LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Raúl Ruiz

La noche de enfrente: El Chile que se va con Raúl Ruiz

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En la cinta póstuma del cineasta nacional, todo empieza como un juego y termina como un réquiem.

 

En 1955, un escritor mexicano llamado Juan Rulfo conmocionó a la literatura de su país y del continente con una novela llamada Pedro Páramo. Sin un narrador claro, ni con una secuencia que pudiéramos llamar “lógica”, la obra transmitía como pocas la fantasmal presencia de los mundos que desaparecen por completo cuando muere una comunidad. Así como el extraño transitar de quienes empiezan a vivir acompañados de muertos para terminar siendo uno más de ellos. seguir leyendo

Estrenos: La noche de enfrente (2011)

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El filme póstumo de Raúl Ruiz es una adaptación literaria, el delirio de un jubilado, un repositorio de historias, un edificio que colapsa y otro que se levanta al mismo tiempo.  

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Para toda la fama de autor difícil que le colgaron en vida a Raúl Ruiz, de verdad conforta que sea imposible disfrutar La noche de enfrente (su filme póstumo, rodado en Chile a principios de 2011) usando los códigos del gran arte, las teorías académicas y delirios doctorales. Para qué enredarse tanto: basta y sobra con el goce de mirar.

Por cierto que en la película hay mucho más que su superficie, creada a partir de diversos relatos de Hernán del Solar, de una forma parecida a como el propio Ruiz hizo con los cuentos de Federico Gana hace un década, en la hermosa Días de campo. Si esta última estaba habitada por las ficciones vigiles y oníricas de don Federico –ruiciana versión del escritor terrateniente que pobló nuestra literatura en el siglo XIX-, el protagonista del nuevo filme parece, al menos en principio, una criatura mucho más modesta: don Celso (Sergio Hernández) es un tranquilo oficinista de Antofagasta que, de tanto perderse en sus propias ensoñaciones, de golpe se da cuenta que está a punto de jubilar. Es más, tiene el fuerte presentimiento de que con su retiro llegará un asesino a su pensión, para borrarlo del mapa. Lo interesante es que inminencia de la muerte no lo aterra tanto como uno de sus efectos colaterales: la desaparición de sus recuerdos, lecturas y fantasías. El viejo no logra acostumbrarse a la idea de que con él se irá -al mismo tiempo- todo un “mundo”, y hasta cierto punto, toda la película es la titánica lucha de esas memorias por asegurarse un lugar del lado de los vivos, antes de seguir el curso natural de todas las cosas. Antes de convertirse en espectros.

Dice mucho del poder del filme que seguir leyendo

Podcast 100: La crónica de Anna Magdalena Bach (1968), de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet

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Esta película puso en el mapa cinematográfico mundial al matrimonio compuesto por los franceses Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, a la sazón autoexiliados como objetores de conciencia en Alemania. Su retrato de Bach como un explotado, su obsesión por la música tocada en locación y grabada directamente y su negativa a colgarse a cualquier estructura narrativa tradicional, marcaron el inicio de una carrera que hasta hoy está dedicada a escarbar en el pasado para encontrar ideas y estructuras nuevas para articular lo que se podría llamar “resistencia”. ¿Resistencia contra qué? Contra el capitalismo y contra sus formas más ubicuas y poderosas de entretenimiento. De eso y más hablamos en el podcast.

Estrenos: Misterios de Lisboa (2010)

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Romántica en sus tramas y dinámica en su forma, la última película del fallecido realizador chileno agrupa a muchas de sus innovaciones narrativas. 

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Durante toda su vida, Raúl Ruiz combatió la forma de relatar que fue apropiada por el cine estadounidense para simplificar las ficciones y de paso simplificar la visión de la vida de quienes las consumen. Estas ficciones suelen transmitir una sensación de clausura que protege una verdad simple y profunda, la que a su vez debe ser internalizada mediante su olvido aparente y su repetición manifiesta.

Esto que fue llevado a la forma de arte en el cine clásico estadounidense se ha convertido en un cliché perpetuo que solo satisface a los adolescentes y que paulatinamente ha expulsado a los adultos de los cines en buena parte del mundo. Lo que Ruiz ofreció como alternativa hasta su muerte fue un cine donde nada está cerrado, donde las verdades no son simples, no son profundas y ni siquiera son verdades. Por el contrario, existe la desconcertante sensación de que el relato no existe o que está siendo ocultado por tramas y subtramas de naturaleza fragmentaria. También está, a veces, la sensación de que Ruiz no está hablando completamente en serio.

