LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Premios Oscar

Los muchos caminos de Spike

en por
Spike Lee

A sus 59 años, Spike Lee ha cumplido muchos de sus sueños, cometido toda clase de errores y peleado más de la cuenta con la industria. Se podría decir, con razón, que tiene derecho a relajarse un poco, pero este tipo no tiene ganas de parar. Esto recién está empezando, dice.  

Cuando la propuso, había parecido una excelente idea; pero, a mitad de camino, Spike Lee comenzó a preguntarse si acaso su afinado instinto para la polémica le había fallado esta vez.

Estaba en Chicago, a mediados de 2015 y en pleno rodaje de su nueva película, con la alcaldía de la ciudad respirando en sus espaldas, el Chicago Tribune escribiendo editoriales en su contra y mientras era troleado por cientos en las redes sociales. Y todo por haberle puesto al filme Chi-Raq.

Tendría que haberlo calculado desde el principio. En tiempos de extrema corrección política, como los que corren, ocupar la palabra que las propias bandas delictuales usan para referirse a los peores barrios del sur de la ciudad equivalía a apagar un incendio con bencina. Pero, ¿qué le iba a hacer? A su parecer, equiparar Chicago con Irak hacía sentido: los 7356 muertos en las guerras de pandillas locales, desde 2001 a la fecha, superan al número de soldados estadounidenses muertos en combate durante las guerras de Afganistán e Irak. Además, si alguien tenía que plasmar esa carnicería, esa virtual campaña de exterminio entre afroamericanos, tenía que ser Spike Lee, ¿no?

Bueno, no necesariamente.

Aunque medio mundo aún lo identifica con las tensiones raciales y urbanas de Haz lo correcto -su obra maestra de 1989-, una mirada más detenida al conjunto de sus filmes demuestra que Lee nunca fue un realizador expresamente violento. Aunque la figura del delincuente no es para nada ajena a su mundo, Lee jamás explotó la moda “gangsta”, ni las armas ni las películas de pandillas como otros sí lo hicieron. En su momento, se peleó a muerte con su amigo Quentin Tarantino por lo que él consideraba un uso abusivo de palabras y estereotipos asociados con los negros y acabó por desplegar un verdadero abanico de películas en torno a la experiencia y la cultura afroamericana, desde el jazz (Mo’Better Blues), vidas ilustres (Malcolm X), la autobiografía (Crooklyn), los derechos civiles (Get on the Bus), el stand-up (The Original Kings of Comedy) y el controversial “blackface” (Bamboozled) hasta grandes frescos documentales, como When the Levees Broke, acerca de las consecuencias del huracán Katrina en la vida de Nueva Orléans. Un legado inmenso levantado en poco más de tres décadas, pero al mismo tiempo construido de cara a una audiencia que progresivamente se fue volviendo cada vez más pequeña y de nicho. El propio realizador demostró tenerlo claro en 2002, cuando emergió con su magistral La hora 25, un trabajo en torno a Nueva York y la tragedia del 11 de septiembre, pero antes que todo una cinta protagonizada por blancos -Edward Norton y Philip Seymour Hoffman-, como si conscientemente estuviera en busca de una audiencia más grande antes de perder el impulso. Casi lo logró al reunirse con Denzel Washington en su primer filme “hollywoodense”, el thriller Inside Man (2006), pero todo se derrumbó un par de años más tarde al pecar de ambicioso y rodar Miracle at St Anna, un filme sobre una compañía de soldados negros en la Segunda Guerra Mundial. Iba a ser su “Soldado Ryan”, pero no alcanzó a recuperar ni 10 millones de dólares de los 45 invertidos. La clase de fracaso que puede marginarte de la industria. O que, por lo menos, te convence de enmendar camino.

Nunca se sabe con Lee. Pasó cuatro años dedicado a los documentales y luego explotó en muchas direcciones a la vez: anunció que en Red Hook Summer (2012) retornaría a Mookie, el repartidor de pizza que encarnó en Haz lo correcto, pero al final su rol era apenas periférico dentro de una durísima trama centrada en un predicador que revela su pasado como abusador sexual a sus feligreses. Luego, volvió a jugarse la carta de Hollywood en el remake del clásico coreano Old boy (2013). Nuevo fracaso. Al mismo tiempo que se asomaba como sorprendente biógrafo de Michael Jackson (ver recuadro), filmó los especiales de los comediantes Jerrod Carmichael y Katt Williams, produjo un par de películas de nuevos directores y anunció que financiaría su nuevo proyecto vía crowfunding. En el último par de años se ha vuelto difícil seguirle el ritmo, saber qué es lo que le importa en medio de toda esa actividad frenética. O si lo que realmente le asusta es parar.

Y entonces, en medio de todo eso, llegó su Oscar.

