida de un viejo local que más que restaurante parece purgatorio.

YouTube Preview Image

En ocasiones la mecánica del recuerdo corre el riesgo de convertirse en retórica, como ocurre en los momentos más débiles de Sibila, la ganadora de la competencia nacional: estructurada en torno a la búsqueda personal que Teresa Arredondo emprende en torno a su “legendaria” tía, quien fuera mujer del americanista José María Arguedas y más tarde encarcelada en Perú por su ligazón con Sendero Luminoso. A medida que el documental avanza, Arredondo va tejiendo una red de memorias que involucra emocionados recuerdos, testimonios personales y cuentas pendientes, dejando claro que Sibila es una figura divisiva en el país del norte, no sólo a nivel público sino dentro de su propia familia. Pero nada la prepara para el encuentro con la propia Sibila, que aparece casi de golpe en un plano bellísimo –mirando caer la lluvia, por un ventanal, en silencio-, y del cual la película nunca se recupera: por más que la realizadora intenta establecer un conexión, no posee ni los argumentos dialécticos ni visuales como para atrapar esta figura monolítica y de otra era; y sin embargo, es lo bastante valiente como para hacer de esa propia imposibilidad el remate de su filme.

Esa misma sensación de impotencia, de instante suspendido, es la que carga uno de los filmes más hermosos del festival: Photographic memory (2012), de Ross McElwee. Maestro consumado en el arte de narrar la propia vida, este profesor de Harvard lleva casi 40 años  filmando lo que vive, lo que aprende y lo que yerra. Alguna vez fueron sus cavilaciones de treinteañero (Sherman’s march, 1984), el misterio de ver morir al padre y al mismo tiempo convertirse en uno (Time indefinite, 1990) o la forma en que el mito familiar deviene en cinematográfico (Bright leaves, 2004); hoy la preocupación de McElwee adquiere ribetes urgentes al ver la forma en que su propia historia de adolescente rebelde se refleja en la figura de su hijo, un muchacho de la era digital cuya desorientación el realizador siente en carne propia, más aún cuando recurre a sus propios descalabros personales –filmados y fotografiados hace casi 40 años, durante un escape a la costa de Bretaña- y verifica que la continuidad es dolorosa y perfecta. La primera persona que McElwee cultiva–calma, persistente- no será la de Proust o Dostoievski, pero se siente extrañamente adecuada para estos tiempos audiovisuales, donde nos vamos alejando sin remedio de las imágenes que alguna vez atrapamos en foto o en película, a no ser que recuperemos su contexto a tiempo, para comprobar que alguna vez sí “fuimos”, que estuvimos allí.


Comments

Dejenos su comentario