LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Podcast 298: The Love Witch (2016), de Anna Biller

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Esta es de las pocas cintas que, siendo un pastiche que quiere parecerse a muchas cosas, termina no pareciéndose a nada. Filmada y montada en celuloide, usa y abusa de una estética vintage por sus colores, actuaciones y dirección de arte, mezclando además géneros variados, como el policial, la comedia romántica y algo de softcore. ¿Qué resulta de esto? Muchas cosas y muchas ideas sobre las minorías de todo tipo, el amor y el hipersegmentado mercado en el que vivimos, entramadas en una historia que no puede ser (ni parecer) más simple. De eso y más hablamos en el podcast.

Podcast 247: Freud y el cine

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El psicoanálisis y el cine nacieron más o menos al mismo tiempo y tal vez eso no fue casualidad. Eso no quiere decir que se hayan encontrado rápido ni de manera fácil, de hecho el patriarca del psicoanálisis nunca se interesó en el cine, pero con los años el fenómeno se dio intensamente en el sentido inverso. A ambos lados del Atlántico hubo productores y directores interesados en las tramas que podían surgir del análisis del alma, y entusiasmados con las posibilidades de este arte nuevo de filmar algo parecido a los sueños. Y claro, en algún momento el interés se enfocó en Freud y sus discípulos. De eso y más hablamos con nuestro invitado, el psicoanalista Miguel Reyes.

Rostros: Philip Seymour Hoffman (1967-2014)

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Acostumbrado a desaparecer bajo la piel de sus personajes, dudo que a Philip Seymour Hoffman le atrajese el torrente de palabras, homenajes y testimonios que han fluido en las últimas horas, a partir de su muerte por sobredosis, a los 46 años. El actor rara vez ventilaba su vida privada –de ahí que fuera un shock enterarse que, tras el rodaje de The Master, el año pasado había ingresado a una clínica de desintoxicación-, pero tampoco se ocultaba del ojo público como algunas esquivas estrellas: ayer sus vecinos en Manhattan lo recordaban arriba de su bicicleta, caminando por el barrio en compañía de sus hijos o sentado en un café de las cercanías, dejando ir las horas en actitud tan casual y corriente que contrastaba al completo con su trabajo en el escenario y en la pantalla: concentrado, intenso, excepcional.

¿Cómo se conectaban esos extremos? ¿Corrían en paralelo o es que uno existía a expensas del otro? A estas alturas poco se saca con especular. Como suele ocurrir con los grandes intérpretes, la evidencia está en las imágenes: desde fines de los años 90, el actor se reveló como un talento todo terreno, capaz de sacarle lustre a cualquier clase de papel. No importa lo pequeño (Casi famosos, 2000), lo ridículo (Mi novia Polly, 2004), lo repugnante (Felicidad, 1998) o lo convencional (Magnolia, 1999) que estos fueran, Hoffman parecía lo bastante fascinado por el proceso –sobre si se trataba de caídos, reprimidos y magullados-, para intentar en cada oportunidad atrapar a un personaje al completo, con las mínimas pinceladas posibles.

El ejercicio no siempre le resultaba: su minuciosa reconstrucción de Truman Capote, con la que ganó el Oscar a mejor actor en 2005, no iba al compás de la incómoda frialdad que transmitía el filme; pero vaya qué distinto era el efecto cuando el material estaba a la altura y lograba meterse bajo la piel de sujetos como el diabólico Freddy Miles, en El talentoso Señor Ripley (1999); Rusty, el enérgico travesti de Flawless (1999) o el padre Brendan Flynn, en La duda (2008); como si al agregar cada uno a su filmografía, Hoffman –involuntaria, casi secretamente- estuviera creando rol tras rol, su propia Comedia Humana, una que el espectador ahora puede observar en retrospectiva, absorto por las cumbres conseguidas –Synecdoche, NY (2008) y The Master (2012), inmensas ambas- por la voluntad de exponerse sin límites ni restricciones, y por la capacidad de atrapar fugaces momentos en el tiempo, impidiendo que (como casi todo) estos se disuelvan en la nada. seguir leyendo

Rostros: James Gandolfini (1961-2013)

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“¿Qué le ocurrió a Gary Cooper? Al sujeto duro y silencioso. Ese que no estaba en contacto con sus sentimientos; ese que hacía lo que tenía que hacer. Una vez que ese tipo comienza a sentir ya no lo puedes callar”. Eso le decía un atormentado Tony Soprano a la doctora Melfi, derrumbado en el sofá de su consulta, en el primer capítulo de Los Soprano.