Oscar Spike

ENTRE TYSON Y LOS GRIEGOS

“Me voy a tomar algo de tiempo acá arriba, como suelen decir en la Iglesia, ¿OK?”. Así, con esa advertencia, partió Spike su discurso el 15 de noviembre pasado, durante la cena de los Governors Awards, en donde la Academia entrega sus Oscar honorarios. En el pasado, lo habían nominado dos veces -en 1990, por Haz lo correcto, y en el 98, por el documental 4 Little Girls-, pero Lee era el primero en reconocer que su personalidad no calzaba ni con la organización ni con sus estatuillas. Lo reflejó en un discurso plagado de recuerdos y agradecimientos, pero también con un cierre que dejó a varios en shock: “Estoy seguro que todos acá votaron por Obama, ¿cierto? Pero cada vez que entro en las oficinas de ustedes no veo negros por ningún lado, salvo por el guardia de seguridad que chequea mi nombre en la lista, a la entrada del estudio. Así que nos podemos llenar la boca de buenas intenciones, pero urge tener una conversación muy seria en torno a la diversidad en esta industria. Hoy, es más fácil que un negro sea presidente de los Estados Unidos a que éste a la cabeza de un estudio o de un canal”.

No podría haber elegido mejor timing. A los dos meses, la propia Academia estaba con el agua al cuello por acusaciones de racismo y discriminación, una vez que se anunciaron las nominaciones al Oscar y nuevamente no hubo afroamericanos mencionados en las candidaturas. Medio mundo corrió a sacarle declaraciones a Lee, pero éste no picó: dijo que no estaba llamando a boicotear la ceremonia, pero que -pese a su Oscar honorario y todo- esa noche el tenía una cita más importante en el Madison Square Garden, para ver a los New York Knicks. Llegó al partido con impecable tuxedo negro.

¿Por qué no quiso incendiar Troya? Tal vez porque era un blanco demasiado fácil. O porque los sinsabores pasados con Chi-Raq le habían mostrado la otra cara de la moneda. Y quizás hay otra explicación, una más simple: el tipo ama las películas, ama la idea de espectáculo y celebración, del cine como correlato de nuestras mejores cualidades, pero sobre todo de nuestras limitaciones. Ese es, de hecho, el tema central del proyecto más bello y arriesgado que el cineasta ha intentado en esta década, Mike Tyson: Undisputed Truth. Emitido como un especial de HBO, en 2013, es el registro filmado del show unipersonal que el ex campeón de box presentó a teatro lleno durante una breve temporada en Broadway. La versión dramatizada de su autobiografía, cargada de triunfos y feas caídas, confesiones, equívocos, sueños, arrepentimientos varios y acciones de gracias. Viendo a Tyson moverse por el escenario, recreando sus momentos estelares y varios para el olvido es inevitable recordar las escenas finales de Toro Salvaje, con Robert de Niro encarnando a un desgastado Jake La Motta en su fase de comediante de cabaret. Pero ahí se acaban las comparaciones: aunque ayudado por las ingeniosas visuales creadas por Lee, el tatuado Mike no tiene ni la mitad de la elocuencia del legendario actor, pero sí el kilometraje vital necesario para revivir sin falsos pudores momentos atrozmente íntimos (como la muerte de su hija de cuatro años), construyendo arriba de la tarima el retrato al completo de un hombre acostumbrado -y también devastado- por haber pasado toda una vida bajo los focos. El efecto es apabullante: Tyson no será un ídolo intocable, pero tampoco es un despojo; su humanidad se vuelve dolorosa, épica y cómicamente palpable, en la medida que se refleja sin esfuerzo contra la nuestra.

Comparados con ese personaje titánico, es lógico que los personajes de Chi-Raq terminen opacados. Sobre todo porque, al contrario de lo que muchos creyeron, el director nunca pensó en el asunto como una historia de pandillas. Grande fue la sorpresa cuando anunció que su película en realidad era una versión moderna de Lisístrata, de Aristófanes, una comedia donde las mujeres de Atenas deciden parar la guerra negándose a tener sexo con sus parejas. O, dicho al modo de Spike Lee, “no peace, no pussy”. Siguiendo los pasos de la obra, la Lisístrata del filme (la actriz Teyonah Parris, mejor conocida como Dawn, la secretaria de Don Draper en Mad Men) detiene temporalmente la guerra entre dos bandos, pero además expande su campaña en forma viral, nacional y hasta mundial, mientras Spike se lo pasa en grande filmando algo que abiertamente es una alegoría, una suerte de “passion play” con narrador incluido (Samuel L. Jackson, quién más) y que incluso está hablada en verso (!), generando un curioso y bien avenido matrimonio entre teatro griego y suaves rimas hip hop, que no alcanza a sentirse fuera de lugar.

