LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Nueva York

Woody Cumple 80 (y no se rinde…)

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Woody

En la recta final hacia sus ochenta años, el director de Interiores, Zelig, Celebrity y tantas otras, no se da tregua. Allen trabaja al mismo ritmo que hace más de medio siglo y, aunque sus películas de hoy palidecen frente a las antiguas, nos hemos acostumbrado a verlas año tras año. Como si fuera a ocurrir para siempre.

 

“¿Tiene algo de bueno vivir para siempre? A veces, en las noticias, veo reportajes sobre cierta gente muy alta, que vive hasta los 140 años en villas cubiertas de nieve. Por supuesto, lo único que comen es yogurt, y cuando finalmente mueren no los embalsaman. Los pasteurizan”.

Woody Allen

Si todo sale de acuerdo al plan, el próximo 1 de diciembre Woody Allen debería festejar su cumpleaños en la sala de montaje, editando su película número 47 (“si me sale bien, le pondré un título ambicioso, tipo “Poetas de Nueva York”; si sale mal, algo genérico como “Llueve en la ciudad”). Una pausa para almorzar; luego, de vuelta a editar, cena con la familia y, al final del día, dormirse angustiado por la serie de TV que se comprometió a entregar para Amazon en 2016 (“fue un error tremendo”). Nada es perfecto.

Mientras el resto del mundo toma nota de sus ochenta años -tal como hicimos con motivo de sus 70, cuando estrenó Match Point y descartó la jubilación-, él hará oídos sordos y continuará como siempre. Trabajando. Sin preocuparse de lo que quedó en el pasado o de lo que viene por delante. Lo ha hecho con tal intensidad y durante tanto tiempo -más de seis décadas- que esa actitud resiliente bien puede haberse convertido en el rasgo definitorio de su personalidad. Atrás, muy atrás quedan el guionista de radio y TV, el comediante de stand up, el clarinetista amateur, el humorista intelectual, el director revelación y el hombre del escándalo. Esas y otras encarnaciones todavía reaparecen de cuando en vez, sobre todo si alguien necesita echar mano de ellas para hacer memoria del viejo siglo XX, pero palidecen ante la figura del dinámico anciano que persiste en realizar una película al año, contra viento y marea, sin preocuparse mucho ya de cómo le salen y de por qué existen.

Porque claro, ya no es un secreto: este Woody no es el de antes. No es el tipo listo que, a punta de porfía y codazos, logró pasar de bufón a la silla del director (Take the Money and Run, 1969); ni tampoco el que se atrevió a convertirse en antihéroe romántico (Annie Hall, 1977), a filmar sufridos melodramas (La otra mujer, 1988) o comentar en pantalla su atormentada vida personal (Maridos y esposas, 1991). Sería fácil decir que -en lugar de sus yo anteriores- el Allen actual es un artista en paz, encontrado consigo mismo y satisfecho con su legado. Olvídenlo. A juzgar por las entrevistas ofrecidas con motivo de su último filme, Irrational Man (que aún no asoma por estos lados), su entrada en la novena década lo muestra tan vacilante y desengañado como siempre: aún se considera un cineasta de segunda o tercera división; alguien con buenas ideas, pero incapaz de traducirlas como le gustaría; siempre decepcionado, dejando atrás la oportunidad de redimirse, postergándola para la siguiente ocasión frente al arco. Según él, somos nosotros los que nos auto engañamos con Woody, y caemos deslumbrados con sus tretas. Si de él dependiera, Allan S. Konigsberg se sacaría a sí mismo de la historia del cine.

UN ESTILO TARDÍO

Por supuesto que exagera. Quien haya visto Manhattan (1979), Crímenes y pecados (1989) o incluso la desbordada Deconstructing Harry (1998), sabrá que se encuentra en presencia de un talento mayor. Alguien que, aparte de saber dónde poner la cámara, qué filmar y dónde cortar, fue capaz de enseñarse a sí mismo suficiente de dramaturgia y naturaleza humana como para avizorar momentos indelebles. No importa cuánto le haya robado a Bergman, a Fellini, a Groucho Marx o a Milton Berle -porque, que conste, fue bastante- Allen logró recontextualizar el universo de cada uno, combinarlos y volcarlos sobre un escenario en el que se sentía cómodo: una Nueva York captada al nivel del suelo, tan frenética como eterna e interminable, pero que a fin de cuentas resultaba tan fantasía como la imaginada por los musicales de Fred Astaire. Uno puede repetir la misma ruta de Mickey Sachs, su personaje en Hannah y sus hermanas (1986), y darse vueltas por el Upper West Side, caminar por el Central Park en pleno otoño, perderse en los edificios del Midtown y al final entender que la ciudad celebrada en la película sólo está contenida ahí, en esas imágenes. Como en una bella bola de cristal.

Tal vez es por esa misma razón que el propio Allen ha evitado, conspicuamente, volver a filmarla como en esos días y en su lugar haya optado por irse de tour a Europa durante casi diez años -desde Match Point (2005) hasta Magic in the Moonlight (2014)-, con resultados notoriamente dispares. La mayoría coincide en que algo sustancial se perdió en el camino (si es que ya no se había perdido antes), como si el tipo que emergió de este “paseo” estuviera deliberadamente fuera de compás, reciclando argumentos, caras y situaciones; más dependiente que nunca de la capacidad de los actores para darle vida a sus diálogos. A gusto sobre un escenario que se siente prefabricado y que no contiene un gramo de verdad.

