LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Premios Oscar

Los muchos caminos de Spike

en por
Spike Lee

A sus 59 años, Spike Lee ha cumplido muchos de sus sueños, cometido toda clase de errores y peleado más de la cuenta con la industria. Se podría decir, con razón, que tiene derecho a relajarse un poco, pero este tipo no tiene ganas de parar. Esto recién está empezando, dice.  

Cuando la propuso, había parecido una excelente idea; pero, a mitad de camino, Spike Lee comenzó a preguntarse si acaso su afinado instinto para la polémica le había fallado esta vez.

Estaba en Chicago, a mediados de 2015 y en pleno rodaje de su nueva película, con la alcaldía de la ciudad respirando en sus espaldas, el Chicago Tribune escribiendo editoriales en su contra y mientras era troleado por cientos en las redes sociales. Y todo por haberle puesto al filme Chi-Raq.

Tendría que haberlo calculado desde el principio. En tiempos de extrema corrección política, como los que corren, ocupar la palabra que las propias bandas delictuales usan para referirse a los peores barrios del sur de la ciudad equivalía a apagar un incendio con bencina. Pero, ¿qué le iba a hacer? A su parecer, equiparar Chicago con Irak hacía sentido: los 7356 muertos en las guerras de pandillas locales, desde 2001 a la fecha, superan al número de soldados estadounidenses muertos en combate durante las guerras de Afganistán e Irak. Además, si alguien tenía que plasmar esa carnicería, esa virtual campaña de exterminio entre afroamericanos, tenía que ser Spike Lee, ¿no?

Bueno, no necesariamente.

Aunque medio mundo aún lo identifica con las tensiones raciales y urbanas de Haz lo correcto -su obra maestra de 1989-, una mirada más detenida al conjunto de sus filmes demuestra que Lee nunca fue un realizador expresamente violento. Aunque la figura del delincuente no es para nada ajena a su mundo, Lee jamás explotó la moda “gangsta”, ni las armas ni las películas de pandillas como otros sí lo hicieron. En su momento, se peleó a muerte con su amigo Quentin Tarantino por lo que él consideraba un uso abusivo de palabras y estereotipos asociados con los negros y acabó por desplegar un verdadero abanico de películas en torno a la experiencia y la cultura afroamericana, desde el jazz (Mo’Better Blues), vidas ilustres (Malcolm X), la autobiografía (Crooklyn), los derechos civiles (Get on the Bus), el stand-up (The Original Kings of Comedy) y el controversial “blackface” (Bamboozled) hasta grandes frescos documentales, como When the Levees Broke, acerca de las consecuencias del huracán Katrina en la vida de Nueva Orléans. Un legado inmenso levantado en poco más de tres décadas, pero al mismo tiempo construido de cara a una audiencia que progresivamente se fue volviendo cada vez más pequeña y de nicho. El propio realizador demostró tenerlo claro en 2002, cuando emergió con su magistral La hora 25, un trabajo en torno a Nueva York y la tragedia del 11 de septiembre, pero antes que todo una cinta protagonizada por blancos -Edward Norton y Philip Seymour Hoffman-, como si conscientemente estuviera en busca de una audiencia más grande antes de perder el impulso. Casi lo logró al reunirse con Denzel Washington en su primer filme “hollywoodense”, el thriller Inside Man (2006), pero todo se derrumbó un par de años más tarde al pecar de ambicioso y rodar Miracle at St Anna, un filme sobre una compañía de soldados negros en la Segunda Guerra Mundial. Iba a ser su “Soldado Ryan”, pero no alcanzó a recuperar ni 10 millones de dólares de los 45 invertidos. La clase de fracaso que puede marginarte de la industria. O que, por lo menos, te convence de enmendar camino.

Nunca se sabe con Lee. Pasó cuatro años dedicado a los documentales y luego explotó en muchas direcciones a la vez: anunció que en Red Hook Summer (2012) retornaría a Mookie, el repartidor de pizza que encarnó en Haz lo correcto, pero al final su rol era apenas periférico dentro de una durísima trama centrada en un predicador que revela su pasado como abusador sexual a sus feligreses. Luego, volvió a jugarse la carta de Hollywood en el remake del clásico coreano Old boy (2013). Nuevo fracaso. Al mismo tiempo que se asomaba como sorprendente biógrafo de Michael Jackson (ver recuadro), filmó los especiales de los comediantes Jerrod Carmichael y Katt Williams, produjo un par de películas de nuevos directores y anunció que financiaría su nuevo proyecto vía crowfunding. En el último par de años se ha vuelto difícil seguirle el ritmo, saber qué es lo que le importa en medio de toda esa actividad frenética. O si lo que realmente le asusta es parar.