Mirándola con cierta distancia, puede que se trata de una mejor idea que de una gran película. Pero, ese no es el punto: a estas alturas de su carrera -y tal como su ídolo Woody Allen- Spike parece más concentrado en expandirse y en producir que en darle medio a medio al blanco. No por nada el deporte favorito de ambos es el básquetbol, donde el que gana no es quien más acierta, sino quien más lo intenta.

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Spike & Mike

Habían colaborado brevemente a fines de los 90 en los clips para el single They Don’t Care About Us, pero la idea de Michael Jackson y Spike Lee nunca estuvo en la cabeza de nadie hasta que, después del homenaje que el realizador organizó para el fallecido artista en Brooklyn, en 2011, se lanzó la idea de “Bad 25″, un documental sobre la creación de dicho álbum. No sería un proyecto biográfico -alimentar nuevas polémicas no era el objetivo- sino una mirada a lo que consumía las energías creativas del músico. La película se emitió en 2012, sacó aplausos, y todos pensaron que se había acabado. Pero, a fines del año pasado y de la nada, Lee anunció que estaba terminando una especie de precuela: The Journey from Motown to Off the Wall. Y ahí quedó claro. Todo parece indicar que estamos frente no a un par sino a una serie documental sobre MJ que atravesará toda su vida y que probablemente le tomará a Spike lo que resta de la década. El nuevo filme se estrenó hace sólo unas semanas y sólo expande lo que ya se avizoraba en el anterior: todo esto no es más que una preparación para el que será la pièce de résistance: el making of de Thriller. ¿Hay alguna fecha tentativa? Tanto el realizador como la sucesión del artista guardan total silencio al respecto. De algo no cabe duda: buscarán conseguir algo épico.

OSCAR 2016: ¿El año sin favoritos?

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oso

Después de casi una década de carreras corridas, lobby organizado y campañas millonarias, la edición 88 de los premios de la Academia entra en la recta final con un escenario sin ventajas claras ni triunfos anticipados en los mayores galardones, Mejor Película y Mejor Director.

En estas condiciones, apostar por El renacido -la más exitosa y espectacular de las candidatas- no es una locura, pero ¿porque hay tantos expertos que aún se resisten a la cinta de Alejandro G. Iñarritu?

Tal vez fue un asunto de costumbre. O de mal acostumbramiento, en realidad. Pero los “expertos” del Oscar llevan semanas diciendo que la edición 2016, es la más impredecible de la última década. Se quejan porque no existe un favorito claro. Porque esta noche será de sorpresas. Porque nadie tiene la suerte comprada. ¿No se supone que ahí radica toda la gracia del asunto? ¿En ignorar que va a ocurrir hasta último minuto?

Bueno, tal vez eso corra para los televidentes, porque en lo que respecta a la industria, esa incertidumbre le sienta como veneno. Demasiados millones se gastan cada año en asegurar -a través de lobby, publicidad, entrevistas y toda clase de eventos sociales- que los nominados puedan conseguir su estatuilla y pronunciar un breve discurso antes de ser silenciados por las fanfarrias de la orquesta. Mientras menos incierta sea la campaña, mejor para ellos. Los únicos que están verdaderamente tranquilos son Leonardo DiCaprio y su equipo. Ya deben estar concentrados en pasarlo bien en las fiestas de esta noche, con un asegurado Oscar a Mejor Actor pasando de mano en mano. El resto, que se siga comiendo las uñas.

HASHTAGS Y BOICOTS

Y eso incluye hasta a los mismísimos Gobernadores de la Academia (AMPAS), que han estado bajo el ojo del huracán desde el momento mismo en que se anunciaron las nominaciones, el pasado 14 de enero, donde por segundo año consecutivo ningún candidato afroamericano fue considerado en las categorías principales. El hashtag #OscarSoWhite se convirtió en tendencia en las redes sociales, los medios se inundaron de columnas de opinión, más de alguien propuso crear un “Oscar negro”, otros llamaron a boicotear la ceremonia y hasta el presidente Obama ofreció su opinión en torno a una industria que es bastante menos diversa e inclusiva de lo que ella misma creía.

Porque ahí radica el fondo del problema. Consultado acerca de la polémica, el realizador Spike Lee -quien recibió un Oscar honorario en noviembre- insistió en que esta va más allá de la ausencia de actores como Idris Elba, cuya gran actuación en Beasts of No Nation fue ignorada; lo mismo que el trabajo de Ryan Coogler, director de Creed, la nueva secuela de la saga Rocky. Quizás, como algunos ya han dicho, los filmes de tema afro tal vez no estaban a la altura del resto en esta temporada. Pero ese no es el tema de fondo: es a nivel ejecutivo que las minorías no están representadas. Quienes toman las decisiones y dan luz verde a nuevos proyectos aún son, casi en exclusiva, blancos: “estos días, es más fácil para un negro ser presidente de los Estados Unidos que estar a la cabeza de un estudio cinematográfico”, comentó Lee. El director no asistirá esta noche a la ceremonia -la  que, vaya ironía, será conducida por el comediante negro Chris Rock-; en vez de prender la tele, Spike irá al Madison Square Garden a ver el partido de los Knicks. Mejor panorama, según él.

