LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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El Otro Canon

Podcast 316: 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009) y el cine de Corneliu Porumboiu

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La sátira sobre la revolución que fue (o no fue) inauguró la irrupción en la escena mundial de una talentosa generación de cineastas rumanos, quienes a su manera han venido ajustando cuentas a la dictadura comunista, a la revolución que la derribó y a la progresiva inclusión de Rumania en el capitalismo global a través de la Unión Europea. Porumboiu, en particular, parece ser el cineasta de estilo más simple y depurado entre su camada, y sus dos primeras películas están ahí para confirmarlo.

A Ghost Story (2017), de David Lowery

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A Ghost Story 1

Candidata desde ya a la lista de las mejores del año, A Ghost Story no sólo es una gran vuelta de tuerca al género de fantasía y terror, sino la mejor evidencia de la huella que alguien como Terrence Malick ha dejado en el cine americano. hoy son los alumnos quienes intentan superar al profesor.

Para haberse convertido en la sensación del último Festival de Sundance, en enero pasado, el argumento de A Ghost Story parece simple y quizás hasta demasiado familiar: un joven músico (Casey Affleck) que fallece en un accidente automovilístico, se resiste a dejar a su esposa (Rooney Mara) y permanece en espíritu a su lado, contra viento y marea. Sólo que en vez de tener un aspecto dramático y translúcido (como Patrick Swayze en Ghost), el protagonista lleva puesta encima una enorme sábana blanca, con dos orificios negros por ojos.

¿Es una broma?

Para nada. Esa era la intención desde el principio. Al menos así lo ha explicado David Lowery, su director. Sin sábana, nunca habría existido película. La idea era apoyarse en el más burdo de los clichés para ver si, a partir de ahí, se podía construir una historia de fantasmas que perdurase en la memoria de su audiencia y redimiera a un género hoy secuestrado por productos mediocres como Actividad Paranormal y su sinfín de secuelas. Eso sí, en caso de que la experiencia fuese un fiasco tomó antes unas cuantas precauciones: la filmación se llevaría a cabo en total secreto y “escondida” entre el ruido generado por el inminente estreno de Mi amigo el Dragón, filme infantil que Lowery rodó por encargo de Disney. Y, al contrario de los 65 millones que había costado dicha cinta, sólo contaría con 100 mil dólares (presupuesto microscópico para los estándares hollywoodenses). Muchos clásicos del terror y el fantástico se han producido en condiciones similares, pero lo que realmente diferencia a esta Ghost Story de sus antecesoras no es el factor sorpresa ni el ínfimo dinero gastado en la aventura, sino el tratamiento mismo del material.

Porque Lowery no es un cineasta del montón. Los críticos y sectores influyentes de la industria lo consideran uno de los herederos del legendario Terrence Malick y toda una promesa del nuevo cine americano.  Por lo mismo, la pregunta es inevitable: ¿cómo fue que un sujeto tan sofisticado como éste empezó a figurarse cuentos de fantasmas?

LA SÁBANA, LA ETERNIDAD

Cualquier respuesta al respecto obliga a dar cuenta de lo ocurrido con su mentor Malick, quien de ser considerado uno de los grandes maestros del arte contemporáneo, hoy pasa por un momento en que muchos se cuestionan si su genialidad acaso no fue más que un espejismo (ver recuadro). Lo que no se discute mucho, sin embargo, es el firme ascenso de cineastas jóvenes que han recogido su peculiar estilo, y que lo han hecho suyo a tal grado que hoy se ha vuelto poco menos que marca de fabrica de la nueva generación de directores estadounidenses.

¿Qué los identifica? Una forma de narrar construida a partir de fragmentos, largas y complejas tomas con cámara en mano, marcada angustia existencial, primacía de las emociones por sobre la acción y de la mirada subjetiva por encima de un relato distanciado, todo ello ejecutado con extraordinario virtuosismo técnico. Podría seguir describiendo y detallando, pero el punto central es éste: por largo tiempo, muchos de esos recursos y técnicas estuvieron asociados al cine independiente; Malick era una de las escasas excepciones a la regla, ya que -aunque sus filmes eran considerados “obras de arte”- siempre trabajó en el mainstream, siempre filmó con destacados productores y estrellas de la pantalla. Lo interesante es que sus empoderados alumnos ahora parecen empeñados en seguir ese mismo camino. David Lowery es uno de los más notorios, pero también está el caso de Barry Jenkins, cuya Moonlight -que tanto le debe a Terrence- ganó hace unos meses el Oscar a Mejor Película; el de Shane Carruth, autor de la enigmática Upstream Color (2013), frecuente nominada entre los grandes títulos de la década; Trey Edward Shults, quien se planteó el desafío de trasplantar la huella del maestro al cine de ultraviolencia en It Comes at Night, uno de las genuinas sorpresas de esta temporada, y sobre todo David Gordon Green, que comenzó su notable carrera prácticamente como un verdadero clon de Malick -quien, de hecho, le produjo Undertow (2004), su tercer largo- antes de diversificarse y envalentonarse lo suficiente como para estar filmando ahora mismo una nueva versión de Halloween.

