LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Los Angeles

Inherent Vice (2014), de Paul Thomas Anderson

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El gran Paul Thomas Anderson adapta al tremendo Thomas Pynchon. Parece un escenario soñado, pero la fidelidad de uno a las locuras del otro convierten a Inherent Vice en un laberinto tan magnético como difícil de atravesar. Vayan avisados.

Hay tipos que se esfuerzan lo indecible por ocultar al máximo sus influencias. A Paul Thomas Anderson eso lo trae sin cuidado. Juega póker abierto, siempre: la huella de Scorsese es más que visible en Boogie Nights, lo mismo la de Robert Altman en Magnolia, Jerry Lewis en Punch-drunk Love y Kubrick, en There Will Be Blood. Pero todos esos son colegas; otros directores, tan obsesionados como él por la pureza y la impureza de la imagen móvil.

Otra cosa es querer que tu película contenga dentro de sí todo un mundo de personajes, anécdotas y términos asociados a un genio de la palabra escrita. Eso sí que es arriesgarse en terreno ajeno y es lo que intenta sin arrepentirse en su nueva película, Inherent Vice.

Estrenada como Vicio propio –el mismo título con que el libro que el libro lleva en español-, el filme es la primera adaptación al cine de una bestia negra, de una eminencia gris de la literatura: Thomas Pynchon (n.1937), eterno candidato al Nobel, misterioso escritor sin rostro que en el último medio siglo ha publicado libros como quien arroja bombazos en el mundo cultural  -V. (1963), Gravity’s Rainbow (1973) y Mason & Dixon (1997) son verdaderos hitos al respecto-, y por eso se entiende la conmoción causada en 2011, cuando recién bajado de la intensa filmación de The Master, Anderson anunció que adaptaría la sexta novela de Pynchon, la que se ambientaba en Los Angeles, durante un soleado invierno de 1970, con comunidades hippies disolviéndose por doquier, especuladores inmobiliarios arrasando barriadas completas y vecinos corriendo cerrojos, aterrados por los ecos de Charles Manson; toda una cultura de “puertas abiertas”, dando la espalda y volviéndose sobre sí misma, y en medio de todo ello, Larry “Doc” Sportello, ex candidato a policía reconvertido en investigador privado, un doper profesional –amante y amigo de la marihuana y toda clase alucinógenos-, alguien capaz de marchar al compás de aquellos tiempos, sin dejarse dominar por la ansiedad de estos; pero también un seguro candidato a víctima, a espectro de la historia, como tantos otros que hoy reconocemos entre los caídos de los 60.

El libro lo atrapa en ese instante de tránsito, habitando una suerte de purgatorio en el que se dan cita buena parte de los fantasmas de una década que todavía se niega a batirse en retirada: surfistas, activistas políticos, bandas pop, supremacistas blancos, motoristas, policías de punta en blanco, beach girls, actores de Hollywood retirados, Panteras Negras y sobretodo el propio Doc, virtual encarnación del clásico arquetipo del antihéroe noir, ideado por Raymond Chandler –y muchos otros- en la California de mediados de los ‘40s, pero que veinte años y muchas mutaciones más tarde, todavía circula cansino por esa ciudad; ese conjunto de pueblos, más bien, interconectado por carreteras, obsesiones y ambiciones.

Inherent Vice es raro el caso de una adaptación cinematográfica que se esfuerza al máximo por replicar los diálogos y hasta la lógica episódica de la novela original.

Pynchon sabe perfectamente de lo que está hablando. Ya había retratado los inicios de ese mundo, captándolo en tiempo real, en la maravillosa y desquiciada The Crying of Lot 49 (1966), uno de los grandes relatos de conspiración del siglo XX. Aún así, llama la atención que puesto en el trance de retratar las cenizas de esa hoguera, haya recurrido a la novela  de detectives, un marco modesto en comparación a sus mastodónticos diseños anteriores. Eso ya se lo preguntaban la mayoría de quienes reseñaron el texto, cuando éste fue publicado en 2009; como si en forma intencionada el “maestro” hubiera dado un paso en falso o forzado a sus exigentes lectores a moderar sus expectativas, a dejarse llevar por lo que a primera hojeada más parecía un divertimento que una obra mayor.