The strong silent type. Nunca olvidé la frase, porque detrás de los ataques de pánico, y las crisis familiares y personales que aquejaban al mafioso de New Jersey, y que el fallecido James Gandolfini llegó a reflejar tan bien –en parte, porque las había sufrido en carne propia-, flotaba la dificultad de compararse con esas enormes figuras masculinas de la posguerra; erigidas a punta de aplomo, fuerza bruta y empatía, y que el cine clásico de Hollywood había recreado a la perfección. Claro, era imposible vivir a la sombra de titanes como John Wayne, Robert Mitchum o Lee Marvin y es ahí, precisamente, donde radica la enorme influencia que Tony, el personaje, y James, el actor, ejercen todavía sobre el audiovisual americano: en torcer la mirada hacia adentro, directo hacia el infierno personal y de cara a una masculinidad desgarrada, con irreparables fisuras de carácter, perenne crisis de los cuarenta; un mundo al borde de la explosión, uno que puede rastrearse y sentirse de muy cerca en las andanzas de personajes como Don Draper (Mad Men), Walter White (Breaking Bad), Nucky Thompson (Boardwalk Empire) y Nicholas Brody (Homeland). Decir que ninguno de ellos habría nacido sin la previa intercesión de Gandolfini y de David Chase-el creador de Los Soprano- sería exagerado, pero es evidente que la fractura se gestó ahí, que buena parte de la mejor ficción de la última década proviene de ese fecundo árbol de historias plantado en North Caldwell, New Jersey, producto de aquel tremendo arrebato de humanidad.

No debe haber sido un peso muy sencillo de cargar. Chase nunca ha vuelto a encabezar una serie; y Gandolfini parece haber disfrutado a fondo los pequeños papeles secundarios que le daban la chance de sumergirse en oscuros abismos, como el de Mickey en la reciente Killing them softly (2012) junto a Brad Pitt. Ahí era un asesino, desmoronado y al final del camino. Prefiero evocarlo como el propio Tony hacía con los héroes de Río Bravo. Calmo y en silencio. Con la procesión muy, pero muy adentro.

Estrenos: Magic Mike (2012)

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¿En qué momento Steven Soderbergh, el consagrado director de Che y Traffic, se entusiasmó con hacer un filme de strippers masculinos? ¿Se le soltó un tornillo? En realidad, no.

¿Hay que desgastarse buscando razones para el éxito de una película de strippers? Incluso en el papel, la idea de un filme sobre un sudoroso y musculoso elenco de martes femenino parece éxito seguro, y por lo mismo llama la atención que antes de Magic Mike, la película que Steven Soderbergh y el actor Channing Tatum, escribieron, realizaron y estrenaron a toda velocidad a mediados de año, nadie hubiera tenido la misma idea, por lo menos en esta escala. Los números están a la vista: el 73% de audiencia femenina convocado en su primer fin de semana y los 113 millones de dólares recaudados en su paso por los cines estadounidenses. Funciones a sala llena, con gritos (y quizás qué más) lanzados a la pantalla. Suena a lugar común, pero no hay duda: las chicas solo quieren divertirse.

El debate vuelve a encenderse ahora que la película salió en blu ray y DVD -a todo esto señores distribuidores, ¿qué están haciendo que lo la estrenan todavía por estos lados?-, pero si lo miramos con algo de distancia, detrás no parece haber una poción secreta: a su manera, Magic Mike encaja perfecto en ese curioso y poco lucido subgénero de baile+sudor seguir leyendo

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