En un escenario como éste -donde una estética que partió radical se ha desplazado hacia el centro de la cultura- no extraña que algo como A Ghost Story -recién editada en blu ray- haga total sentido. Por cierto que el relato contiene instantes que en un filme de espectros tradicional podrían identificarse con miedo, angustia y hasta terror, pero el efecto de esas sensaciones en el público se altera al completo, ya que en vez de situar la narración en el mundo de los vivos, el filme apuesta a fondo por narrar desde el “otro lado”. Desde una perspectiva de ultratumba, imaginar la intemporalidad y el abismo insalvable que debe tolerar un muerto que se rehusa a dejar ir, a dejar de ser. Y es ahí donde el “toque Malick” funciona a cabalidad; en esos largos trechos donde nuestro fantasma contempla a su mujer, quien tras la tragedia va retomando su vida; momentos que lucen tan tristes y solemnes como distanciados e irónicos -gracias a la bizarra sábana, claro-, permitiendo que el propio espectador se deshaga de toda expectativa romántica para desviar su atención a asuntos más sutiles, pero increíblemente ambiciosos.

Así, Lowery se permite reformular preguntas que Malick ya se había hecho en El árbol de la vida: ¿qué lugar le cabe nuestras humanas emociones dentro de la infinitud y la circularidad del tiempo? Por más fuertes e irrenunciables que estas sean, ¿hacen algún sentido dentro de este continuo? Muy pronto en esta historia, el fantasma deja de mirar a su amada y comienza a observar por la ventana, y allá afuera, en la casa del frente, otra sábana con ojos le devuelve el saludo. Tal como éste, también se encuentra a la espera, pero ya ni siquiera sabe de qué o quién. En cosa de segundos, el tiempo avanza años, décadas; los habitantes de la casa van y vienen, se vuelven tan frágiles como las horas pasadas al interior de estas paredes, mientras la sábana amparada en la lentitud de los siglos -tal como ocurría con David, el pequeño androide, al final de Inteligencia Artificial (2001), de Spielberg- persiste en esperar, en hacer guardia, a ver si así atrapa su destino, su sentido.

Es la clase de impresiones que -seguro- muchos de los que pagaron su entrada para ver Blade Runner 2049 esperaron encontrar (en vano) en el filme de replicantes. Topárselas de golpe, aquí, observando las idas y vueltas de una sábana que rasguña la eternidad parece una ironía atroz, pero bella a la vez.

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Voyage of Time, de Terrence Malick

LA CAÍDA DEL MAESTRO

Desde que Terrence Malick regresó a lo grande con La delgada línea roja (1998), después de un autoexilio cinematográfico de 20 años, la reacción general ante su trabajo fue de reverencia y adoración. Los fans del entonces autor de culto estaban exultantes: su brevísima obra –compuesta hasta entonces por Badlands (1973) y Days of Heaven (1978)- por fin dejaría de asociarse al perfil de un cineasta maldito, para convertirse en los pasos iniciales de un maestro que algún día podría medirse cara a cara con Kubrick, Tarkovsky y otros titanes del panteón audiovisual. Y vaya, los que en su momento apostaron por eso, al parecer estaban en lo correcto: tanto El nuevo mundo (2005) como El árbol de la vida (2011) eran filmes extraordinarios, sorprendentes y misteriosos; pero entonces ocurrió lo impensado: en vez de tomarse otros cinco o seis años para crear su siguiente film, Malick aceleró a fondo. En cosa de año y medio, filmó tres películas autobiográficas y anunció que estaba trabajando en un cuarto título, Voyage of Time, su propia versión de la historia del universo diseñada para el formato IMAX. En cosa de meses, toda esa mistificada aura alimentada por cuatro décadas de adoración a su cine se derrumbó. De pronto, la comunidad fílmica comenzó a sufrir de “malickitis” y a declararse hastiada de esos relatos etéreos, de esas voces en off que meditan sobre lo absoluto y de las bellísimas vistas creadas junto a Emmanuel Lubezki, su director de foto. El rebote ha sido lo bastante violento como para que muy pocos estén interesados por la bélica Radegund, nuevo proyecto del director, quien desde ya ha anunciado que se trata de un producto más convencional, filmado apegándose a un plan y con un mínimo de improvisación. Como si hasta los fans hubiesen quedado con sobredosis de ese magnético estilo trascendental. ¿Es justa esa vuelta de chaqueta? El tiempo lo dirá, pero que conste que hasta Malick ha tomado cartas en el asunto. Revirtiendo su histórica aversión por las presentaciones en público, a principios de abril participó en una charla en el Museo del Aire y el Espacio, en Washington D.C.. Fue allí que dijo: “hace poco -hace muy poco, en realidad- que he estado trabajando sin guión. Y estoy arrepentido”. Por algo se empieza, ¿no?