En cualquier caso, el AMPAS no quiso perder tiempo. Su presidenta, la afroamericana Cheryl Boone Isaacs, anunció a fines de enero medidas radicales para impedir que se repita el fiasco de las nominaciones 2016. En adelante cada votante tendrá una membresía de 10 años, renovables en la medida que se mantenga en actividad (la medida será retroactiva). Por su parte, la mesa de Gobernadores de la Academia agregará tres nuevos integrantes, los que seguramente representarán a minorías. Pero la última medida parece la más interesante y también la más arriesgada: para 2020, el actual número de miembros mujeres y de representantes de minorías en la Academia será duplicada a través de una intensa campaña de invitaciones al organismo

¿Alcanzará todo esto para hacer del Oscar un premio más diverso?

EL AÑO SIN FAVORITAS

La discusión tiene larga data. Y no siempre se la ha tomado en serio: Marlon Brando fue ridiculizado en 1973, cuando en vez de ir a recibir su merecido Oscar por El padrino cedió su espacio para que la actriz Sacheen Littlefeather pronunciara un ácido discurso acerca del la explotación del indígena americano en el cine.

De hecho, no deja de ser curioso (y revelador) que El renacido, la única cinta entre las nominadas que incorpora temática indígena, haya estado entre las más atacadas por los bloggers y lobbyistas del evento. El hecho de que sea la favorita de esta velada parece no contar en un año donde las preferencias fueron cambiando sin cesar y la promesa de títulos que parecían candidatos fijos se desvaneció con rapidez. Así ocurrió con presuntas contendoras como Puente de espías, de Steven Spielberg -cuya mejor oportunidad de ganar radica en Mark Rylance, como Mejor Actor Secundario- y The Hateful Eight, cuya campaña se ha enfocado en conseguir un Oscar competitivo para Ennio Morricone, por primera vez en su larga carrera. Lo propio sucedió con La chica danesa y Carol, porque el discurso queer y LGBT quedó marginado en medio de la polémica afroamericana, y también con las esperanzas de Mad Max: Fury Road -demasiado violenta y extravagante- y de The Martian, demasiado “grande” y comercial, para ponerse a la altura de las otras competidoras.

Para efectos del actual votante medio de la Academia -hombre, blanco, mayor de 55 años- las dos adaptaciones literarias con protagonista femenina -Room y Brooklyn- no tenían la menor chance contra dos películas con tema serio y basadas en hechos reales: Spotlight. En primera plana, acerca de la investigación periodística sobre abusos sexuales en la diócesis de Boston, y La gran apuesta, una sátira ambientada en torno a los ganadores de la crisis subprime.

Spotlight había sido la primera de las favoritas, desde su debut en septiembre, en el Festival de Venecia; pero, siendo francos, no es exactamente “un filme de Oscar”: está escrita y filmada con ritmo impecables, pero nunca cae en los excesos que el AMPAS festeja y celebra. El filme no ofrece grandes revelaciones, conflictos, ni instantes de gran suspenso fabricados a la fuerza. Es, en esencia, una gran película acerca de cómo se investiga una noticia y no la noticia entendida como espectáculo. Es una historia fascinante de mirar, pero la challa, el cotillón y el show asociados usualmente a la estatuilla no le van.

Todo lo contrario de La gran apuesta, donde la crisis económica de 2008 es filmada con glamour y astucia plenamente hollywoodenses. No es casual que al verla uno recuerde a El lobo de Wall St. y la saga Ocean’s 11: la cinta las homenajea con un desparpajo y sinvergüenzura que en vez de asco provoca admiración. Pero, ¿hay dentro de este pastiche una buena película?

La Asociación de productores (PGA) pensó que sí y al premiarla hace un mes hizo tambalear todas las predicciones. Spotlight aumentó el suspenso al ganar como Mejor Elenco en la Asociación de Actores (SGA) y El renacido se anotó dos victorias clave al ganar en la Sociedad de Directores (DGA) y en los premios británicos, BAFTA. Usualmente son estos galardones -otorgados por los propios colegas y sindicatos- los que dan pistas en torno a las votaciones del Oscar, pero en esta ocasión quedaron todos repartidos. Entonces, ¿cómo se arma el puzzle?

