LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Ensayos

Clásicos: Sans Soleil (1983)

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La medida de los clásicos suele resistir clasificación. Un clásico puede ser aquello que nos sirve la belleza en bandeja o que de pronto y sin aviso expande nuestro campo de visión. Algo que transmite una extrañeza que no se puede definir y que no está ahí para suscitar unanimidad, sino para desafiar paradigmas existentes proponiendo otros en su lugar.

Ahora, es fácil creerse esas ideas y otras tantas, pero la cosa cambia cuando tienes frente a ti a la cosa real, al clásico mismo, desafiándote.

Me pasó hace unos días, saliendo de una función de la hoy legendaria Sans Soleil (1983), de Chris Marker, programada en una muestra de Fidocs 2013. Detrás de mí iba alguien proclamándola “la película más importante que he visto en mi vida”. La crítica de quienes iban más adelante no era tan auspiciosa: “la he visto varias veces, pero todavía no se me aclara”, “se me escaparon muchas cosas”,  “tengo que verla otra vez”. ¿A quién creerle? ¿Al del amor a primera vista, al que se reservó el juicio, al que declaró que la experiencia le pasó por seguir leyendo

A letter to Elia (2010) y Public Speaking (2010), de Martin Scorsese

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¿Vuelve el viejo Martin o es que está apareciendo otro, por fin?

Observar la lenta deconstrucción de un cineasta no es un ejercicio agradable; en especial si, como espectador, uno ha llegado a sentirse parte de ese viaje artístico que se va fragmentando hasta volverse nada.

Le ocurrió a quienes acompañaron a Fellini en los 70 y 80, mientras iba convirtiéndose en una de sus caricaturas. Pasó con Woody Allen, quien transformó sus películas en verdaderas commodities de las que hoy se sirve para hacer turismo cinematográfico; pero, lejos, una de las pérdidas más sentidas fue la de Martin Scorsese, quien desde mediados de los 90 es en esencia dos personas en combate: el realizador de elefantiásicas y tambaleantes ficciones  versus el agudo memorialista, capaz de fundir la historia del cine con la suya, en perfecta solución de continuidad. Hubo un momento en que esta contradicción fue casi chocante –el estreno de la premiada y vacía The departed contra su magisterial bio de Bob Dylan, No direction home-, aunque el proceso ha dado un apasionado giro en el último año en la medida que estos dos carriles han comenzado a intersectarse. Algo de esa sensación de reencuentro transmitía la descontrolada Shutter island y también su barroco piloto para la serie Boardwalk Empire, pero en el corazón mismo del cambio hay dos modestos documentales: A letter to Elia, el mediometraje que preparó junto al crítico Kent Jones para la serie American Masters (e incluido en una caja dedicada a la obra de Kazan) y Public speaking, su retrato de una pintoresca figura neoyorkina, Fran Lebowitz.

De ambos, el más virtuoso sin duda es el último, no sólo porque consiste en un virtual monólogo donde Lebowitz –una ex columnista de la revista Interview que luego se transformó en charlista y conversadora profesional- diserta, incansable, en torno a lo humano y lo profano sino porque, por primera vez en muchos años, quizás desde los días en que filmaba al actor Joe Pesci en Toro Salvaje y Buenos muchachos, el realizador ha vuelto encontrar en un tercero una suerte de alter ego que refleje su modo de hablar, vivir y transmitir emoción. Scorsese había intentado esta suerte de retrato social hace muchos años, cuando entrevistó a sus padres en Italianamerican (1976) y a su amigo Stephen Prince en la desesperada American boy (1979), pero en esos días la cultura urbana que parecía celebrar con tanta avidez estaba a la mano y a la vista. En Public speaking, Lebowitz y por extensión Scorsese, dejan claro que ese mundo –“su mundo”: el de Taxi Driver, Andy Warhol y la vieja Nueva York- hoy es historia, del tipo que se consulta en artículos y películas; que incluso ellos mismos, verdaderos iconos de esa era, parecen a rememorarla sólo a través de la omnipresente marea audiovisual.

Este conflicto entre lo visto y lo vivido se resuelve de manera magistral, sin embargo, en la bellísima A letter to Elia donde a través de imágenes prestadas que va haciendo suyas, el Scorsese historiador va invocando al adolescente, al profesor de cine y al joven realizador que alguna vez fue para intentar explicar la inmensa influencia que Kazan y películas como Nido de ratas, Al este del paraíso y América América en su trabajo, pero sobre todo en su vida. Y lo hace con una franqueza que, literalmente, lo deja indefenso y desarmado ante el espectador en días en que el hábito de celebrar la cultura del cine se ha vuelto lugar común, relleno de programación y producto envasado para los extras de los DVDs. De modo que lo que en otros casos es un comedido homenaje aquí conmueve hasta lo profundo porque la voluntad de exponerse es absoluta, porque la capacidad de hacer propias las narrativas ajenas es infinita y, simplemente, porque fue realizado como un acto de amor.

A letter to Elia (2010). Dirección de Martin Scorsese y Kent Jones. 60 min.

Public speaking (2010). Dirección de Martin Scorsese. 84 min.

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Ensayos: ¿Fue mejor?

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Empieza el año laboral y el calendario de este mes se enciende con dos festivales de cine. El de Diners Club, en su undécima edición, anticipa estrenos interesantes de la actual temporada. La retrospectiva de cine francés, por su parte, reivindica un puñado de títulos de la época en que esa cinematografía estaba viva. Dos iniciativas valiosas, conectadas en el primer caso a la ansiedad por conocer lo que viene y, en el otro, a la nostalgia por recuperar lo que fue.

La revisión de las películas francesas puede llegar a ser por lo mismo dolorosa. De partida, porque la mayoría de esos títulos habla de una época irrecuperable y crucial. Es fácil a estas alturas echarlo todo en el mismo saco de la depresión: poner la decadencia de los ritos cinéfilos al lado de la desaparición de los cine clubes, unir la caída en la cantidad anual de estrenos a la deserción del  público de las salas de cine, asociar el crepúsculo de lo que antes se conocía como arte cinematográfico europeo al imperio avasallador de una supuesta ramplonería hollywoodense. Este ejercicio gusta a muchos sectores no sólo en Chile, sino también en otras partes. Refiriéndose a la cinefilia de los años 60, el director polaco Krysztof Kieslowski (No amarás, La doble vida de Verónica) declaraba hace poco seguir leyendo

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