Podcast 299: Historias extraordinarias (2008), de Mariano Llinás

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Como suele pasar con las películas largas (y buenas) las más de cuatro horas que dura esta cinta convierten el transcurrir de ese tiempo en una sensación de espacio, del que no se quiere salir. La narración omnipresente, ácida y no necesariamente confiable, obra de un escritor maduro (y parado en los hombros de hartos gigantes), se acompaña de una puesta en escena plástica y simple que funde el prodigio narrativo con el prodigio de producción. Cinta independiente con ambiciones faraónicas, que recomendamos encarecidamente ver (en Youtube) antes de escuchar este podcast.

Podcast 298: The Love Witch (2016), de Anna Biller

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Esta es de las pocas cintas que, siendo un pastiche que quiere parecerse a muchas cosas, termina no pareciéndose a nada. Filmada y montada en celuloide, usa y abusa de una estética vintage por sus colores, actuaciones y dirección de arte, mezclando además géneros variados, como el policial, la comedia romántica y algo de softcore. ¿Qué resulta de esto? Muchas cosas y muchas ideas sobre las minorías de todo tipo, el amor y el hipersegmentado mercado en el que vivimos, entramadas en una historia que no puede ser (ni parecer) más simple. De eso y más hablamos en el podcast.

Paterson (2016), de Jim Jarmusch

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Paterson

¿Qué es lo que convierte a un hombre en un ente creador? Es la pregunta más seria que el director Jim Jarmusch se ha hecho en su carrera, y la responde con Paterson, un filme claro, simple y diáfano, como el agua. Película esencial. 

Todas las mañanas antes de las seis y media, Paterson se levanta, besa a su mujer, toma desayuno y camina hasta el terminal de buses de Paterson, una pequeña localidad de New Jersey. Entra en su bus, prende el motor y maneja por la ciudad hasta la hora de almuerzo. Luego, vuelve al trabajo y a eso de las cinco regresa a casa, cena con su esposa y más tarde saca a pasear a su bulldog. A la mitad del paseo, amarra al perro y se detiene por una cerveza en su bar favorito. En sus ratos libres, saca un pequeño cuaderno y escribe unas cuantas frases que van acompañando su día. Las frases van formando poemas y los poemas un libro. Así, de lunes a viernes. Semana tras semana. Mes tras mes.

Rutina. Resiliencia. Esos son quizás los caminos más directos e inmediatos para ingresar al mundo de Paterson (2016), el nuevo filme de Jim Jarmusch, que ya circula en bluray y DVD. El legendario realizador de Stranger Than Paradise (1984), Dead Man (1995) y Coffee and Cigarettes (2003) ya ha pasado antes por estas rutas, retratando en sus filmes a buena cantidad de sujetos que habitan vidas mínimas con la misma persistencia que otros buscan la notoriedad y la fama. La diferencia es que en esta ocasión la circularidad del recorrido parecer ser total: nada de lo que vemos en pantalla altera, en principio, el temple que este calmado chofer encarnado por Adam Driver demuestra ante las cosas. Todo lo que se sale de lo usual -los días en que despierta más tarde, un desperfecto en el bus, las diferentes viandas que lleva cada día al trabajo, sus encuentros con conocidos y desconocidos, las indistintas conversaciones de los pasajeros- no hace más que reforzar la cuasi perfecta regularidad de esa vida y también nuestra presunción de lo común y corriente que es. Más que protagonista de su película, Paterson es otro espectador más de ésta, tal como nosotros.