Tal como en las películas de investigadores, en casos como éste hay una regla básica. “Follow the money”, sigue el dinero. El renacido costó una cifra gigantesca para un filme que no es un blockbuster o una película de superhéroes -135 millones de dólares-, pero es la única de las tres favoritas que se impuso ampliamente en la taquilla: su recaudación mundial se acerca a los 400 millones. Insólito para un producto dramático hecho “a la antigua”, filmado en lugares reales sin pantallas verdes ni cientos de efectos especiales. Así como los técnicos que admiran y que seguramente premiaran su extraordinaria factura, los productores que inicialmente castigaron sus excesos presupuestarios tal vez ahora la perdonen. Eso sí, aún queda la duda de si harán lo mismo con su director. Alejandro G. Iñárritu no es un tipo fácil. Estas semanas, el mexicano ha sido agredido más de la cuenta en las redes sociales -en un comportamiento que tiene bastante de racismo abierto y encubierto-, pero es innegable que tiene reputación de controversial y un genio muy volátil. Ya se ganó un Oscar el año pasado con Birdman, pero si gana otra vez sería el primer director desde que Joseph L. Mankiewicz lo consiguió con Carta a tres esposas (1949) y All About Eve (1950), y además lo pondría en la misma liga que John Ford, ganador en 1941, con ¡Qué verde era mi valle! y en el 42, con Las uvas de la ira.

Podría ser algo histórico. Tal como lo que puede producirse con su compatriota, Emmanuel Lubezki, quien de triunfar lograría algo inédito: tres Oscar consecutivos por Mejor Dirección de Fotografía -los dos primeros fueron por Gravity (2013) y Birdman (2014)-. Hay otros multipremiados en la historia de los premios, pero esto sería algo sin precedentes.

UNA TAZA DE LECHE

Comparado con estas tensiones, el resto del palmarés es casi una taza de leche. La deuda del medio con DiCaprio es tan grande que es impensable verlo perdiendo su primer Oscar. Lo de Sylvester Stallone, quien con Creed cierra de manera brillante el ciclo de su mítico Rocky, suena casi como un premio a la trayectoria. Brie Larson -estupenda en Room- está ganando por anticipado la carrera a Mejor Actriz gracias al error táctico cometido por The Weinstein Company, que en la campaña de Carol se jugó por impulsar una nueva candidatura de Cate Blanchett, hipotecando la oportunidad de Rooney Mara, quien quedó injustamente relegada a competir como Mejor Actriz Secundaria.

Las notables Anomalisa y Shaun The Sheep no tienen la menor oportunidad contra Intensa Mente, una producción hecha a la medida del Oscar a Mejor Película Animada y algo similar ocurre con la poderosa maquinaria de la distribuidora Sony Pictures Classics, tan acostumbrada a ganar Mejor Película Extranjera, que el triunfo de la húngara Son of Saul ya casi se da por descontado.

Por lo mismo se acentúa la sensación de que, como no había ocurrido en muchos años, la verdadera batalla por el Oscar 2016 está en otra parte. En un paraje donde el lobby, las influencias y los handicap dejan de tener la influencia habitual y la intuición, la sensación de estar viendo algo memorable vuelve a revivir en algunos votantes.

Quién sabe, a lo mejor un puñado de ellos basta para dar la gran sorpresa. Para ponerlo todo de cabeza.

 

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Las opciones del corto chileno.

¿Cuáles son las posibilidades de que la chilena Historia de un Oso gane como Mejor Corto Animado? Más de las que ustedes creen. Gabriel Osorio, Pato Escala y su equipo han hecho un camino impecable en festivales de animación donde su filme ha sido ampliamente visto y celebrado. Es muy emotivo -algo esencial para la Academia-; tiene una lectura política, asociada al exilio (y a la vida del verdadero abuelo del director), pero también es cercano al mensaje del movimiento animalista (que promueve eliminar a los animales de los circos). Su nivel técnico es extraordinario y el recurso de contar una historia dentro de otra en breves minutos, funciona muy bien. Al contrario de lo ocurrido con NO, en 2013, no hay una cinta como Amour, que incline totalmente la balanza en su contra. De hecho, Variety la escogió como su posible ganadora en la categoría. Así que ya saben: no se extrañen si terminamos celebrando tarde en la noche a los osos y a sus jóvenes realizadores.

 

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¿Cómo se elige a la Mejor Película?

Para que quede claro: el Oscar a Mejor Película no se determina por voto popular. Aquí no gana el que saca más votos. Eso porque desde 2009 la Academia decidió volver a utilizar el sistema de voto preferencial. El mecanismo -usado en la década del 30 y el 40, cuando las nominadas superaban los diez títulos- precisa que cada elector ordene las cintas candidatas en orden de preferencia, creando un listado de favoritas. Ganará aquel filme que concentre más del 50% de menciones en el primer lugar de ese ranking consolidado. Si ningún nominado consigue lo requerido, se retira la película que tiene menores preferencias en la lista y se procede a hacer un nuevo recuento. En caso de que éste vuelva a ser infructuoso, nuevamente se retira la producción que registra menor porcentaje de favoritismo, y el procedimiento se repite hasta que uno de los nominados consiga superar más del 50%.

