LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Premios Oscar

Podcast 236: Listen to me, Marlon (2015), de Stevan Riley

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El hallazgo de unas grabaciones de audio hechas por Marlon Brando son el punto de partida inusual para un documental que, aparentemente, ofrece un resultado típico. La voz de Brando -y su imagen digitalizada- son hilvanadas con los grandes hitos de su vida y su carrera, a fin de armar un relato biográfico lineal que entra y sale de otros temas como: su historia familiar, el oficio de la actuación, su conciencia política y muchas cosas más. De esto hablamos en el podcast.

Podcast 201: American Sniper (2014), de Clint Eastwood

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Comercializada erróneamente por la Warner como un filme bélico menor, esta película se metió de lleno en la pelea por el Oscar gracias a un éxito tan arrollador como inesperado. Vista por algunos como la hagiografía reaccionaria de un reaccionario recalcitrante, vista por otros como la evidencia del daño que el modelo estadounidense inflige hasta en sus más convencidos defensores, la cinta se la juega a la vez por la velocidad y la omisión. De esto y más hablamos en el podcast.

Podcast 199: Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy

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Esta cinta nocturna, como lo era Taxi Driver, chapotea en el esperpento de un país en crisis económica y en una bancarrota moral intelectual que hace posible el singular emprendimiento de Lou Bloom. No sabemos si este personaje pasará a la historia al igual que el taxista de DeNiro (probablemente no), pero sí sabemos que fue una gran vitrina para que Jake Gyllenhaal tratara de acercarse al Oscar. Y si bien no le resultó, su trabajo encarnando a un escuálido y maquinal sociópata es uno de los puntos altos del acorralado “cine adulto” (por ponerle un nombre) estadounidense. De eso y más hablamos en el podcast.

Birdman (2014), de Alejandro González Iñarritu

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Aunque sea Boyhood la que -en última instancia- gane el Oscar el próximo 22 de febrero, es un filme brutal y demoníaco como Birdman, el que está haciendo de esta carrera por el premio algo especial. Gran película.    

Riggan Thompson no es exactamente un pobre diablo. Pero es como si lo fuera.

A principios de los años 90, el actor encarnó a Birdman –un superhéroe alado, mitad Hombre Halcón, mitad Batman- en tres películas; pero hoy, casi veinte años después es un calvo y fláccido cincuentón, empeñado en gastar lo que queda de su fortuna en financiar, dirigir y protagonizar un montaje de Broadway basado en los cuentos de Raymond Carver. Pero no ha pisado un escenario en décadas, ni aparecido en algo que valga la pena desde quién sabe cuándo. No tiene cuenta de twitter, de facebook ni de instagram. Fue famoso en el siglo pasado y no alcanza a darse cuenta que desde entonces las reglas del juego cambiaron y volvieron a cambiar; que su mito actoral ya es un viejo recuerdo, el remate de un chiste malo que se archivó y se olvidó hace rato. Y ahora quiere una segunda oportunidad. Siente que está en su derecho, que se lo debe a sí mismo… Sí, claro.

Birdman, la nueva película de Alejandro G. Iñarritu, no ahorra en crueldad a la hora de describir a su protagonista. No pretende ensalzar ni criticar la condición humana. El suyo es un mundo de perro come perro, del sálvese quien pueda y del ojo por ojo. Y sin embargo, el filme -subtitulado “La inesperada virtud de la ignorancia”-  conquistó el 15 de enero pasado nueve nominaciones al Premio Oscar (ver recuadro) y quedó por ahora a la cabeza de la carrera. Era que no: por más que a veces le provoque escalofríos, la Academia disfruta a fondo esta clase de ejercicios: mirarse por un momento al espejo, retroceder con horror ante lo que allí se refleja, para luego fascinarse sin concesiones.