No es muy distinto a lo que le ocurre a Forrest Whitaker en El camino del Samurái (1999), Bill Murray en Broken Flowers (2006) o Isaach de Bankolé en The limits of Control (2009). Los antihéroes de Jarmusch tienden, por lo general, a la pasividad, a la reacción en vez de la acción, y en ese sentido, Paterson -el más integrado, el más normal de todos ellos- no debería ser la excepción, salvo por un detalle. El lápiz y la pequeña libreta que guarda al interior de su bolso. Cada tanto los saca, anota, escribe, corrige, vuelve a escribir. Y cuando lo hace, eso que está a su alrededor, lo inamovible, lo que no cambia, de pronto se transforma. Se vuelve único. Por cierto, nada hay de mágico en el proceso. Al revés: éste es el raro caso de una película que no mistifica ni endiosa el proceso de la escritura o la creación artística. Aquí el acto de poner palabras sobre el papel se nos presenta tan natural como caminar, beber o másticar. Es sólo otra entre un sinfín de actividades posobles; pero, al mismo tiempo, es algo que nuestro personaje no puede sino hacer; algo que le resulta inevitable, y no porque sienta un sublime llamado desde las alturas. Simplemente, es algo que ya forma parte de su día. Que forma parte de él.

Es en ese punto donde hace sentido la elección como escenario de la engañadora Paterson, New Jersey, que el filme retrata un tanto provinciana y adormecida (cuando en realidad es una de los lugares con mayor densidad poblacional en Estados Unidos) y que a mediados del siglo pasado fue objeto de un ambicioso poema épico en cinco volúmenes publicado por William Carlos Williams, otro “poeta y escritor secreto” que durante la mayor parte de su vida se desempeñó como jefe del departamento de pediatría en Passaic, un pueblo vecino. Los libros de Williams, de hecho, son volúmenes de cabecera en el escritorio donde el joven conductor de buses que comparte su nombre con el de la ciudad va pasando en limpio y puliendo sus versos día tras día, alentado por la idea de escribir en forma anónima; por la idea de que un tipo cualquiera puede cambiar y embellecer su mundo, el mundo, aunque el resto no tenga la menor idea.

La sola interesada en que Paterson haga algo con su obra es su esposa Laura (la actriz iraní Golshifteh Farahani), porque nadie salvo ella la ha leído todavía; pero Jarmusch y su equipo no pueden aguantar la tentación de retratarla como otra artista secreta más, una que se pasa las tardes diseñando su propia ropa, pintando la casa con extraños patrones en blanco y negro, horneando misteriosos cupcakes o aprendiendo guitarra vía tutoriales digitales; viviendo, en el fondo, un espacio de creación tan anónimo y paralelo al resto como el de su propio marido, pero además transformada en inadvertida musa y compulsiva protectora de un legado que, de permanecer inédito, bien podría desvanecerse en el aire.

Eso último -saber qué hará el poeta con sus escritos-, es quizás el único elemento de incertidumbre dentro de una película a la que cualquier cosa que semeje suspenso la tiene sin cuidado. De hecho, Paterson y Laura figuran tan suspendidos y atrapados por su estable entorno como Adam y Eve -los protagonistas de Only Lovers Left Alive (2013), filme anterior del director- lo son de sus respectivas extrañezas. Pero claro, estos eran vampiros, músicos, inmortales e inalcanzables y, a su lado, el conductor y la dueña de casa debieran lucir comunes y silvestres, pero no es así: son tanto o más artistas que estos. Tanto o más eternos.

 

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Los poemas detrás del poeta

Cuando eres un niño aprendes que hay tres dimensiones

Altura, ancho y profundidad

Como las de una caja de zapatos

Y después vas y escuchas acerca de una cuarta dimensión

Tiempo

Mmm

Entonces algunos dicen que pueden ser cinco, seis, siete…

Salgo del trabajo

Me tomo una cerveza en el bar

Miro a través del vaso y me siento bien.

El anterior es uno entre la media docena de poemas que Paterson, el personaje, compone en Paterson, la película. Pero, aunque el director Jim Jarmusch además ofició de guionista, los versos no son de su autoría sino que corresponden a un verdadero poeta, Ron Padgett (74), cuya trayectoria literaria se remonta casi medio siglo. En un principio, Padgett -quien ha sido caracterizado como heredero de la Generación Beat- se rehusó a escribir material nuevo, “pero después pensé, ¿por qué tengo que ser tan gallina? ¿De verdad no quiero aceptar el desafío?”

De hecho, el estilo observacional y directo de Padgett acabó por darle forma al propio filme y a su protagonista. “La gente tiene una idea muy estrecha o muy inflada sobre la poseía. A veces, esta proviene de las cosas que nos son familiares”, ha dicho al respecto el escritor. “Una película como esta quizás ayude a otras personas a convencerse de que pueden llegar y comenzar a escribir”.

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