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La escasa diversidad de un premio

Las acusaciones de racismo y poca diversidad que ha enfrentado el Oscar en 2016 son totalmente fundadas. Los blancos han dominado el premio durante 87 años, pero no hay que olvidar el contexto: durante la mayor parte de su existencia, el Oscar fue una premiación puertas adentro, una suerte de club privado que solo en las últimas décadas se ha mundializado como el premio estándar de la industria.

Pero, aún tomando eso en cuenta, sorprende cuán exclusivo ha sido ese club. Durante casi 20 años, la actriz negra Hattie McDaniel fue la única poseedora de un Oscar actoral otorgado a un miembro de minoría, por Lo que el viento se llevó. El siguiente fue el actor Sydney Poitier (Mejor Actor, 1960), y de ahí Isaac Hayes (Mejor Canción, 1971). De hecho, más de la mitad de los Oscar ganados por afroamericanos en la historia han sido entregados en este siglo. En quince años, se había creado un saludable patrón, y por eso lo ardiente de la polémica en torno a la ausencia de nominados de raza negra.

En todo caso, las cifras son más graves si uno piensa en los premios obtenidos por Africa (sólo 3), Asia (poco más de una docena, sumando los tres de Ang Lee y dos para Akira Kurosawa) e Iberoamérica. Estos últimos son alrededor de 30, pero casi todos los galardones han sido para latinos incorporados a cintas estadounidenses: Anthony Quinn, por Viva Zapata (1952) y Sed de vivir (1956), Benicio del Toro en Traffic (2000), Javier Bardem por No Country for Old Men (1997), Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona (2008), Alfonso Cuarón por Gravity (2013), el chileno Claudio Miranda por su fotografía para La vida de Pi (2012), entre otros. Las únicas ganadoras francamente latinas en el recuento del Oscar son las argentinas La historia oficial (1985) y El secreto de tus ojos (2009) y las españolas Belle Epoque (1993), Todo sobre mi madre (1999) y Mar Adentro (2004). Lo que refrenda algo que siempre se supo: los miembros de este club tienden a premiar a sus iguales. Aquí, los “extraños” siempre serán la excepción.

Oscar 2016: Adicción por lo real

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Spotlight 3

En algún momento, Hollywood se bautizó a sí misma como “industria de sueños”, pero ahora es más bien una factoría que se especializa en recrear historias reales. ¿Será porque la vida siempre supera a la ficción?

– Con Jennifer queremos hacer una película sobre Joy Mangano.

– ¿Joy qué?

– Es la mujer que inventó el Miracle Mop, ese trapero plegable de los infomerciales del cable. El invento la volvió millonaria.

David O. Russell y Jennifer Lawrence podían haber elegido cualquier proyecto. Ella venía aterrizando después de cuatro años ligada a Los juegos del hambre, una de las franquicias más exitosas de la década. En 2012, él la hizo ganar el Oscar a Mejor Actriz con Silver Linings Playbook y un año más tarde la dirigió en American Hustle.

Podrían haber elegido una figura histórica. O una exploradora, una novelista, una deportista, qué se yo… Sin embargo, aquí estaban: apostando por rescatar a una oscura figura del “¡llame ya!” Y el riesgo pagó: Lawrence otra vez está en carrera como Mejor Actriz.

¿Qué había de único en la historia de Joy? ¿Qué la hacía tan especial?

DE CURIOSIDAD A APUESTA SEGURA

No son preguntas que sólo les cabe contestar a ellos.

De un tiempo a esta parte, los filmes basados en vidas reales ocupan un segmento cada vez más grande de la producción hollywoodense, sobretodo la que mira hacia el Oscar (que se entrega el próximo 28 de febrero) y el resto de los premios otorgados por la industria.

Si allá afuera -en el mundo de los multicines, las salas de mall y los estrenos en 3D- los superhéroes y las aventuras galácticas reinan sin apelación; puertas adentro, los estudios parecen haber encontrado un nicho confortable para relatos que todavía necesitan de actores y decorados verdaderos. Su terreno natural ya no parece limitado a los géneros clásicos como drama, comedia, suspenso o terror. Ahora se amplia -y con total naturalidad- a las vidas ajenas.