Y lo propio está sucediendo con Michael Keaton, quien a cargo del papel principal, tiene más en común con éste de lo que a él mismo le gustaría admitir: a fines de los 80, se convirtió en estrella al disfrazarse de Beetlejuice (1988) y luego de Batman (1989 y 1991); pero cuando se negó a seguir usando la máscara, su carrera se diluyó en comedias irrelevantes y producciones de segunda. Se convirtió en lo que los gringos llaman un “has been”, en un ex, en agua pasada. De hecho, poco antes de filmar Birdman muchos se preguntaban si acaso el tipo se había acogido a retiro anticipado, porque ya nadie se acordaba de él. Pero Hollywood es Hollywood. Esa invisibilidad mediática hoy es su máxima fortaleza: tal como Riggan Thompson, Keaton se apresta a regresar con venganza, a recoger todos los aplausos, premios y palmetazos en la espalda que su propia comunidad esté dispuesto a darle en las semanas que vienen; listo para aprovechar sus próximos quince minutos de relevancia y fama, y los siguientes quince si tiene suerte.

Lo interesante es que, se gane o no el Oscar a Mejor Actor (actualmente, es el favorito), Keaton parece totalmente consciente de lo artificial de todo este proceso; en el fondo, porque la propia Birdman fue construida de esa manera. Abrazada con manos y pies (y garras y alas) a todos esos clichés que sostienen el mundo del espectáculo: a la idea de que sí hay “segundos actos en las vidas americanas”; de que puedes redimirte y pasar directo desde el lodazal hasta el olimpo, ser relevante otra vez y aspirar a un modicum de inmortalidad; que un quebrantado macho blanco de mediana edad como Thompson puede salvarse de la bancarrota emocional gracias al poder de los sueños, la inspiración y la creatividad. Birdman pone esa descarada fantasía sobre la mesa, la vende en forma impecable a su audiencia, y luego procede a despellejarla, trozarla y molerla, sin contemplación, cuando nuestro héroe se enfrenta a lo que él visualiza como la dura realidad: el río de gastos en que incurre para sustentar su montaje, la hija drogadicta (Emma Stone) que emplea como asistente para tenerla cerca, la ex esposa que no deja de rondarlo, la amante que quiere embarazarse, un actor que se le accidenta y el brillante reemplazante (Edward Norton) que llega y trata de apoderarse de la obra. Son éste último y su hija quienes se encargan de descorrer el velo de la quimera que Riggan se ha fabricado con tanta prolijidad: todo este esfuerzo, esta quijotada, no es más que un monumental y fútil despliegue de ego. El infantil intento por remendar lo que se quebró y parchar lo que se rompió. Terapia sin terapeuta. Hace pasar por batalla lo que siempre fue y será una derrota.

Con razón Riggan pasa la mayor parte de la historia en fuga, escapando de esa realidad que trata de alcanzarlo, monologando consigo mismo o, mejor dicho, con Birdman: una “voz interior” cavernosa y temible, que no le da tregua y le recuerda el titán que una vez fue y debe volver a ser, que lo hace “desplazar” objetos con su “poder mental”, levitar y volar desafiando la gravedad en una Nueva York que no tendrá molinos de viento, pero cuyos rascacielos, calles y furiosos neones emergen como epitomes de neurosis, paranoia y desintegración.

Y la cosa no termina ahí. Es la propia forma del filme la que se transfigura por seguirle la corriente al personaje. Iñarritu, Emmanuel Lubezki (su director de fotografía) y el resto del equipo, se tomaron el St. James Theatre de la Calle 44 -entre la Séptima y la Octava avenidas-, y lo transformaron en el perfecto reflejo de la alterada mente de Riggan. El teatro es una de las leyendas del circuito neoyorkino (ahí se estrenaron Oklahoma, El rey y yo y Hello Dolly, entre muchas otras), pero en la película emerge como un laberinto de pasajes ciegos, con la ocasional puerta de salida al exterior, que a su vez emerge como otro laberinto más, uno de los muchos contenidos por la gran ciudad. El efecto es tan desorientador como inclusivo, porque en vez de recurrir al montaje tradicional, que va compaginando una imagen con otra, uniendo un corte con el siguiente, los cineastas optaron por presentar el filme como una sola y gigantesca toma sin fin donde la cámara sigue a los personajes por habitaciones, pasillos, escenario, bambalinas y tejado, sin dar respiro ni pisar el freno como si aparte de ser una descalabrada fábula de redención, Birdman también fuera un desaforado tour por la enrevesada mente del protagonista. Como si se nos estuviera invitando y condenando a ver la película desde su desquiciado punto de vista. Aprisionados, por un lado; liberados para explorarlo al completo, por otro.