Pero lo que en apariencia luce pequeño en la página no necesariamente lo es en pantalla. En manos de Anderson, Inherent Vice se expande casi sin esfuerzo y se diría que a pesar de sí misma: desde el momento en que Shasta Fey Hepworth (Katherine Waterston), la ex novia de Sportello, llega al departamento de éste, ubicado en la adormecida y ficticia localidad de Gordita Beach, a pedirle que investigue la desaparición de Mickey Wolfmann, tiburón inmobiliario y su actual pareja, no hay vuelta atrás. Es la clásica escena noir. Mujer llega a la oficina del detective con un caso sin resolver. Un rito de pasaje que el cine viene repitiendo desde los días de El halcón maltés (1941), pero que en esta ocasión inevitablemente es salpicado por las californianas y hitchcockianas sombras de Vértigo, porque Shasta emerge como una aparición, como el fantasma de un tiempo ido; o al menos así lo entiende Doc (Joaquin Phoenix), quien –medio soñando, medio alucinando- asume el encargo como un mandato para salir del autoinfligido letargo, intentar sacudirse de encima el pesado lastre de los años 60 y sumergirse en la jungla urbana que habita su némesis, el detective Christian “Bigfoot” Bjornssen (Josh Brolin) quien una y otra vez aprovecha la plasticidad de Sportello, su habilidad y desparpajo para preguntar lo que sea, ubicar a quien fuera, entrar donde quiera. Doc se sabe utilizado en calida de marioneta (Brolin y Phoenix juegan a la perfección este juego de gato y ratón, el cual se invierte varias veces), pero el hechizo de Shasta es lo bastante irresistible para hacerlo descubrir no una sino varias conspiraciones simultáneas –una asociación de dentistas traficantes, clínicas de rehabilitación que vuelven adictos a sus pacientes, el FBI y su compraventa de terrenos, un grupo paramilitar que elimina minorías cual plagas-, como si la condición básica para sobrevivir en la ciudad fuera asociarse con otros, de espalda y contra el resto.

Y durante buena parte del metraje, Anderson y su extenso elenco –complementado por Owen Wilson, Benicio del Toro, Jenna Malone, Reese Witherspoon, Martin Short, Eric Roberts e incluso la ex estrella porno Belladonna- consiguen seguir el intricado ritmo del libro y antes que todo, ponerse a la altura. De hecho, es raro el caso de una adaptación cinematográfica que se esfuerce a tal grado por replicar los diálogos y hasta la lógica episódica de la novela original. Los muertos (1987), el filme póstumo del incombustible John Huston, es un modelo perfecto de esta tendencia; pero Huston estaba adaptando una narración breve de James Joyce. Inherent Vice es un libro de 360 páginas y, aunque la superestructura de la cinta, ya medio camino comienzan a notarse las junturas. No es lo que le falta en comparación con el texto –aunque vaya que se echan de menos los capítulos donde Doc visita una descalabrada y pynchoniana Las Vegas-, sino que la presión de ser fiel a toda costa acaba por cobrar un precio, y a ratos es bastante alto: salvo por el gran desvío de confiar la narración en off del filme a Sortilège (Joanna Newsom), una suerte de vidente local que en el libro aparece mencionada siempre en pasado, y que en la cinta acompaña “en espíritu” a Doc, como hada madrina, pero también como reflejo de su conciencia alterada (el efecto es fascinante, sobrecogedor), formalistas de gran calibre como Anderson y Robert Elswit, su director de fotografía, se notan constreñidos por la necesidad de dirigir su muy dialogada película “a la antigua”, usando planos y contraplanos para registrar el río de palabras que van y vienen, y que no consiguen contener. Robert Altman –figura consular en el panteón de nuestro director- había resuelto un problema similar con mucha más libertad en su propio filme de detectives, El largo adiós (1973). Allí, la cámara de Vilmos Zsigmond seguía los pasos de Philip Marlowe en largos planos y master shots, dejando respirar las palabras y, sobre todo, liberando a su antihéroe de sentirse atrapado por éstas. El asunto llama la atención, tomando en cuenta que en sus dos filmes anteriores –There Will Be Blood y The Master- el realizador había hecho un uso absolutamente brillante de la elipsis, del elegir qué no contar, qué extraer y erradicar de tu historia para que se vuelva una experiencia única. ¿Qué lo llevó a optar por la solución opuesta? ¿La voluntad de ser reverente con quien admiras? ¿O fue una decisión y un riesgo conscientes?

