LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

A Ghost Story 1

A Ghost Story (2017), de David Lowery

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Candidata desde ya a la lista de las mejores del año, A Ghost Story no sólo es una gran vuelta de tuerca al género de fantasía y terror, sino la mejor evidencia de la huella que alguien como Terrence Malick ha dejado en el cine americano. hoy son los alumnos quienes intentan superar al profesor.

Para haberse convertido en la sensación del último Festival de Sundance, en enero pasado, el argumento de A Ghost Story parece simple y quizás hasta demasiado familiar: un joven músico (Casey Affleck) que fallece en un accidente automovilístico, se resiste a dejar a su esposa (Rooney Mara) y permanece en espíritu a su lado, contra viento y marea. Sólo que en vez de tener un aspecto dramático y translúcido (como Patrick Swayze en Ghost), el protagonista lleva puesta encima una enorme sábana blanca, con dos orificios negros por ojos.

¿Es una broma?

Para nada. Esa era la intención desde el principio. Al menos así lo ha explicado David Lowery, su director. Sin sábana, nunca habría existido película. La idea era apoyarse en el más burdo de los clichés para ver si, a partir de ahí, se podía construir una historia de fantasmas que perdurase en la memoria de su audiencia y redimiera a un género hoy secuestrado por productos mediocres como Actividad Paranormal y su sinfín de secuelas. Eso sí, en caso de que la experiencia fuese un fiasco tomó antes unas cuantas precauciones: la filmación se llevaría a cabo en total secreto y “escondida” entre el ruido generado por el inminente estreno de Mi amigo el Dragón, filme infantil que Lowery rodó por encargo de Disney. Y, al contrario de los 65 millones que había costado dicha cinta, sólo contaría con 100 mil dólares (presupuesto microscópico para los estándares hollywoodenses). Muchos clásicos del terror y el fantástico se han producido en condiciones similares, pero lo que realmente diferencia a esta Ghost Story de sus antecesoras no es el factor sorpresa ni el ínfimo dinero gastado en la aventura, sino el tratamiento mismo del material.

Porque Lowery no es un cineasta del montón. Los críticos y sectores influyentes de la industria lo consideran uno de los herederos del legendario Terrence Malick y toda una promesa del nuevo cine americano.  Por lo mismo, la pregunta es inevitable: ¿cómo fue que un sujeto tan sofisticado como éste empezó a figurarse cuentos de fantasmas?

LA SÁBANA, LA ETERNIDAD

Cualquier respuesta al respecto obliga a dar cuenta de lo ocurrido con su mentor Malick, quien de ser considerado uno de los grandes maestros del arte contemporáneo, hoy pasa por un momento en que muchos se cuestionan si su genialidad acaso no fue más que un espejismo (ver recuadro). Lo que no se discute mucho, sin embargo, es el firme ascenso de cineastas jóvenes que han recogido su peculiar estilo, y que lo han hecho suyo a tal grado que hoy se ha vuelto poco menos que marca de fabrica de la nueva generación de directores estadounidenses.

¿Qué los identifica? Una forma de narrar construida a partir de fragmentos, largas y complejas tomas con cámara en mano, marcada angustia existencial, primacía de las emociones por sobre la acción y de la mirada subjetiva por encima de un relato distanciado, todo ello ejecutado con extraordinario virtuosismo técnico. Podría seguir describiendo y detallando, pero el punto central es éste: por largo tiempo, muchos de esos recursos y técnicas estuvieron asociados al cine independiente; Malick era una de las escasas excepciones a la regla, ya que -aunque sus filmes eran considerados “obras de arte”- siempre trabajó en el mainstream, siempre filmó con destacados productores y estrellas de la pantalla. Lo interesante es que sus empoderados alumnos ahora parecen empeñados en seguir ese mismo camino. David Lowery es uno de los más notorios, pero también está el caso de Barry Jenkins, cuya Moonlight -que tanto le debe a Terrence- ganó hace unos meses el Oscar a Mejor Película; el de Shane Carruth, autor de la enigmática Upstream Color (2013), frecuente nominada entre los grandes títulos de la década; Trey Edward Shults, quien se planteó el desafío de trasplantar la huella del maestro al cine de ultraviolencia en It Comes at Night, uno de las genuinas sorpresas de esta temporada, y sobre todo David Gordon Green, que comenzó su notable carrera prácticamente como un verdadero clon de Malick -quien, de hecho, le produjo Undertow (2004), su tercer largo- antes de diversificarse y envalentonarse lo suficiente como para estar filmando ahora mismo una nueva versión de Halloween.

