LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Premios Oscar

Podcast 201: American Sniper (2014), de Clint Eastwood

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Comercializada erróneamente por la Warner como un filme bélico menor, esta película se metió de lleno en la pelea por el Oscar gracias a un éxito tan arrollador como inesperado. Vista por algunos como la hagiografía reaccionaria de un reaccionario recalcitrante, vista por otros como la evidencia del daño que el modelo estadounidense inflige hasta en sus más convencidos defensores, la cinta se la juega a la vez por la velocidad y la omisión. De esto y más hablamos en el podcast.

Podcast 199: Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy

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Esta cinta nocturna, como lo era Taxi Driver, chapotea en el esperpento de un país en crisis económica y en una bancarrota moral intelectual que hace posible el singular emprendimiento de Lou Bloom. No sabemos si este personaje pasará a la historia al igual que el taxista de DeNiro (probablemente no), pero sí sabemos que fue una gran vitrina para que Jake Gyllenhaal tratara de acercarse al Oscar. Y si bien no le resultó, su trabajo encarnando a un escuálido y maquinal sociópata es uno de los puntos altos del acorralado “cine adulto” (por ponerle un nombre) estadounidense. De eso y más hablamos en el podcast.

Matar a un hombre (2014), de Alejandro Fernández Almendras

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matar a un hombre

Vaya qué retrato de nuestra sociedad presenta Matar a un hombre, nuestra actual candidata al Oscar a Película Extranjera. Quienes la interpreten como un comentario sobre estos “días de inseguridad” se quedan cortos. Este es un filme sobre cómo se vive desmoronado en un país desmoronado.

Para qué ocultarlo: las historias desgarradas son interesantes. Atraen incansablemente, tanto al público como a los cineastas, y quienes saben contarlas –en realidad, quienes saben cómo llenar una sala o cómo aumentar el rating con ellas- deberían tener (en teoría) futuro garantizado en la industria audiovisual.

Si sólo fuera tan fácil.

Este es un “deporte” de alta exigencia. Para reconocer y cultivar las semillas del drama, no basta con simple instinto y sentido de la oportunidad. Hay que tener algo extra: coraje, experiencia vital, reservas emocionales; ser lo bastante ladino, incluso, para que no sea el extremismo del propio relato el que tome las riendas y permita que el germen de verdad allí contenido se vaya al diablo.

Pasa hasta en las mejores familias: maestros certificados como los belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne construyeron una reputación impecable gracias a filmes durísimos y exigentes como Rosetta (1999), El hijo (2001) y El niño (2005), pero bastó que aligerasen un poco el tono con El silencio de Lorna (2008), para que su hasta entonces infalible método apareciese predecible y deslavado. Al intentar reducir la tremenda intensidad de su cine, habían dejado las costuras a la vista: de pronto su austera propuesta se sentía falsa, artificial.

¿Qué había pasado? ¿Nos habían acostumbrado a su tremendismo?

La pregunta es pertinente ahora que estamos ad portas de uno de los filmes más duros y feroces del cine nacional reciente: Matar a un hombre, la actual candidata chilena al Oscar y Goya a mejor película extranjera.

El título mismo delata lo que aquí está en juego: la pesadilla de Jorge, un trabajador acosado y cogoteado sin pausa por el “Kalule”, unmatón de su población que va a parar a la cárcel tras balear a su hijo, cuando éste intenta defender la dignidad del agredido.

El chico queda grave, el criminal preso y el dueño de casa totalmente emasculado, despojado de su “hombría”, ante su mujer y su familia. ¿Caso cerrado? No, señor. Apenas “Kalule” cumple su sentencia, vuelve al barrio y a vengarse. Jorge, hace rato separado su gente y viviendo con mínimos recursos, no tiene opción: tiene que detener ese abuso, a como dé lugar.

No es la posibilidad, ni la inminencia del crimen. Es su irrelevancia dentro de un territorio arrasado. Yermo. Muerto.

Planteado de la forma más cruda, el dilema de este tipo no es muy distinto al de mucho protagonista de western clásico: el pacífico dueño de rancho o el sheriff solitario (que viene a representar el orden, la continuidad de las cosas) enfrentado contra la encarnación misma del caos, sea éste los indios, los pistoleros o –como en este caso- un gran malhechor. “Si no lo elimino antes, me eliminará a mí primero”, parece ser la consigna; pero el asunto no es tan sencillo: el filme es lo bastante enfático como para indicar que, al revés que los habituales jovencitos del oeste, Jorge no está yendo al salvataje de nada. El balazo que casi mató a su hijo ya mandó todo al diablo: familia, casa, tranquilidad, autorrespeto. Lo que haga a continuación tal vez será guiado por un arraigado instinto de conservación, pero también una medida desesperada que sale de la nada para desembocar en la nada. No hay caso: espontánea o premeditada, compulsiva o cerebral, la revancha contra su “enemigo”, no viene a restaurar nada. No impone conciliaciones familiares ni finales felices. No se puede, menos cuando lo único que queda a su alrededor son espejismos y fantasmas.

Ahí es donde radica lo realmente feroz del relato, y lo que le separa de la película de venganza tradicional y la eventual prefabricación. No es la posibilidad, ni la inminencia del crimen. Es su irrelevancia dentro de un territorio arrasado. Yermo. Muerto.

