LAS PELICULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Hector Soto

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Clásicos: Valparaíso mi amor (1969)

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No recuerdo la fecha exacta, pero debe haber sido en el otoño del 1968 cuando en Valparaíso, en una mañana soleada, partió en las oficinas del desparecido diario La Unión el rodaje de la película de Aldo Francia, Valparaíso, mi amor. Nunca entendí mucho por qué su realizador quiso comenzarla ahí, pero me gusta creer que fue un guiño de complicidad a Hvalimir Balic y a mí que por entonces estábamos dando nuestros primeros pasos en la crítica de cine. El inicio de la filmación no fue probablemente lo que hoy día llamaríamos un evento, pero para nosotros –que recién rondábamos por los 20 años– fue mucho más que eso: fue un acontecimiento. Primero, porque seguir leyendo

Estrenos: La sagrada familia (2006)

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Detrás del estreno de La sagrada familia y del debut de Sebastián Campos en la dirección hay datos estimulantes. El primero es su atrevimiento de hacer algo distinto y consecuente con sus convicciones personales. Respetable. El segundo es el pragmatismo para concebir el proyecto a partir de los recursos, capacidades y limitaciones del momento. Sensato. Por más que en el culto a la cámara en mano y a la improvisación pueda haber una lectura un tanto apresurada de los aburridos planteamientos del grupo Dogma, un cine así no tiene nada de pobre y puede aspirar tanto al encanto que tienen los buenos borradores como a transformar en fortalezas lo que en principio son debilidades.

Hasta cierto punto, lo logra. La cinta funciona razonablemente bien en sus primeros 15 minutos. Si después sucumbe, no por culpa de sus bien asumidas seguir leyendo

Ensayos: ¿Fue mejor?

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Empieza el año laboral y el calendario de este mes se enciende con dos festivales de cine. El de Diners Club, en su undécima edición, anticipa estrenos interesantes de la actual temporada. La retrospectiva de cine francés, por su parte, reivindica un puñado de títulos de la época en que esa cinematografía estaba viva. Dos iniciativas valiosas, conectadas en el primer caso a la ansiedad por conocer lo que viene y, en el otro, a la nostalgia por recuperar lo que fue.

La revisión de las películas francesas puede llegar a ser por lo mismo dolorosa. De partida, porque la mayoría de esos títulos habla de una época irrecuperable y crucial. Es fácil a estas alturas echarlo todo en el mismo saco de la depresión: poner la decadencia de los ritos cinéfilos al lado de la desaparición de los cine clubes, unir la caída en la cantidad anual de estrenos a la deserción del  público de las salas de cine, asociar el crepúsculo de lo que antes se conocía como arte cinematográfico europeo al imperio avasallador de una supuesta ramplonería hollywoodense. Este ejercicio gusta a muchos sectores no sólo en Chile, sino también en otras partes. Refiriéndose a la cinefilia de los años 60, el director polaco Krysztof Kieslowski (No amarás, La doble vida de Verónica) declaraba hace poco seguir leyendo

Los ’90: Wild at heart (1990)

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Si el cine de muchos realizadores ha perdido el sentido del juego y de la aventura, el de David Lynch lo ha profundizado. Corazón salvaje no tendrá el misterio de Terciopelo azul –el largometraje anterior del realizador–, pero responde a la misma imaginación brutal y encarnizada. Aquel filme comprendía algunas de las imágenes más sucias y perversas que se han visto en la pantalla en el último tiempo, pero no necesariamente porque la inspiración de Lynch se nutra del infierno. En más de algún momento pareciera que todo responde a un simple ejercicio de ficción espeluznante, realizado con la misma puntualidad de quien hace unas cuantas reflexiones y abdominales luego de levantarse en la mañana. La impresión no es engañosa porque, dentro de todo, Corazón salvaje tiene humor y, en esta medida, tiene distancia frente a sus bravuconadas y excesos. En un sentido estricto la violencia del filme de Lynch rompe varias seguir leyendo

Clásicos: Vertigo (1958)

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El cine de los últimos años podrá haber iluminado muchos corredores del laberinto de las relaciones afectivas, pero así y todo Vértigo permanece como una conquista definitiva e insuperable en la materia.

Esta obra prodigiosa tiene muchas dimensiones y posiblemente el tema del amor no es el más interesante ni el principal. Sin embargo, puede ser el más perturbador, a estas alturas. Pocas veces se han visto en la pantalla sentimientos tan heridos y ansiedades tan insatisfechas como los que Hitchcock reunió en los vínculos que enlazan al protagonista, primero con Madelaine, la etérea mujer suicida ante la cual sucumbe, y en seguida con Judy, la joven de extraño parecido físico con aquélla y que terminará ocupando, jamás de manera satisfactoria, su lugar.

A más de 30 años de distancia, todavía la imaginación romántica de Hitchcock es motivo de perplejidad y –literalmente– de vértigo. Sir Alfred nunca pasó por sentimental, Siempre dio la impresión más bien inversa: le gustaba la crueldad. Hasta donde se sabe –y se sabe bastante seguir leyendo

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