De los ocho filmes nominados al Oscar a Mejor Película, cuatro están basados en una historia real (Spotlight, The Big Short, The Revenant y Puente de espías), tres son adaptaciones literarias (The Martian, Room y Brooklyn) y uno es el relanzamiento de una franquicia (Mad Max Fury Road), por lo que al menos la mitad de los candidatos tiene plantado por lo menos un pie, sino ambos, fuertemente en la realidad.

La que solía ser una “factoría de sueños”, al parecer decidió despertar y mirar a su alrededor. Pero, ¿cuándo y cómo ocurrió?

No fue de la noche a la mañana. Si uno revisa con cuidado listado histórico de Mejor Película, uno se da cuenta que durante casi cuarenta años los sucesos reales fueron una curiosidad en la categoría, con apenas una ganadora por década, todas en el formato de “vidas ilustres”: La vida de Emile Zola, ganadora en 1937; Todos los hombres del rey (1949); Lawrence de Arabia (1962) y Patton (1970).

La balanza se contrapesó en los 80s y 90s con títulos como Carros de fuego (1981), Gandhi (1982), Africa mía (1986), El último emperador (1987), La lista de Schindler (1993) y Titanic (1997), pero nada es comparable con lo que ocurrió a partir de 2010. Fue en ese año y tras el triunfo de El discurso del Rey por sobre La red social, que la “realidad” se tomó los premios Oscar por asalto, peleando codo a codo con la ficción. En 2013 y 2014, la proporción entre ambas fue de 50-50 y así también fue este año y quizás el que vendrá.

Todo indica que en el mediano plazo no habrá vuelta atrás, por varias razones: Hollywood ya no depende de los relatos, cuentos y novelas que alimentaron lo mejor de su producción en la era clásica. Al respecto, el auge de la literatura de no ficción ha resultado fundamental, pero también lo ha sido el documental (en especial, a partir del 9-11), a lo que hay que sumar la consolidación de la cultura del reality televisivo. Nos acostumbramos a consumir las vidas de los otros como quien mira el timeline de Facebook o Instagram en el celular; un torrente que va siendo expuesto, presentado y premasticado casi en tiempo real por los medios y las redes. En adelante, el desafío de los estudios será buscar esas historias y a esas personas, comprarles sus derechos y ponerse a filmar.

PARA TODOS LOS GUSTOS

La cosecha de este año trae un poco de todo. Por cierto que aún hay espacio para las vidas ilustres, como la biografía de Steve Jobs (adaptada a partir del libro superventas de Walter Isaacson) o Trumbo, la historia de un escritor víctima de la caza de brujas y el anticomunismo en los años 50, y que más tarde resurge como guionista de la clásica Espartaco (1961). De ambas se esperaban nominaciones en categorías de actuación. Y las obtuvieron. Más sorpresivo fue el caso de Straight Outta Compton, relato del ascenso y caída de los controversiales raperos N.W.A. (“niggers with an attitude”), una película realizada con propósitos netamente comerciales pero que, para felicidad de Ice Cube, Eazy-E, Dr. Dre y el resto de quienes vivieron esas peripecias, logró colarse a última hora con una candidatura a mejor guión.

En el otro extremo figuran las historias de gente común en situaciones extraordinarias. Ahí pertenecen la ya mencionada Joy, con Jennifer Lawrence; Puente de espías, el multinominado filme de Spielberg acerca de James B. Donovan, un abogado involucrado en una trama digna de Hitchcock (con rusos, Guerra Fría y Muro de Berlín incluidos); The Danish Girl, basada en la vida de Lili Elbe, uno de los primeros casos registrados de cambio de sexo masculino a femenino; con Eddie Redmayne, último ganador del Oscar a Mejor Actor, en el papel protagónico, y que este año vuelve a entrar en carrera. No hay que olvidar a The Revenant, donde Leonardo DiCaprio (virtual ganador a Mejor Actor) se mete en la piel de Hugh Glass, un cazador de principios del siglo XIX que, tras ser atacado por un oso, es dado por muerto y abandonado por sus compañeros, a los que más tarde perseguirá sin cuartel.

Por último, están los filmes “de proceso”, más ocupados de cómo se gestó una situación en particular que de las historias individuales que la integran. Y de esos, este año la Academia nominó a dos: Spotlight, que sigue paso a paso la investigación periodística de decenas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes del área de Boston y que le significó para el diario Boston Globe un premio Pulitzer, en 2003. Desde hace varias semanas que los expertos lo tienen como favorito en el palmarés, pero desde principios de año emergió su némesis: The Big Short (estrenado acá como La gran apuesta), una sátira en torno a los iluminados que fueron capaces de prever con mucha anticipación la crisis subprime de 2008 y -contra la opinión de sus colegas en Wall Street- apostaron contra el mercado, volviéndose millonarios en el proceso.