Uno podría ir más lejos y finalmente cuestionar el realismo de la película al completo. Poner en duda todo lo que estamos mirando, el propio empeño de Riggan por triunfar en el teatro, sus ganas de recomponerse, de reconectarse, y reducirlo a la fantasía de un loco incapaz de distinguir lo que es de lo que no es. Imaginar este relato como una larga excursión al interior de una mente terminal, un poco a la manera en que lo hace Scorsese con Taxi Driver y Hitchcock en Psicosis, cintas ambas que acaban por disolverse y precipitarse en la frágil e inestable conciencia de sus protagonistas El que Birdman lo haga con pasión, humor negro y audacia formal no obsta a la hora de reconocer en la travesía las huellas de la desesperación, la inseguridad y la violencia. Riggan Thompson, Michael Keaton, Alejandro G. Iñarritu están en el aire, aleteando a toda velocidad, contando su historia en la esperanza de no caer al vacío. El espectador, también.

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DIABÓLICO CARNAVAL

Que nadie se engañe. Una candidatura al Oscar exige tanto ánimo de “apostar por el arte” como voluntad de jugar el jueguito de la industria. No importa si estás haciendo una película sobre Martin Luther King (Selma), un francotirador en Irak (American Sniper) o la infancia de un niño en Texas (Boyhood). Entre diciembre y febrero estás obligado dar todas las entrevistas que sean necesarias, caminar por media docena de alfombras rojas, preparar varios discursos de aceptación y aplaudir con tu mejor cara a los ganadores. Da lo mismo si llevas la procesión por dentro. No hay caso: así funciona el negocio.

Por lo mismo, impresiona la franqueza, la crueldad y sentido del humor con que lo enfrenta Birdman, cinta que hoy figura compitiendo en nueve categorías y que, a primera vista, es la clase de historia que le encanta a la Academia: la odisea de Riggan Thompson, un actor que -años después de encarnar a un superhéroe en el cine- quiere redimirse ante el público y ante él mismo, montando una obra de teatro en Broadway al tiempo que todos sus demonios internos vuelven a acosarlo. Pero eso no es todo. Michael Keaton -el actor que protagoniza el filme- pasó por algo similar a mediados de los 90, cuando su carrera se fue al tacho después de negarse a seguir haciendo filmes de Batman junto a Tim Burton. Y claro, Birdman es la producción que lo “trae de vuelta” y además lo hace con un desafío técnico que quita el aliento: la película está presentada como una gigantesca toma continua, con una cámara que sigue a los actores, que se convierte en ellos, que los espía , los cuestiona y los empuja al límite.

La narrativa de todo el asunto, tanto dentro como fuera de la pantalla, es demasiado perfecta y circular, demasiado tentadora como para ignorarla, como para no “premiarla” y, al mismo tiempo, reconocer también que puede descomponerse en un gigantesco cúmulo de lugares comunes, libres para asociarse en la combinación que mejor le haga sentido al espectador. Sabemos que una de las especialidades de Hollywood es construir historias sobre la base de clichés, pero abocada a ese mismo desafío, Birdman simplemente da vuelta el juego: protagonista desesperado, redención, el teatro como correlato de la vida real, actores malditos, familia en crisis, el esplendor y la locura de Nueva York, crisis del macho americano, crítica a las redes sociales, a las superproducciones, a los medios, a las relaciones interpersonales, e incluso crítica a los críticos. Todo eso y más va girando sin parar, cocinándose a máxima temperatura en las manos del director Alejandro G. Iñarritu (quién, lógico, quiere su Oscar) y Emmanuel Lubezki, su brillante director de fotografía (quien ya tiene el suyo), los dos conscientes de Birdman no como un filme sobre la condición humana o sobre el mundo del espectáculo, sino una suerte de diabólico carnaval; uno que puede orquestarse a puertas cerradas, en los laberínticos pasillos del teatro St. James, o (si se abre las puertas y se camina unos cuantos pasos) en el decadente y desquiciado esplendor de Times Square. En ambos escenarios, el, egocéntrico y delirante Riggan Thompson se jugará la vida por su proyecto. En ambos, su quijotada tocará el cielo y el suelo. Tan vital como fútil. Tan sublime como ridícula.

