LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Perfiles

Podcast 321: Bone Tomahawk (2015) y Brawl in Cell Block 99 (2017), de S. Craig Zahler

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Con apenas dos películas, este director se ha vuelto un nombre a seguir gracias a la virtud de montarse impecablemente en los códigos de un género (o más de uno), y empujarlo más allá con: chispazos de drama, la detención en el detalle (de carácter o de proceso), y una medida y muy bien situada irrupción de la ultraviolencia. Una ultraviolencia que es el resultado de algo, el choque de algo cuando cae; jamás la trivialización de una mirada muy sombría del mundo. De esto y más hablamos en el podcast.

Podcast 320: A Ghost Story (2017) y el cine de David Lowery

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Con apenas 100 mil dólares, y un rodaje presto y de incógnito, David Lowery lanza al mundo una cinta absolutamente singular, contraintuitiva en casi todas sus decisiones, igualmente asombrosa en su montaje como en su puesta en escena, y todo esto al servicio de las grandes preguntas y las grandes fracturas: vida-muerte; pasado-presente-futuro; urbe-suburbio; cuerpo-espíritu; línea-ciclo. De esto y más hablamos en el podcast.

Podcast 314: Los filmes de Federico Luppi y Adolfo Aristarain (1981-2002)

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Durante los 21 años de colaboración artística entre el realizador y su alter ego en pantalla, surgieron seis películas que recorren géneros, registros y hasta países distintos, pero con cierto hilo común asociado a la figura del recientemente fallecido actor: una izquierda que sobrelleva la derrota realizando grandes gestos pequeños, parejas monógamas sin tensión sexual, la preocupación por el legado a la generación siguiente… y Tulsaco, naturalmente. De eso y más hablamos en el podcast.

Federico Luppi (1936-2017). De otra época

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Luppi

“Decepcionado, amargado, tristón, solitario”.

Así se autodefinía Federico Luppi, solo meses antes de morir el 21 de octubre, a los 81 años, a consecuencia de un hematoma generado por una mala caída que nunca sanó. En sus tributos, los medios se cebaron en lo chocante y tremendo de esa declaración, pero cualquiera que haya visto las películas de esta leyenda del cine argentino y latinoamericano, bien sabía que el actor no era un paseo por el bosque: ante la eventualidad del fervor, la celebración y la alegría, Luppi y sus personajes siempre optaban por las dudas, el arrebato, el enojo; por permanecer en la retaguardia y ser un rebelde (incluso un rebelde en el barro), pero nunca un vendido, una víctima del sistema. Aunque su vida familiar dejó mucho que desear -un largo abanico de ex mujeres y familiares dejaron testimonio de su volatilidad, y hasta violencia, a puerta cerrada-, en pantalla fue el perfecto hijo de esa América latina de los 60, de una generación inflamada por la revolución, por el romanticismo y las ansias de cambio, pero también desbocadas, descarriladas en medio de la lucha, el caos y la frustración.

A la energía escenica de Luppi le venían bien esas figuras “más grandes que la vida”, y lo demostró en una carrera brillante, ya sea iluminado por el cine de Leonardo Favio (El romance de Aniceto y la Francisca, 1967), en su obligatorio paso por el mundo de Osvaldo Soriano (la adaptación al cine de No habrá más penas ni olvido, 1983) o en las espectrales ficciones sci fi de Guillermo del Toro (Cronos, 1993; El espinazo del diablo, 2001); sin embargo, su verdadero su hogar artístico lo encontró en sus numerosas colaboraciones con Adolfo Aristarain. La simbiosis de esa dupla fue tan intensa y prolongada que francamente costaba distinguir donde empezaba uno y terminaba el otro: enamorado del western y los anti héroes del cine de John Ford, Raoul Walsh y Howard Hawks, Aristarain intuyó acertadamente que Luppi era capaz de invocar en clave latina el aura trágica, lacónica y mítica de Gary Cooper, Henry Fonda y John Wayne. Y al hacerlo el actor fue capaz de crear personajes enormes e inovidables, que más bien parecen amplios paisajes y latitudes que personas normales y corrientes. Quien vea Tiempo de revancha (1981), Un lugar en el mundo (1992) o Lugares comunes (1993) podrá dar testimonio: Luppi se despliega inmenso, como un gran árbol ubicado en medio de la llanura; un gigante en la calma, la tormenta y la caída. Alguien definitivamente de otra época.

Tal vez esto explica el torrente de homenajes, fotos y escenas suyas, posteadas en las redes, y también el debate desmitificador que siguió a continuación. Evidente: el Luppi real no podía estar a la altura de esas apasionadas figuras, creadas a medias con Aristarain. Estas son trasunto de sueños, deseos e ideales que interpretaron -e interpretan todavía- los anhelos de una audiencia que depositó en ellos el valor que los antiguos asignaron a Arcadia; esa tierra de felicidad, heroísmo y concordia, situada al otro lado de la historia; un espacio que puede evocarse, pero que está más allá de nuestro alcance.

El arrebatado Luppi de los últimos años, el que rumiaba su rabia y furia sin ambages, lo tenía más claro que nadie y no se hacía falsas ilusiones ni pensaba en finales felices. Como le dijo a una reportera de La Nación de Buenos Aires, a fines de 2013: “La mía es una edad en la que ya no tengo la menor posibilidad de mentir. No puedo. No tengo tampoco una exhuberante expectativa del mundo que viene. (…) Yo siento que no puedo hacer mucho más, ¿qué voy a descubrir, el engrudo ahora? ¿Qué voy a hacer, Hamlet?”

Podcast 309: Las sombras de los ancestros olvidados (1965) y Sayat Nova (1969), de Sergei Parajanov

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El cineasta armenio Sergei Parajanov encontró su voz a través de otra voz, aquella con que Andrei Tarkovsky dio vida a La infancia de Iván (1962). A partir de ahí, Parajanov fue un cineasta de culturas nacionales (en un momento en que el concepto podía ser problemático), de historias contadas a través de objetos y posturas, y de una intensidad vital que canalizó de diversas maneras en los cuatro largometrajes que realizó entre 1965 y 1990. Acá abordamos los dos primeros, quedando los restantes como promesa para el futuro.

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