LA TRAMPA DE LO REAL

Tanto Spotlight (que compite por seis estatuillas) como The Big Short (que tiene cinco candidaturas) se han impuesto por un asunto de actualidad y relevancia, y además porque han sorteado el gran “pero” en torno las cintas apoyadas en hechos verídicos: la forma en que negocian su versión de la realidad, cuán de cerca siguen los sucesos, cuántas libertades se toman con los personajes.

Dar manga ancha a la ficción en tu película significa exponerse al ataque de los lobbyistas del Oscar (siempre en busca de ventajas para sus clientes), pero también a la reacción de los propios involucrados: en 1999, la candidatura de Denzel Washington por The Hurricane se derrumbó al revelarse que el filme suavizó el lado más oscuro del boxeador Rubin Carter, para darle una cara más humana al filme. Este año ocurrió otro tanto con Truth, un drama sobre el escándalo que en 2004 envolvió al programa 60 Minutes de la cadena CBS, y su reportaje en torno a la supuesta manipulación de la hoja de servicio militar en Vietnam del entonces presidente Bush. La controversia terminó con el despido del legendario conductor Dan Rather (interpretado en el filme por Robert Redford) y, aunque ha transcurrido más de una década, la polémica aún no se apaga: hace unos meses, CBS se negó a transmitir publicidad o a promover Truth en sus programas, alegando que la cinta falseaba los hechos. Con el boicot sobre la mesa, la campaña de la película se extinguió por sí sola. Resultado: cero nominaciones.

La solución de Spotlight para evitar meterse en problemas sorprende por lo simple y quizás es el mejor rasgo del filme: concentrarse en narrar y evitar en lo posible los “Oscar-clips”, esos momentos donde el actor interpela a su audiencia y trata de conmoverla, intentando provocar catarsis (por lo general con música orquestal de fondo). El director Tom McCarthy comprende que la trama -el encubrimiento sistémico que la diócesis de la Boston hizo en torno a los casos de abuso sexual cometidos por sus sacerdotes- posee ribetes tanto humanos como políticos, y que su película poco ganaría explotando unos a costa de los otros o buscando la lágrima fácil. No hay escenas “oscarizables” en Spotlight y eso es lo que la destaca sobre el resto: imaginar a su elenco como no como personajes sino como investigadores que tratan establecer hechos más allá de las emociones.

Lo curioso es que The Big Short, por ahora su gran enemiga, sale adelante con las armas opuestas. Apoyada en un vertiginoso guión que salta sin parar entre datos, cifras y situaciones retratados en el libro original de Michael Lewis, la película no pierde tiempo en reclamar para sí una cuota respetable de veracidad. Al revés: constantemente nos recuerda que estamos mirando la versión hollywoodense de esta historia, aderezada por el relato del semificticio Jared Bennett (un corredor encarnado por Ryan Gosling) quien rompe cuando quiere la “cuarta pared”, le habla al público a destajo e introduce a famosos como Anthony Bourdain, Selena Gomez o Margot Robbie para que expliquen -en palabras sencillas- a la gente de a pie los complejos mecanismos con que los bancos defraudaban a sus propios clientes.

La conexión con Robbie no es casual. Ella integraba el elenco de El lobo de Wall Street, que para estos efectos funciona prácticamente como precuela y filme madre. Pero lo que en el Lobo es irresponsable festín y carnaval, aquí emerge como amarga jugarreta: todos los que resultan beneficiados por la corrupción del sistema financiero, lo hacen a costa de los ahorros e hipotecas de quienes terminaron arruinados por confiar en éste. El “gran golpe” no afecta a los “malos”, sino a gente común y corriente. Celebrar tu propia astucia, tu triunfo, te convierte en “malo” a ti también.

No es mala moraleja, sobre todo en temporada de Oscar.

Podcast 236: Listen to me, Marlon (2015), de Stevan Riley

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El hallazgo de unas grabaciones de audio hechas por Marlon Brando son el punto de partida inusual para un documental que, aparentemente, ofrece un resultado típico. La voz de Brando -y su imagen digitalizada- son hilvanadas con los grandes hitos de su vida y su carrera, a fin de armar un relato biográfico lineal que entra y sale de otros temas como: su historia familiar, el oficio de la actuación, su conciencia política y muchas cosas más. De esto hablamos en el podcast.

Podcast 201: American Sniper (2014), de Clint Eastwood

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Comercializada erróneamente por la Warner como un filme bélico menor, esta película se metió de lleno en la pelea por el Oscar gracias a un éxito tan arrollador como inesperado. Vista por algunos como la hagiografía reaccionaria de un reaccionario recalcitrante, vista por otros como la evidencia del daño que el modelo estadounidense inflige hasta en sus más convencidos defensores, la cinta se la juega a la vez por la velocidad y la omisión. De esto y más hablamos en el podcast.

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