Y puede que ahí esté la trampa. El que haya estado persiguiendo algo de realidad en el último Woody, mejor que se rinda ahora. No es casualidad que el carnaval fellinesco haya infectado al joven Allen hasta el tuétano, a principios de los años 60, cuando junto a Mel Brooks y Carl Reiner todavía escribían chistes para su ídolo, Sid Caesar. Nunca logró sacudirse de ese impacto inicial y se pasó buena parte de la vida tratando de recapturarlo, llegando prácticamente a rehacer la magistral Amarcord (1973) de Federico en las secuencias de su autobiográfica Días de radio (1987). Hoy, eso ya no parece necesario. Escribiendo en el New Yorker a propósito de Irrational Man, el crítico Richard Brody propone una idea muy bella. El Allen de estos años postreros es una suerte de artista del bosquejo: “a medida que su escritura se ha vuelto cada vez más esquemática, saltando sin demora al corazón de la trama, su dirección se ha vuelto clara, casi diáfana; como si el pesado trazo del óleo de pronto se volviese traslúcido. El disfrute de percibir el mundo que te rodea combinado con el infierno de la autopercepción”.

PICANDO PIEDRAS

La ironía es que este ligero y desenvuelto “estilo tardío” le llega cargado de contradicciones. De tener que vender sus películas viajeras como quien promociona unas vacaciones all inclusive, de ver morir a sus legendarios managers: Jack Rollins falleció en junio pasado, con 100 años cumplidos. Charles Joffe ya había partido, en 2008; de salir a defenderse en el New York Times de las acusaciones de Mia Farrow -su mejor colaboradora, su peor enemiga-, atreverse a firmar con Amazon un contrato para producir una miniserie de seis capítulos (él, que dejó de ver tele en los años 70); renunciar a filmar en 35mm y pasarse al digital en su próximo filme. Con todo a su alrededor transformándose y volviéndose irreconocible, no extraña que -como nunca- su torrente de películas se sienta más y más al margen del tiempo, tal como esas encopetadas comedias que la Paramount produjo en los ’30s, en plena Depresión, y que él mismo festinó y homenajeó en La rosa púrpura del Cairo (1984).

¿Irán a convertirse, como aquellas, en arcanos artefactos de época? Es probable que, de cierta forma, ya lo sean. No hay que poner las manos al fuego porque Woody y sus filmes se integren a ese selecto grupo de cosas que, según él, hacen la vida tolerable -Groucho Marx, el segundo movimiento de la sinfonía “Júpiter”, “Potatohead’s Blues” de Louis Armstrong, las manzanas y peras pintadas por Cézanne, las películas suecas, “La educación sentimental” de Flaubert-; no hay que olvidar que por cada Broadway Danny Rose (1983) y Blue Jasmine (2013), hay que tolerarle algo como A Roma con amor (2012).

Dicho en sus palabras: “Siempre aspiré a ser un artista, pero nunca sentí que tuviera la suficiente profundidad o sustancia”. Y claro, de su generación, fue Philip Roth quien escribió las grandes novelas; Susan Sontag brilló en el ensayo y Stephen Sondheim compuso los musicales definitivos. Comparado con esos titanes, Allen debe sentirse como el picapedrero que sueña con emerger un día como escultor; pero mientras los otros mueren, se agotan o se retiran, él sigue frente a su piedra. Golpe tras golpe tras golpe.

Podcast 226: La juventud de Chantal Akerman (1968-1979)

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Desde fines de los 60 y durante toda la década de los 70, la realizadora belga Chantal Akerman expandió el universo de lo filmable a través de diversos experimentos audiovisuales. La sórdida geometría de un hotel mudo y celador de sus pasajeros; la mirada asombrada de Nueva York que no sabemos si es un recuerdo o la imaginación de una madre ausente; la historia de infancia, adolescencia y juventud de una hablante que es la propia realizadora… y al centro de todo ello está el vórtice llamado Jean Dielman, y sus reflexiones sobre el tiempo, el espacio, el montaje, la sujeción de las mujeres, la sexualidad y la vida urbana, entre otros tópicos. De eso y más hablamos en el podcast.

Podcast 213: West Side Story (1961)

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Hoy hablaremos de una película bastante anómala. Arrasó con los Óscar pese a casi no contar con estrellas en el elenco; es un bicho creado por un coreógrafo, un músico, un letrista, un libretista, donde el director de cine del lote (Robert Wise) se dedicó a contener a todos los demás; es una historia de conflicto racial en la que no hay negros; es un Romeo y Julieta sin adultos, que avanza más en los números musicales que en los diálogos. De estas rarezas y más hablamos en el podcast.

Podcast 181: David Holzman’s Diary (1967), de Jim McBride

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Esta película no es muy conocida a nivel mainstream pero es un verdadero monumento a la energía que lo sacudió todo en los 60 para que todo quedara más o menos igual. Incluso este documental falso –uno de los primeros de la historia– fue precursor al retratar al tipo humano que le dio la espalda a lo público y se dedicó a deambular y enloquecer en soledad en el enorme territorio estadounidense. Pero a la vez es una versión del Peeping Tom de Michael Powell y de la Crónica de un verano de Rouch y Morin. Es también un insano despliegue de autoconciencia de un individuo y su tecnología, como también una declaración sobre la imposible neutralidad de esa tecnología. De eso y más hablamos en el podcast.

Podcast 166: Synecdoche, New York (2008), de Charlie Kaufman

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Se murió Philip Seymour Hoffman. Flor de cagada. Tenía 46 años, y su muerte en estos momentos es como si DeNiro se hubiera muerto a esa edad. La pérdida es incalculable porque este sujeto solía hacer películas importantes, ¿cuántas quedaron en el tintero? Mejor ni pensar en eso. Mejor recordar y agradecer lo que nos dejó, y dentro de ese legado generoso nos vamos con esta cinta de Charlie Kaufman, llena de ambición y desmesura. En la cara de Hoffman, esa desmesura desgarra, hunde, cierra puertas y abre otras a lugares todavía peores. Un muestra pequeña de la vida en general.

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