BIRDMAN (Estados Unidos, 2014). Con Michael Keaton y Edward Norton. Dirección de Alejandro G. Iñarritu. 119 min.

 

Matar a un hombre (2014), de Alejandro Fernández Almendras

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matar a un hombre

Vaya qué retrato de nuestra sociedad presenta Matar a un hombre, nuestra actual candidata al Oscar a Película Extranjera. Quienes la interpreten como un comentario sobre estos “días de inseguridad” se quedan cortos. Este es un filme sobre cómo se vive desmoronado en un país desmoronado.

Para qué ocultarlo: las historias desgarradas son interesantes. Atraen incansablemente, tanto al público como a los cineastas, y quienes saben contarlas –en realidad, quienes saben cómo llenar una sala o cómo aumentar el rating con ellas- deberían tener (en teoría) futuro garantizado en la industria audiovisual.

Si sólo fuera tan fácil.

Este es un “deporte” de alta exigencia. Para reconocer y cultivar las semillas del drama, no basta con simple instinto y sentido de la oportunidad. Hay que tener algo extra: coraje, experiencia vital, reservas emocionales; ser lo bastante ladino, incluso, para que no sea el extremismo del propio relato el que tome las riendas y permita que el germen de verdad allí contenido se vaya al diablo.

Pasa hasta en las mejores familias: maestros certificados como los belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne construyeron una reputación impecable gracias a filmes durísimos y exigentes como Rosetta (1999), El hijo (2001) y El niño (2005), pero bastó que aligerasen un poco el tono con El silencio de Lorna (2008), para que su hasta entonces infalible método apareciese predecible y deslavado. Al intentar reducir la tremenda intensidad de su cine, habían dejado las costuras a la vista: de pronto su austera propuesta se sentía falsa, artificial.

¿Qué había pasado? ¿Nos habían acostumbrado a su tremendismo?

La pregunta es pertinente ahora que estamos ad portas de uno de los filmes más duros y feroces del cine nacional reciente: Matar a un hombre, la actual candidata chilena al Oscar y Goya a mejor película extranjera.

El título mismo delata lo que aquí está en juego: la pesadilla de Jorge, un trabajador acosado y cogoteado sin pausa por el “Kalule”, unmatón de su población que va a parar a la cárcel tras balear a su hijo, cuando éste intenta defender la dignidad del agredido.

El chico queda grave, el criminal preso y el dueño de casa totalmente emasculado, despojado de su “hombría”, ante su mujer y su familia. ¿Caso cerrado? No, señor. Apenas “Kalule” cumple su sentencia, vuelve al barrio y a vengarse. Jorge, hace rato separado su gente y viviendo con mínimos recursos, no tiene opción: tiene que detener ese abuso, a como dé lugar.

No es la posibilidad, ni la inminencia del crimen. Es su irrelevancia dentro de un territorio arrasado. Yermo. Muerto.

Planteado de la forma más cruda, el dilema de este tipo no es muy distinto al de mucho protagonista de western clásico: el pacífico dueño de rancho o el sheriff solitario (que viene a representar el orden, la continuidad de las cosas) enfrentado contra la encarnación misma del caos, sea éste los indios, los pistoleros o –como en este caso- un gran malhechor. “Si no lo elimino antes, me eliminará a mí primero”, parece ser la consigna; pero el asunto no es tan sencillo: el filme es lo bastante enfático como para indicar que, al revés que los habituales jovencitos del oeste, Jorge no está yendo al salvataje de nada. El balazo que casi mató a su hijo ya mandó todo al diablo: familia, casa, tranquilidad, autorrespeto. Lo que haga a continuación tal vez será guiado por un arraigado instinto de conservación, pero también una medida desesperada que sale de la nada para desembocar en la nada. No hay caso: espontánea o premeditada, compulsiva o cerebral, la revancha contra su “enemigo”, no viene a restaurar nada. No impone conciliaciones familiares ni finales felices. No se puede, menos cuando lo único que queda a su alrededor son espejismos y fantasmas.