Y entonces, en medio de todo eso, llegó su Oscar.

Oscar Spike

ENTRE TYSON Y LOS GRIEGOS

“Me voy a tomar algo de tiempo acá arriba, como suelen decir en la Iglesia, ¿OK?”. Así, con esa advertencia, partió Spike su discurso el 15 de noviembre pasado, durante la cena de los Governors Awards, en donde la Academia entrega sus Oscar honorarios. En el pasado, lo habían nominado dos veces -en 1990, por Haz lo correcto, y en el 98, por el documental 4 Little Girls-, pero Lee era el primero en reconocer que su personalidad no calzaba ni con la organización ni con sus estatuillas. Lo reflejó en un discurso plagado de recuerdos y agradecimientos, pero también con un cierre que dejó a varios en shock: “Estoy seguro que todos acá votaron por Obama, ¿cierto? Pero cada vez que entro en las oficinas de ustedes no veo negros por ningún lado, salvo por el guardia de seguridad que chequea mi nombre en la lista, a la entrada del estudio. Así que nos podemos llenar la boca de buenas intenciones, pero urge tener una conversación muy seria en torno a la diversidad en esta industria. Hoy, es más fácil que un negro sea presidente de los Estados Unidos a que éste a la cabeza de un estudio o de un canal”.

No podría haber elegido mejor timing. A los dos meses, la propia Academia estaba con el agua al cuello por acusaciones de racismo y discriminación, una vez que se anunciaron las nominaciones al Oscar y nuevamente no hubo afroamericanos mencionados en las candidaturas. Medio mundo corrió a sacarle declaraciones a Lee, pero éste no picó: dijo que no estaba llamando a boicotear la ceremonia, pero que -pese a su Oscar honorario y todo- esa noche el tenía una cita más importante en el Madison Square Garden, para ver a los New York Knicks. Llegó al partido con impecable tuxedo negro.

¿Por qué no quiso incendiar Troya? Tal vez porque era un blanco demasiado fácil. O porque los sinsabores pasados con Chi-Raq le habían mostrado la otra cara de la moneda. Y quizás hay otra explicación, una más simple: el tipo ama las películas, ama la idea de espectáculo y celebración, del cine como correlato de nuestras mejores cualidades, pero sobre todo de nuestras limitaciones. Ese es, de hecho, el tema central del proyecto más bello y arriesgado que el cineasta ha intentado en esta década, Mike Tyson: Undisputed Truth. Emitido como un especial de HBO, en 2013, es el registro filmado del show unipersonal que el ex campeón de box presentó a teatro lleno durante una breve temporada en Broadway. La versión dramatizada de su autobiografía, cargada de triunfos y feas caídas, confesiones, equívocos, sueños, arrepentimientos varios y acciones de gracias. Viendo a Tyson moverse por el escenario, recreando sus momentos estelares y varios para el olvido es inevitable recordar las escenas finales de Toro Salvaje, con Robert de Niro encarnando a un desgastado Jake La Motta en su fase de comediante de cabaret. Pero ahí se acaban las comparaciones: aunque ayudado por las ingeniosas visuales creadas por Lee, el tatuado Mike no tiene ni la mitad de la elocuencia del legendario actor, pero sí el kilometraje vital necesario para revivir sin falsos pudores momentos atrozmente íntimos (como la muerte de su hija de cuatro años), construyendo arriba de la tarima el retrato al completo de un hombre acostumbrado -y también devastado- por haber pasado toda una vida bajo los focos. El efecto es apabullante: Tyson no será un ídolo intocable, pero tampoco es un despojo; su humanidad se vuelve dolorosa, épica y cómicamente palpable, en la medida que se refleja sin esfuerzo contra la nuestra.

Comparados con ese personaje titánico, es lógico que los personajes de Chi-Raq terminen opacados. Sobre todo porque, al contrario de lo que muchos creyeron, el director nunca pensó en el asunto como una historia de pandillas. Grande fue la sorpresa cuando anunció que su película en realidad era una versión moderna de Lisístrata, de Aristófanes, una comedia donde las mujeres de Atenas deciden parar la guerra negándose a tener sexo con sus parejas. O, dicho al modo de Spike Lee, “no peace, no pussy”. Siguiendo los pasos de la obra, la Lisístrata del filme (la actriz Teyonah Parris, mejor conocida como D