El comienzo de Misterios de Lisboa no puede ser más serio. Grandes turbulencias políticas sacuden a la Portugal de mediados del siglo XIX, mientras que un huérfano adolescente crece “sin saber quién es” en un orfanato dirigido por el jesuita Padre Dinis. El muchacho es el origen y centro de una historia que se empieza a ramificar hacia los lugares y tramas más inesperados, los que sin embargo poblaron la literatura romántica decimonónica que el huérfano Joao leía compulsivamente para paliar la fría soledad de los bastardos. No es que Misterios de Lisboa quiera parecerse a las teleseries de nuestro continente, más bien se situó a sí misma en una época y un lugar que parecían decididos a inmortalizarse en ficciones que los trascendieron y mutaron para instalarse en Latinoamérica bajo otro nombre. Guaguas perdidas, amores prohibidos, cambios de identidad, fugas y regresos, intrigas, engaños y manipulación; todas estas historias pasan y atraviesan por el destino del joven Joao empujadas por la figura camaleónica del jesuita Dinis. Hay un momento en que Joao entra a la habitación prohibida del sacerdote, para encontrarse con sus disfraces y con otros objetos que podrían concentrar en sí la sensación del mundo conocido hasta entonces y la habilidad de moverse cómodamente en él.

No es que Misterios de Lisboa quiera parecerse a las teleseries de nuestro continente, más bien se situó a sí misma en una época y un lugar que parecían decididos a inmortalizarse en ficciones que los trascendieron y mutaron para instalarse en Latinoamérica bajo otro nombre.

La historia se mueve cómodamente por el sur de Europa, así como también lo hace por el portugués, el italiano y el francés. La fotografía es fría y seca y se asemeja a los óleos con que esa época se expresó visualmente; pero junto a su aparente clasicismo están los movimientos de cámara, omnipresentes y evidentes. El permanente desplazamiento de la historia y de su centro tiene un correlato visual en esos movimientos que sacan y ponen personajes en el cuadro de un momento a otro, y que también plantean dudas permanentes acerca del punto de vista que nos orienta en las más de cuatro horas de película. ¿Es esta la historia de Joao, del Padre Denis, de la condesa madre de Joao, del campesino que perdonó la vida al bebé Joao para después hacerse rico en Brasil, de la amante despechada de este último que desea matarle? Lejos de cansar, este dinamismo atrapa e interesa, y deja tiempo para contemplar el deleite de la fabulación por sí misma, como si estuviéramos presenciando el proceso en que la mente afiebrada de un niño inventa una historia tras otra, cuál más fantástica o truculenta.

En su lucha contra el “relato estándar”, Ruiz ofreció una multiplicidad de formas de narrar. Desde la novela detectivesca ¡mirando pinturas! de La hipótesis del cuadro robado (1979), pasando por la caprichosa corriente de recuerdos de El tiempo recobrado (1999), hasta la novela costumbrista cruzada con surrealismo de Días de campo (2004), Ruiz se puso distintos trajes, nacionalidades y estilos para explorar las posibilidades narrativas del cine. Misterios de Lisboa es en apariencia uno de sus esfuerzos más convencionales, pero vista de cerca contiene cabalmente el gesto de buscar en el pasado nuevas formas de narrar, y por ende, de mirar la vida y su devenir. En cierto sentido se trata de una emancipación a nivel mental, y este asunto no puede ser más serio.

Estrenos: Misterios de Lisboa (2010)

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Era previsible: la muerte de Raúl Ruiz despertó un automático interés en su obra. Tal vez ayude a una mayor difusión de su obra en Chile, tal vez no; pero alcanzó para llevar a nuestros cines la monumental Misterios de Lisboa. Y eso basta (por ahora).

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No hay caso. Hay algo en la obra tardía de los grandes artistas que despierta el magnético interés de público y crítica. Ver la última película de Kubrick, escuchar los cuartetos finales de Beethoven, leer el libro póstumo de David Foster Wallace… Como si el postrer contacto del aludido con su arte contuviera en sí mismo un secreto que le cabe solo a uno mismo develar o contrastar contra la propia experiencia. Como si ese suspiro final suyo fuera más significativo que muchos (sino todos) los anteriores. No siempre funciona así. Los desenlaces de las carreras de Hitchcock, Truffaut, Peckinpah o Kazan palidecen ante lo mejor de su carrera, pero quienes andan detrás de joyas crepusculares disponen de ejemplos tremendos: piensen en Gertrud (1964), de Carl T. Dreyer, Los muertos (1987) de John Huston o Los amores de Astrea y Celadón (2007) de Eric Rohmer; filmes bellos, misteriosos, compuestos casi en su propio idioma, tan relacionados con la obra de sus directores como al mismo tiempo autocontenidos e independientes…

Todo lo anterior podría aplicarse a la inmensa Misterios de Lisboa (2010) de Raúl Ruiz, sólo que en rigor no se trata de seguir leyendo

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