La constatación hiela la sangre si uno piensa en las anteriores películas de su director, Alejandro Fernández Almendras, quien en Huacho (2009) había centrado su mirada precisamente en la inagotable dinámica y energía de una familia sureña no muy distinta a ésta, y que luego, con Sentados frente al fuego (2012) dio testimonio de un amor de pareja que parecía tener en contra no sólo el destino sino también a la naturaleza y sus elementos. Ubicada a su lado, Matar a un hombre parece no solamente la lógica progresión de un abismo apenas avizorado en las otras dos cintas, sino una fábula abiertamente infernal: no es casualidad que todos los personajes principales –“buenos” y “malos”- vivan apretujados en los mismos grises bloques de departamentos, encajonados en estrechos pasajes y sitios eriazos siempre a media luz, que ni por si acaso evocan la idea de población y comunidad sino de un virtual tiradero humano.

El problema es que lo que debería ser su perfecto antónimo -los hermosos paisajes de la zona- tampoco salen muy bien parados: el atormentado Jorge no llega hasta el lugar donde bosques y mar se juntan en busca de refugio. Llega ahí por necesidad y trabajo: vive en una pieza de la casa inacabada que está cuidando y arreglando para otros, y no parece prestar mucha atención a la salvaje y arrobadora belleza que le rodea. Ese increíble marco natural sólo lo devuelve aún más empequeñecido, frágil y desarraigado.

Despojado y zamarreado, su único oasis aparente en el filme es harto más pedestre y realista: el sillón en el living de su casa, con la televisión prendida en esos canales de cable que pasan una serie policial tras otra. Programas de ficción, que lo sacan de este policial real que no se acaba. Que lo alejan de su miseria, de la inseguridad, de los problemas la pega, de las estrecheces de fin de mes, de su señora, de sus hijos, de todo. Pero ni siquiera eso tiene ya. Ni eso.

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¿Y EL OSCAR?

No hay dudas de que, por calidad, Matar a un hombre debería pasar la primera selección de cintas extranjeras, de cara al Oscar 2015. Pero hay dos problemas. De partida, la película es representada en Estados Unidos por Film Movement, una etiqueta muy activa, pero centrada sobre todo en la distribución de filmes en DVD y streaming en VOD, y que tal vez no tenga las espaldas necesarias para impulsar una candidatura de este tipo (como sí hicieron Sony Pictures Classics y Participant Media con NO, en 2012). Por otro lado, este es unaño particularmente fuerte en aspirantes: por Turquía compite la actual ganadora del Festival de Cannes, Winter Sleep, de Nuri Bilge Ceylan. Por Canadá, otra favorita de Cannes: Mommy, de Xavier Dolan. El gran Abderrahmane Sissako representa a Mauritania con Timbuctú, y los hermanos Dardenne regresan, recuperados, con Dos días, Una noche. Argentina va con uno grandes éxitos del circuito festivalero y de taquilla en 2014: Relatos salvajes, de Damián Szifrón; Rusia sorprendió a todos apoyando Leviathan, la cinta anti Putin de Andri Zvyagintzev y, aparte de todo eso, no hay que olvidar a una cinta que varios ya consideran como favorita, no sólo para una nominación, sino derechamente para ganar la estatuilla: Ida, del polaco Pawel Pawlikowski. Esta se viene con todo, dicen.

Podcast 188: Relatos salvajes (2014), de Damián Szifrón

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Esta es una película comercial, hecha para comunicarse con su público y que probablemente sorprendió a sus realizadores porque se ha comunicado con otros públicos de otras partes del mundo. ¿Cómo lo logró? Con calidad técnica y de guión, y también con cierta apelación a lo animal y a lo primario, como primarias son las carcajadas que esta cinta despierta. Un bestiario como Los monstruos, de Risi, pero en clave yiddish dentro de una Argentina que se acostumbra a y asume las consecuencias cotidianas de ser un Estado cuasi fallido. De esto y más hablamos en este podcast.

Apuntes de Oscar #7: Mejor Actriz

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¿Hay alguna duda sobre el seguro triunfo de Cate Blanchett como Mejor Actriz, por Blue Jasmine? Claro que la hay. Y su problema tiene nombre: Woody Allen.

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1.Mucho de lo que se dice acerca del Oscar a Mejor Actor (colocar link al artículo previo), vale para la Mejor Actriz –el rol, más que un papel, es un disfraz; los personajes de comedia lo tienen muy difícil; las películas basadas en hechos reales llevan ventaja; sin embargo, pero hay algunas diferencias clave:

2.El club de las actrices oscarizables es mucho más pequeño que el de los hombres, y por eso hay algunos nombres que se repiten año tras año: Judi Dench, Kate Winslet, Nicole Kidman, Emma Thompson, Cate Blanchett, Emily Watson y por supuesto, Meryl Streep, con 18 nominaciones y -hasta ahora- tres triunfos.

3.Una vez que entras a la cofradía, lo más probable es que vuelvas a ser candidata no una, sino varias veces (como le ocurrió a Winslet y ahora último a Michelle Williams); pero la vida útil de una actriz en Hollywood es mucho más breve que la de los actores, de modo que a medida que estas se acercan a la cuarentena y más allá, los papeles dignos de Oscar –y también los otros- comienzan a escasear. De modo que las pocas actrices establecidas seguir leyendo

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