LAS PELICULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Los Angeles

Podcast 200: Los Angeles Plays Itself (2003), de Thom Andersen

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Podcast 199: Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy

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Esta cinta nocturna, como lo era Taxi Driver, chapotea en el esperpento de un país en crisis económica y en una bancarrota moral intelectual que hace posible el singular emprendimiento de Lou Bloom. No sabemos si este personaje pasará a la historia al igual que el taxista de DeNiro (probablemente no), pero sí sabemos que fue una gran vitrina para que Jake Gyllenhaal tratara de acercarse al Oscar. Y si bien no le resultó, su trabajo encarnando a un escuálido y maquinal sociópata es uno de los puntos altos del acorralado “cine adulto” (por ponerle un nombre) estadounidense. De eso y más hablamos en el podcast.

Estrenos: Somewhere (2010)

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A primera vista lo nuevo de Sofía Coppola semeja sólo otra historia de “ricos y famosos”. Pero no hay que conformarse con las apariencias…

Cuando a mediados de septiembre pasado -y en su calidad de presidente del jurado del Festival de Venecia- Quentin Tarantino le entregó el León de Oro a Sofia Coppola por Somewhere, los gritos de protesta se escucharon claritos. Que el tipo había secuestrado las opiniones de sus colegas, que había votado poco menos que él solo, que le había regalado el premio a una amiga personal… La duda era razonable: al director de Bastardos sin gloria le encanta promover el cine que el disfruta y entiende, las buenas, las malas, las feas y también la obra de sus cineastas regalones (de hecho, su adorado Monte Hellmann también abandonó el Lido con un premio especial bajo el brazo), pero si hay algo que no se puede cuestionar es su increíble ojo cinemático. Tarantino sabe hacia dónde “mirar” dentro de una pantalla, y el filme de Coppola le debe haber resultado una fiesta.

Lo que puede resultar curioso porque, en rigor, Somewhere es los críticos llaman una película desnuda -en sus imágenes, sus personajes, su trama y hasta en sus diálogos seguir leyendo

Estrenos: Mulholland Dr. (2001)

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Es clásico que frente a una película de David Lynch al espectador no le quede otra que abrazar o resistir a lo que se viene encima; pero incluso previendo eso, está claro que su nueva cinta se nos va de las manos y no sólo por lo “incomprensible”, sino por la acumulación de tanta belleza y puro horror.

De todas las muletillas artísticas quizás la más peligrosa sea el apelar abiertamente a la melancolía; y no porque se trate de algo malo en sí, sino porque pensar “en pasado” o revisitarlo en añoranza a veces se identifica forzosamente con una virtud. Si esto parece evidente en la literatura, en el cine el efecto puede resultar francamente insultivo y redundante, ya que capturar el pasado y darle una determinada forma es uno de sus principios fundamentales.

Insistir sobre el asunto no es más que mirarse el ombligo, como lo hicieron en la década del setenta seguir leyendo

Los ’80: Back to the future Part II (1989); Skin deep (1989)

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Tal vez lo mejor de Volver al futuro II no son observaciones sobre la duplicidad engañosa de toda ficción, y de toda ficción cinematográfica en particular. Hay por ese lado bastante agudeza en la película, pero también mucho cinismo. En este terreno es fácil pasarse de listo. Toda ficción, toda apariencia, claro, es un engaño, pero ¿y qué? ¿Qué le quita o qué le pone de valioso esta falsedad a la obra fílmica? ¿A qué tanto cuento con un hueso que sobre todo en Europa ya ha dado tanta sopa?

Tampoco el rasgo más rescatable son los ocurrentes pero mecánicos juegos temporales del filme, que operan explicablemente a un nivel muy rudimentario. Tanto, que el guión está obligado a suponer que los hijos necesariamente tienen que parecerse a sus padres, tal como dos gotas de agua son iguales entre sí. Sintomático. Está bien convenir en que el individuo pueda ser definido en parte importante como hijo de sus padres –teniendo en cuenta las leyes de herencia y el conocimiento actual sobre las cargas genéticas– pero una cosa son los hijos y otra, distinta, son los clones. Qué duda puede caber: esta cinta se maneja bien en los dominios de la fotocopia y de la reproducción industrial, pero no tan bien en los terrenos más delicados de la filiación.

Con todo, el filme de Robert Zemeckis es curioso. Curioso y, a su manera, personal. Es difícil no ver el temperamento del realizador en la congestión compulsiva y apremiada de acontecimientos que hay en el relato. Este solo rasgo es un sello del carácter del Zemeckis y estaba muy presente en Dos bribones tras la esmeralda perdida, en la primera parte de Volver al futuro y todavía más –con intensidad algo patológica– en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? Podrá uno lamentar que Zemeckis defina la autoría de su trabajo, más que por la intensidad de su inspiración o por la singularidad de su mirada, por una prosa visual atropellada, pero el solo hecho de contagiar con su carácter producciones enormes como las que él dirige ya es un mérito. En el cine más industrializado, el verdadero desafío no es de carácter expresivo: consiste antes que nada en no ser devorado por la estandarización impersonal y –bien o mal– Zemeckis regresa vivo, una vez más, de las entrañas del monstruo.