Ahí es donde radica lo realmente feroz del relato, y lo que le separa de la película de venganza tradicional y la eventual prefabricación. No es la posibilidad, ni la inminencia del crimen. Es su irrelevancia dentro de un territorio arrasado. Yermo. Muerto.

La constatación hiela la sangre si uno piensa en las anteriores películas de su director, Alejandro Fernández Almendras, quien en Huacho (2009) había centrado su mirada precisamente en la inagotable dinámica y energía de una familia sureña no muy distinta a ésta, y que luego, con Sentados frente al fuego (2012) dio testimonio de un amor de pareja que parecía tener en contra no sólo el destino sino también a la naturaleza y sus elementos. Ubicada a su lado, Matar a un hombre parece no solamente la lógica progresión de un abismo apenas avizorado en las otras dos cintas, sino una fábula abiertamente infernal: no es casualidad que todos los personajes principales –“buenos” y “malos”- vivan apretujados en los mismos grises bloques de departamentos, encajonados en estrechos pasajes y sitios eriazos siempre a media luz, que ni por si acaso evocan la idea de población y comunidad sino de un virtual tiradero humano.

El problema es que lo que debería ser su perfecto antónimo -los hermosos paisajes de la zona- tampoco salen muy bien parados: el atormentado Jorge no llega hasta el lugar donde bosques y mar se juntan en busca de refugio. Llega ahí por necesidad y trabajo: vive en una pieza de la casa inacabada que está cuidando y arreglando para otros, y no parece prestar mucha atención a la salvaje y arrobadora belleza que le rodea. Ese increíble marco natural sólo lo devuelve aún más empequeñecido, frágil y desarraigado.

Despojado y zamarreado, su único oasis aparente en el filme es harto más pedestre y realista: el sillón en el living de su casa, con la televisión prendida en esos canales de cable que pasan una serie policial tras otra. Programas de ficción, que lo sacan de este policial real que no se acaba. Que lo alejan de su miseria, de la inseguridad, de los problemas la pega, de las estrecheces de fin de mes, de su señora, de sus hijos, de todo. Pero ni siquiera eso tiene ya. Ni eso.

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¿Y EL OSCAR?

No hay dudas de que, por calidad, Matar a un hombre debería pasar la primera selección de cintas extranjeras, de cara al Oscar 2015. Pero hay dos problemas. De partida, la película es representada en Estados Unidos por Film Movement, una etiqueta muy activa, pero centrada sobre todo en la distribución de filmes en DVD y streaming en VOD, y que tal vez no tenga las espaldas necesarias para impulsar una candidatura de este tipo (como sí hicieron Sony Pictures Classics y Participant Media con NO, en 2012). Por otro lado, este es unaño particularmente fuerte en aspirantes: por Turquía compite la actual ganadora del Festival de Cannes, Winter Sleep, de Nuri Bilge Ceylan. Por Canadá, otra favorita de Cannes: Mommy, de Xavier Dolan. El gran Abderrahmane Sissako representa a Mauritania con Timbuctú, y los hermanos Dardenne regresan, recuperados, con Dos días, Una noche. Argentina va con uno grandes éxitos del circuito festivalero y de taquilla en 2014: Relatos salvajes, de Damián Szifrón; Rusia sorprendió a todos apoyando Leviathan, la cinta anti Putin de Andri Zvyagintzev y, aparte de todo eso, no hay que olvidar a una cinta que varios ya consideran como favorita, no sólo para una nominación, sino derechamente para ganar la estatuilla: Ida, del polaco Pawel Pawlikowski. Esta se viene con todo, dicen.

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