En un escenario como éste -donde una estética que partió radical se ha desplazado hacia el centro de la cultura- no extraña que algo como A Ghost Story -recién editada en blu ray- haga total sentido. Por cierto que el relato contiene instantes que en un filme de espectros tradicional podrían identificarse con miedo, angustia y hasta terror, pero el efecto de esas sensaciones en el público se altera al completo, ya que en vez de situar la narración en el mundo de los vivos, el filme apuesta a fondo por narrar desde el “otro lado”. Desde una perspectiva de ultratumba, imaginar la intemporalidad y el abismo insalvable que debe tolerar un muerto que se rehusa a dejar ir, a dejar de ser. Y es ahí donde el “toque Malick” funciona a cabalidad; en esos largos trechos donde nuestro fantasma contempla a su mujer, quien tras la tragedia va retomando su vida; momentos que lucen tan tristes y solemnes como distanciados e irónicos -gracias a la bizarra sábana, claro-, permitiendo que el propio espectador se deshaga de toda expectativa romántica para desviar su atención a asuntos más sutiles, pero increíblemente ambiciosos.

Así, Lowery se permite reformular preguntas que Malick ya se había hecho en El árbol de la vida: ¿qué lugar le cabe nuestras humanas emociones dentro de la infinitud y la circularidad del tiempo? Por más fuertes e irrenunciables que estas sean, ¿hacen algún sentido dentro de este continuo? Muy pronto en esta historia, el fantasma deja de mirar a su amada y comienza a observar por la ventana, y allá afuera, en la casa del frente, otra sábana con ojos le devuelve el saludo. Tal como éste, también se encuentra a la espera, pero ya ni siquiera sabe de qué o quién. En cosa de segundos, el tiempo avanza años, décadas; los habitantes de la casa van y vienen, se vuelven tan frágiles como las horas pasadas al interior de estas paredes, mientras la sábana amparada en la lentitud de los siglos -tal como ocurría con David, el pequeño androide, al final de Inteligencia Artificial (2001), de Spielberg- persiste en esperar, en hacer guardia, a ver si así atrapa su destino, su sentido.

Es la clase de impresiones que -seguro- muchos de los que pagaron su entrada para ver Blade Runner 2049 esperaron encontrar (en vano) en el filme de replicantes. Topárselas de golpe, aquí, observando las idas y vueltas de una sábana que rasguña la eternidad parece una ironía atroz, pero bella a la vez.

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Voyage of Time, de Terrence Malick

LA CAÍDA DEL MAESTRO

Desde que Terrence Malick regresó a lo grande con La delgada línea roja (1998), después de un autoexilio cinematográfico de 20 años, la reacción general ante su trabajo fue de reverencia y adoración. Los fans del entonces autor de culto estaban exultantes: su brevísima obra –compuesta hasta entonces por Badlands (1973) y Days of Heaven (1978)- por fin dejaría de asociarse al perfil de un cineasta maldito, para convertirse en los pasos iniciales de un maestro que algún día podría medirse cara a cara con Kubrick, Tarkovsky y otros titanes del panteón audiovisual. Y vaya, los que en su momento apostaron por eso, al parecer estaban en lo correcto: tanto El nuevo mundo (2005) como El árbol de la vida (2011) eran filmes extraordinarios, sorprendentes y misteriosos; pero entonces ocurrió lo impensado: en vez de tomarse otros cinco o seis años para crear su siguiente film, Malick aceleró a fondo. En cosa de año y medio, filmó tres películas autobiográficas y anunció que estaba trabajando en un cuarto título, Voyage of Time, su propia versión de la historia del universo diseñada para el formato IMAX. En cosa de meses, toda esa mistificada aura alimentada por cuatro décadas de adoración a su cine se derrumbó. De pronto, la comunidad fílmica comenzó a sufrir de “malickitis” y a declararse hastiada de esos relatos etéreos, de esas voces en off que meditan sobre lo absoluto y de las bellísimas vistas creadas junto a Emmanuel Lubezki, su director de foto. El rebote ha sido lo bastante violento como para que muy pocos estén interesados por la bélica Radegund, nuevo proyecto del director, quien desde ya ha anunciado que se trata de un producto más convencional, filmado apegándose a un plan y con un mínimo de improvisación. Como si hasta los fans hubiesen quedado con sobredosis de ese magnético estilo trascendental. ¿Es justa esa vuelta de chaqueta? El tiempo lo dirá, pero que conste que hasta Malick ha tomado cartas en el asunto. Revirtiendo su histórica aversión por las presentaciones en público, a principios de abril participó en una charla en el Museo del Aire y el Espacio, en Washington D.C.. Fue allí que dijo: “hace poco -hace muy poco, en realidad- que he estado trabajando sin guión. Y estoy arrepentido”. Por algo se empieza, ¿no?

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