hitchcock-y-truffaut

Hitchcock / Truffaut: El alumno le enseña al maestro

en por

A principios de los 60, muy pocos creían que Alfred Hitchcock fuese un gran director, pero su colega François Truffaut le propuso al británico algo inédito: escribir un libro para probarlo. El resultado se convirtió en leyenda, y ahora ésta regresa en un notable documental.

En rigor lo que llamamos rostro no existe. No existe hasta que la luz lo toca. Y claro: la luz en sí tampoco existe. Sólo lo hace en relación a las sombras.

Alfred Hitchcock en conversación con François Truffaut

Era el cineasta mejor pagado del mundo. Sus películas batían récords de audiencia. Su programa de televisión lo había convertido en una estrella. Se publicaban antologías de cuentos con su nombre. Era el “maestro del suspense”. ¿Qué podía importarle a Alfred Hitchcock la opinión de un joven colega francés en torno a su cine?

Pero le importaba. Porque, al contrario que muchos en aquellos años, François Truffaut se tomaba a Hitchcock en serio. Muy en serio.

Desde principios de los 50, él y sus compañeros de la revista francesa Cahiers du Cinéma proclamaban con arrojo que el director de Extraños en un tren era uno de los grandes artistas del siglo XX; alguien cuyo trabajo era comparable o superior al de Picasso, Joyce o Stravinsky. Porque, claro: aparte de un consumado creador de formas -un esteta en el mejor sentido de la palabra- era también un artista de confesa vocación popular, poseído por la necesidad de modelar historias para una gran audiencia. Ansioso por atraparla en su particular universo de imágenes.

Hitchcock, por su parte, recordaba a Truffaut como el jovencito de veintipocos que, buscando sacarle una entrevista durante su breve estancia en París, en el invierno del 55, se había caído a un estanque de agua en el estudio donde el realizador filmaba, quedando al borde de la pulmonía. Siete años más tarde y ya convertido en uno de los nombres clave del cine francés, escribía a su ídolo con una propuesta intrigante. ¿Accedería a darle una entrevista in extenso, acerca de su carrera y sus filmes? El resultado no se publicaría como una nota más en Cahiers. Su idea era intentar algo que a lo que nadie se había atrevido aún: escribir un libro de conversaciones en torno a un realizador.

Entonces, Hitch -cuya relación con la prensa y la crítica a través de los años había sido básicamente utilitaria y al borde de lo impersonal- hizo lo impensable. Escribió de vuelta: si Truffaut viajaba a Los Angeles en agosto del ’62 tendría ocho días para preguntarle de lo que él quisiera. ¿Cuándo empezaban?

helen-scott

EL CONTROL DE LO “REAL”

Truffaut se solaza al máximo contando los detalles de esta historia en el prólogo de El cine según Hitchcock, el volumen que resultó de esas históricas sesiones, pero ahora que ese texto celebra medio siglo desde su publicación, varios más se unen al festejo en Hitchcock/Truffaut, documental que los críticos Kent Jones y Serge Toubiana crearon para homenajear a un texto, que con las décadas se transformó uno de los objetos más influyentes de la historia del cine. Al menos, así lo atestiguan en el filme cineastas como Martin Scorsese, Paul Schrader, Peter Bogdanovich, Kiyoshi Kurosawa, James Gray, Olivier Assayas, David Fincher, Arnaud Desplechin y Wes Anderson, para quienes no sólo ha sido un libro de cabecera en sus respectivas carreras sino también constante compañía y alimento para sus respectivos imaginarios.

Ahora bien, ¿qué hace de este libro algo único? El que Truffaut lo plantee como una suerte de “biografía de ideas”, donde cada filme es analizado de manera frontal y cronológica. Que las ideas de Hitchcock en torno a la imagen y su poder sobre el público se desplieguen con una precisión casi ingenieril. Que los capítulos posean densidad casi novelística. Que el conjunto funcione como un virtual curso de cine a cargo de un profesor extraordinario. Que el diálogo entre ambos directores semeje tanto un combate como un afiatado desfile de opiniones, comentarios, interrupciones, divagaciones y mordaz ironía. Que la relación maestro-discípulo, planteada desde las primeras páginas, se desenvuelva luego como una conversación entre padre e hijo y, por último, se consagre como amistad intemporal. Hay argumentos de sobra para defender cada una de esas perspectivas, pero el filme se juega por una lectura ideal para estos días en que el vocabulario audiovisual ha tomado su lugar como omnipresente lingua franca: hoy por hoy, las herramientas usadas por Sir Alfred para narrar sus historias con imágenes han acabado por convertirse en vigas maestras de lo que hoy entendemos por “realidad”. Instrumentos que cuestionan la propia percepción de lo que nos rodea y que, por lo mismo, han comenzado a transformar nuestra idea de nosotros mismos. O como décadas más tarde formuló un amigo de Truffaut, Jean-Luc Godard: “al controlar y modular por completo nuestra mirada, Alfred Hitchcock consiguió algo que Napoléon y Alejandro Magno no soñaron siquiera: el control de nuestro universo”.