Que la congestión de la cinta describa mejor un problema de compulsión neurótica que una narrativa especialmente vertiginosa, queda puesto de relieve por los evidentes baches que hay en el ritmo del filme. Son frecuentes los bolsones de momentos flojos e intercambiables, no obstante que los personajes corren de un lado a otro, que la banda sonora casi siempre está saturada, que todos hablan deprisa y a la vez, y que los protagonistas se lo pasan advirtiendo a cada rato la inminencia poco menos que del fin del mundo. Pero nada. Uno casi bosteza, por una razón muy sencilla: la emoción fílmica no es un asunto asociado a la histeria ni mucho menos a la falsa premura. Más bien, es un asunto que concierne al compromiso concreto que las imágenes puedan suscribir con los deseos, ansiedades y puntos de vista de la audiencia.

Zemeckis desde luego no es Hitchcock. La aceleración de Volver al futuro II no es la de Intriga internacional. Sus figuras no son hijos del sobresalto de conciencia sino gente que va y viene de un lado a otro con velocidad de mono animado y sin cuentakilómetros. El ir y venir no los toca ni los desgasta.

El cine de Zemeckis, con todo, tiene su interés, y lo tendría en mayor medida si su puesta en escena fuese capaz de asimilar algo así como media pastilla de Valium antes de irse a dormir. Le haría bien. Le permitiría ver que el cine es sólo en lo menos una disciplina parecida al salto alto, por fácil que sea ir de un espacio a otro o instalarse en cosa de segundos en cualquier eslabón de la cadena temporal. Si es por comparaciones, el cine está más cerca de lo que viene después del salto: conciencia integrada, mirada penetrante, recapitulación lúcida, emoción recuperada.

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Eso lo sabe extraordinariamente bien un cineasta fogueado como Blake Edwards y en El mujeriego se nota. Edwards sí que sabe de ritmo cinematográfico. Sus películas más logradas –desde La fiesta inolvidable hasta Víctor Victoria, desde “10” hasta Así es la vida– son composiciones de estructura casi musical. A Edwards le bastan muy pocos minutos para ir de la nota disonante al caos y del caos al apocalipsis. Y necesita menos tiempo todavía para pasar de la situación bufa, evasiva y demencial, a momentos de intimidad y de fuerte carga emocional. En ambas habilidades es definitivamente un maestro. Por eso hay un equilibrio poco frecuente en sus buenas películas. De alguna manera, en él convergen las tradiciones de la comedia disparatada y de la comedia sofisticada y en El mujeriego hay argumentos concluyentes para demostrar que se siente heredero de una y de otra. Escenas como la del protagonista bajando una escala después de la aplicación de un masaje eléctrico a todas luces excesivo, pasando una noche con una físico culturista o presentándose a una fiesta de gala con ropas de Aladino están entre lo más cómico que se ha visto en pantalla en mucho tiempo. En cambio, los momentos del desenlace o algunos de los diálogos entre el protagonista y su amigo dueño del bar están entre lo más recogido y sensible.

El nuevo largometraje de Edwards es ejemplar por muchos conceptos, pero sobre todo por su capacidad para hablar sobre sentimientos y vacíos muy profundos sin traspasar ni quebrar la superficie nacarada que recubre al american way of life. Sus imágenes son de una finura y levedad envidiable. La película parece la quintaesencia de la frivolidad, pero en verdad no tiene nada de frívola. Por debajo de sus sofisticaciones mundanas fluye una intensa corriente –más que de sentimientos o ideas– de experiencia humana condensada. Edwards es el director de la crisis del macho norteamericano adulto que, después de los 40 y tras haber alcanzado lo que se llama una buena posición, se siente inseguro, aterrado, fracasado, incompleto, vacío o terminal.

Aquí el drama del protagonista es el de un obsesivo don Juan californiano; en “10” era la crisis de los 40 y en Así es la vida, la reclusión en el exitismo egocéntrico. El problema es siempre más o menos parecido y nadie lo ha desarrollado con tanta convicción ni con tanta elegancia, desde luego.

No todas las películas del realizador tienen la misma calidad. Algunas están muy por debajo de otras y fracasan justo allí donde triunfa el mejor Edwards, en el equilibrio imposible entre superficialidad y metafísica, entre el chispazo fugaz y las grandes certezas. Es injusto, por otra parte, exigirle a un cineasta que está como él en los engranajes de la producción incesante que todas sus películas sean excelentes. Habría que darse por satisfecho si entrega dos o tres en su carrera de ese nivel. Edwards ha entregado mucho más que eso y ya es hora de comenzar a pensar dónde debería quedar instalado el monumento que se merece. La cantidad de momentos agradables que ha proporcionado a millones de espectadores y la lucidez de las observaciones críticas que ha deslizado sobre los engaños no de la ficción, que interesan poco, sino de la vida personal y social, convierten ese tema en un asunto de mínima gratitud.

Back to the future Part II. Estados Unidos, 1989. Dirección de Robert Zemeckis. 108 min.

Skin deep. Estados Unidos, 1989. Escrita y dirigida por Blake Edwards. 97 min.

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