LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

VIERNES  actor y escritor SAM SHEPARD en el rodaje de LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO para el Viernes

Sam Shepard (1943-2017)

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Quizás más que ninguna otra, las muertes de los actores de cine llevan aparejadas una suerte de ritual colectivo que rápido atraviesa los estadios iniciales de estupor y conmiseración, para concentrarse en la intensa celebración del legado. Uno que generalmente se invoca por medio de imágenes, galardones, testimonios y una gran selección de películas. Lo vivimos el lunes pasado, en la partida de Jeanne Moreau, madrina de los cineastas de la Nueva Ola y una de las grandes artistas del siglo XX. El homenaje en su honor fue instantáneo, multitudinario.

Esa misma tarde se informó que Sam Shepard, escritor, actor y dramaturgo premio Pulitzer, había muerto unos días antes, a los 73 años, víctima de ELA. Y aunque la sorpresa fue total, se diría que la reacción fue diametralmente opuesta a lo de Moreau. No podía ser de otro modo: Jeanne fue una diva que brilló a través de seis décadas y un sinnúmero de relaciones, afectos y complicidades generados en una larga vida puertas afuera. Shepard, en cambio, fue un tipo de largos silencios, emociones contenidas y mirada tan tersa como impenetrable. La encarnación del “strong silent type”, el vaquero distante y silencioso que John Wayne, Gary Cooper, y tantos otros popularizaron vía el western, pero que en su caso agregaba un vigoroso costado intelectual, una dosis de razón y voluntad que –al menos, en principio- debía ser capaz de controlar a la bestia interior.

Bastó que proyectara esas cualidades en Days of Heaven (1978), de Terrence Malick, para que de inmediato Hollywood intentase vender a este dramaturgo revelación como un romántico galán “a la antigua”; sin embargo, salvo uno que otro caso aislado –como Frances (1982), filme donde conoció a su segunda esposa, Jessica Lange-, Shepard rara vez picó. No estaba en su piel eso de asumirse protagonista y, con el tiempo, decidió limitarse a papeles secundarios que financiaron su escritura, sin caer víctima de los estereotipos. No siempre fue así. A principios de los 80 su adusta figura estuvo al borde mismo del mito: Wim Wenders adaptó algunas de sus narraciones y las transformó en la premiada Paris-Texas (1984); en paralelo, fue nominado al Oscar por Los elegidos (1983), un filme épico sobre la carrera espacial; y, como si todo eso no bastara, Robert Altman lo convenció de aparecer junto a Kim Basinger en la adaptación fílmica de una de sus obras, Fool for Love (1984). Nunca volvió a exponerse tanto, pero género suficiente eco y mística para que muchos nos lanzáramos rastrear sus cintas, buscar las esquivas copias de libros como Crónicas de Motel y Luna Halcón, o derechamente jugar a “ser” Sam Shepard y ponernos a escribir.

Es por eso que viendo Shepard & Dark (2012), documental acerca de la correspondencia que mantuvo por 40 años con Johnny Dark, quien fuera su primer suegro y luego su mejor amigo, me dolió mucho verle golpeado por el tiempo. Este no era el sujeto brillante y misterioso de las películas (nadie es así en la vida real), sino un hombre vapuleado por los fantasmas que circulaban por sus mejores textos: tozudez, soledad, arrebato, inestabilidad, alcoholismo; el tipo de cosas que condujeron a su padre a la bancarrota física y material -algo que el artista describió en forma descarnada- y que ahora, al parecer, se lanzaban sobre él. Era una mirada brutal, en nada parecida al histérico autorretrato borroneado por Don’t come knocking (2005), su última y fallida colaboración con Wenders. Allí, Shepard era una leyenda fugándose de su pasado, sus fans y su familia; pero, a fin de cuentas, se trataba sólo de un personaje, una fabricación más. Comparada con esta, la persona real, ahora conservada en palabra e imagen, no tiene fin.

Adiós, Sam.

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