Si pensar en ello les provoca un ataque de inquietud, no están equivocados. Es exactamente lo que Hitchcock trató de obtener, con crecientes grados de efectividad a través las casi cuarenta películas que lo condujeron hacia el rodaje de Vértigo (1958) y Psicosis (1960), obras maestras absolutas a las que el documental dedica sus mejores y más intensas secuencias:

Truffaut: De todos sus filmes, Vértigo es uno de los más bellos. Es un filme más poético que dramático. Tiene, de hecho, algo de sueño; una suerte de lentitud, de vocación contemplativa que el resto de su obra -construida en torno a la rapidez- no posee.

Hitchcock: Quizás porque estaba usando el punto de vista de un hombre emocional. Estaba interesado por la idea de “crear” una mujer a partir de la imagen de otra mujer. De una mujer que está muerta (…) El aspecto sicosexual de esto es tienes a un hombre que está creando una imagen sexual, pero no puede acostarse con ella hasta que logre recrear a la perfección el objeto con el que originalmente quería acostarse.

el-libro-1

Trasladados de la página a la pantalla, combinando el audio original de las sesiones grabadas en cinta (que recientemente salieron a la luz) con las propias películas, el efecto total de estos diálogos se redobla; como si Hitchcock y Truffaut estuviesen de regreso para grabar la pista de comentarios de uno de sus clásicos; como si la puerta de ese salón en los estudios Universal se hubiera entreabierto y alcanzáramos a escuchar arte de la conversación, sin censura, sin editar.

Porque conversar era una cosa y extraer un libro a partir de ahí, otra. Truffaut trabajó durante meses en la transcripción de las cintas y Hitchcock hizo cambios profundos en el texto antes de aprobar cada una de las secciones. Para ambos, el proceso tuvo algo de terapéutico: el francés lo usó para curarse de la debacle personal causada por el fracaso de su primer thriller, La piel suave (1964), y el inglés para distraerse de su desbocada obsesión por Tippi Hedren, actriz de Los pájaros (1963) y Marnie (1964). La versión final llegó a imprenta en 1966, cuatro años después de las entrevistas y cuando la posición que ambos ocupaban en el ambiente cinematográfico de algún modo se había revertido: mientras François se consolidaba como un “autor” de primera línea, Alfred retiraba lentamente hacia los cuarteles de invierno, con su libro circulando casi como anticipado testamento.

De todos lados surgieron imitadores: Peter Bogdanovich entrevistó a John Ford, Fritz Lang y Orson Welles. Joseph McBride habló largo y tendido con Howard Hawks y Stig Bjorkman hizo lo propio con Ingmar Bergman. La progenie fue enorme: desde Billy Wilder a Mike Leigh, de Almodóvar a Herzog, cada director que se precie hoy tiene al menos un libro de conversaciones que recoge sus recuerdos e ideario. Nadie hizo lo mismo por Truffaut, sin embargo. No hubo tiempo. En 1980, apenas cuatro años después de la muerte de Hitchcock recibió el diagnóstico de un tumor cerebral inoperable. En la premura por ordenar sus asuntos, destinó tiempo precioso a editar una nueva versión del texto que se había vuelto su obra más atesorada. Un volumen creado para hablar a nombre de un ser querido y que en adelante hablaría también por él.

le-cinema-selon-hitchcock

1 Comment

  1. Les escribo no solo para dar testimonio de que leí esta columna (y también sigo sus podcast por cierto); mi intención es hacerles notar que esta columna y en realidad todo lo que Uds. hacen es un aporte significativo a la cultura en gerenal, precisamente hoy, donde todo va en franca retirada en beneficio de la pirotecnia y el show insípido.
    Me quito el sombrero ante quienes de forma desinteresada generan contenido de tanta calidad.

    Un gran saludo,

    Un lector/Auditor

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*