Para estos efectos, la verdad es que da un poco lo mismo. A Inherent Vice, la película, le sucede un poco lo que al libro con su fragmentaria y recursiva estructura: quien logre atravesar la zona árida va a encontrarse con un paraje extraño, con la versión distorsionada y descuadrada de algo que consumió muchas veces antes, pero que –tal como Shasta Fey Hepworth en la vida de Doc Sportello- regresa de manera intempestiva, y te obliga a empaparte en ella, otra vez; asumiendo el placer que provoca, pero también su incomodidad.

Podcast 200: Los Angeles Plays Itself (2003), de Thom Andersen

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Una película sobre películas. O más bien una película sobre la imagen que las películas proyectan de una ciudad. La ciudad más fotografiada del mundo es a la vez la menos fotogénica, dice su autor, lo que es el resultado de procesos político-económicos como la desindustrialización de Los Angeles, y también de rol de comodín como escenario de cualquier cosa, un ciudad que borra su rostro para convertirse en cualquier otra cosa. Los mitos urbanos, la relación con la arquitectura moderna, la vida de las minorías, la degradación de los espacios y servicios públicos, son algunos de los temas que mencionamos y desarrollamos en el podcast.

Podcast 199: Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy

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Esta cinta nocturna, como lo era Taxi Driver, chapotea en el esperpento de un país en crisis económica y en una bancarrota moral intelectual que hace posible el singular emprendimiento de Lou Bloom. No sabemos si este personaje pasará a la historia al igual que el taxista de DeNiro (probablemente no), pero sí sabemos que fue una gran vitrina para que Jake Gyllenhaal tratara de acercarse al Oscar. Y si bien no le resultó, su trabajo encarnando a un escuálido y maquinal sociópata es uno de los puntos altos del acorralado “cine adulto” (por ponerle un nombre) estadounidense. De eso y más hablamos en el podcast.

Estrenos: Somewhere (2010)

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A primera vista lo nuevo de Sofía Coppola semeja sólo otra historia de “ricos y famosos”. Pero no hay que conformarse con las apariencias…

Cuando a mediados de septiembre pasado -y en su calidad de presidente del jurado del Festival de Venecia- Quentin Tarantino le entregó el León de Oro a Sofia Coppola por Somewhere, los gritos de protesta se escucharon claritos. Que el tipo había secuestrado las opiniones de sus colegas, que había votado poco menos que él solo, que le había regalado el premio a una amiga personal… La duda era razonable: al director de Bastardos sin gloria le encanta promover el cine que el disfruta y entiende, las buenas, las malas, las feas y también la obra de sus cineastas regalones (de hecho, su adorado Monte Hellmann también abandonó el Lido con un premio especial bajo el brazo), pero si hay algo que no se puede cuestionar es su increíble ojo cinemático. Tarantino sabe hacia dónde “mirar” dentro de una pantalla, y el filme de Coppola le debe haber resultado una fiesta.

Lo que puede resultar curioso porque, en rigor, Somewhere es los críticos llaman una película desnuda -en sus imágenes, sus personajes, su trama y hasta en sus diálogos seguir leyendo

Estrenos: Mulholland Dr. (2001)

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Es clásico que frente a una película de David Lynch al espectador no le quede otra que abrazar o resistir a lo que se viene encima; pero incluso previendo eso, está claro que su nueva cinta se nos va de las manos y no sólo por lo “incomprensible”, sino por la acumulación de tanta belleza y puro horror.

De todas las muletillas artísticas quizás la más peligrosa sea el apelar abiertamente a la melancolía; y no porque se trate de algo malo en sí, sino porque pensar “en pasado” o revisitarlo en añoranza a veces se identifica forzosamente con una virtud. Si esto parece evidente en la literatura, en el cine el efecto puede resultar francamente insultivo y redundante, ya que capturar el pasado y darle una determinada forma es uno de sus principios fundamentales.

Insistir sobre el asunto no es más que mirarse el ombligo, como lo hicieron en la década del setenta seguir leyendo

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