LAS PELÍCULAS QUE NO NOS AVERGÜENZAN

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Raúl Ruiz

Podcast 246: Valparaíso mi amor (1969) y Ya no basta con rezar (1972), de Aldo Francia

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Aldo Francia fue algo así como nuestro Vittorio De Sica. En vez de reconvertirse desde la actuación, él aterrizó en el cine siendo un médico cinéfilo, que fundó un cine club, construyó un cine (con otras personas), fundó publicaciones, organizó un festival de cine y ayudó a armar la primera escuela de cine. Todo esto en el eje Viña-Valparaíso que secuestró su mirada para siempre. Debutó con una obra maestra y después hizo otra película, dañada por la efervescencia y por sus propia necesidad de definirse. De esto y más hablamos en el podcast.

Tiempos malos (2008), de Cristián Sánchez

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Tiempos malos 2

A veces, tengo la impresión de que existen dos historias del cine chileno. Dos corrientes paralelas que, por más esfuerzo que se haga, rara vez se intersectan y si lo hacen, es apenas por un breve momento: por un lado, la idea de una industria audiovisual desarrollada, nuestra variada geografía utilizada como paraíso para filmaciones extranjeras, presencia en todos y cada uno de los grandes mercados y exhibiciones a sala llena. Por otro, nuestros cineastas luchando (y perdiendo por goleada) en la cartelera, dependientes de la indispensable ayuda del fondo audiovisual, reemplazando el cine de grandes temas por el intimismo y tratando de hacer lobby dónde y como pueden. En suma, el cine chileno que nos gustaría ser versus el que somos. Deseos e ilusiones. Realidad pura y dura.

Uno puede extraviarse en serio al tratar de conciliar estos opuestos; pero, es perdido en ese bosque que, de pronto, puedes toparte con algo como Tiempos malos, él último largometraje dirigido hasta ahora por Cristián Sánchez. Él mismo me lo mostró allá por 2011, cuando la película -filmada en 2008- todavía estaba entrampada en la fase de postproducción y sólo ahora, vía la Sala Cine UC, tendrá por fin funciones abiertas a público general. Nunca es tarde, pero es inevitable pensar que en esos siete años nuestro panorama fílmico cambió al completo: el digital reemplazó al 35mm, las recaudaciones se achicaron, la TV abierta se olvidó de nuestras películas y estas, a su vez, se obsesionaron con los festivales extranjeros. ¿Qué monos podría pintar un artista como Sánchez en este estado de cosas? Aunque, la verdad, esa pregunta está de más: a su manera, Tiempos malos es tan pez fuera del agua hoy como El Zapato Chino -su legendaria cinta debut- lo fue en 1977, cuando se estrenó casi en secreto en un país que prácticamente había olvidado su propio cine. En esos días, fue recibida casi como un curiosidad y muy pocos levantaron la voz en defensa de su asumida marginalidad y espíritu ladino, pero ya ven: casi cuarenta años después es reverenciada como un eslabón perdido entre el nuevo y el novísimo cine chileno.

No está claro si la nueva película correrá suerte parecida, pero poco importa para el que se zambulle a fondo en su historia de cabros chicos metidos a mafiosos y de mafiosos que añoran falsos días de inocencia, mientras piensan con frialdad en la siguiente vendetta, en el siguiente golpe. Eso sí, una advertencia: la de Tiempos malos no es la delincuencia de los cacerolazos, la que mediatiza sin piedad la TV abierta ni tampoco la cosa real. El lumpen imaginado por Sánchez es digno de una troupé circense y un círculo cerrado. Una cofradía repleta de reglas, genuflexiones y creencias. Una pandilla en que tanto el capo di tutti (insuperable Roberto Farías) como el último pistolero hablan su propio lenguaje, un impenetrable y vertiginoso coa recopilado, expandido e inventado por el propio director, que de tan barroco y culterano acaba por despojar de narrativa al filme y arrojarlo sin red al terreno de la lírica y la fantasía. Su devoción por un destartalado escenario de intrigas al tres y al cuarto -donde la violencia aparece, y feroz, en el momento menos pensado- es lo bastante apasionada, para provocar la extraña impresión de irse fabricando y disolviendo a medida que el espectador la mira: nacida de la nada, para brillar fugaz antes de devolverse a la nada.

Por lo mismo, no extraña que a ratos la película revierta a un tono alucinado, como de ceremonia de olvidados y aparecidos. Sánchez alimenta esa sensación al incluir un virtual doble de “Quintana”, el mítico protagonista de El Zapato Chino, fallecido hace ya muchos años; pero lo cierto es que inquieta admitir cuán familiar nos parece este mundo, este país de fantasmas. Será porque algo tenemos de espectros.

Tiempos malos (Chile, 2008). Con Fernando Farías y Diego Bizama. Dirección de Cristián Sánchez. 142 min.

La noche de enfrente: El Chile que se va con Raúl Ruiz

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En la cinta póstuma del cineasta nacional, todo empieza como un juego y termina como un réquiem.

 

En 1955, un escritor mexicano llamado Juan Rulfo conmocionó a la literatura de su país y del continente con una novela llamada Pedro Páramo. Sin un narrador claro, ni con una secuencia que pudiéramos llamar “lógica”, la obra transmitía como pocas la fantasmal presencia de los mundos que desaparecen por completo cuando muere una comunidad. Así como el extraño transitar de quienes empiezan a vivir acompañados de muertos para terminar siendo uno más de ellos. seguir leyendo

Estrenos: La noche de enfrente (2011)

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El filme póstumo de Raúl Ruiz es una adaptación literaria, el delirio de un jubilado, un repositorio de historias, un edificio que colapsa y otro que se levanta al mismo tiempo.  

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Para toda la fama de autor difícil que le colgaron en vida a Raúl Ruiz, de verdad conforta que sea imposible disfrutar La noche de enfrente (su filme póstumo, rodado en Chile a principios de 2011) usando los códigos del gran arte, las teorías académicas y delirios doctorales. Para qué enredarse tanto: basta y sobra con el goce de mirar.

Por cierto que en la película hay mucho más que su superficie, creada a partir de diversos relatos de Hernán del Solar, de una forma parecida a como el propio Ruiz hizo con los cuentos de Federico Gana hace un década, en la hermosa Días de campo. Si esta última estaba habitada por las ficciones vigiles y oníricas de don Federico –ruiciana versión del escritor terrateniente que pobló nuestra literatura en el siglo XIX-, el protagonista del nuevo filme parece, al menos en principio, una criatura mucho más modesta: don Celso (Sergio Hernández) es un tranquilo oficinista de Antofagasta que, de tanto perderse en sus propias ensoñaciones, de golpe se da cuenta que está a punto de jubilar. Es más, tiene el fuerte presentimiento de que con su retiro llegará un asesino a su pensión, para borrarlo del mapa. Lo interesante es que inminencia de la muerte no lo aterra tanto como uno de sus efectos colaterales: la desaparición de sus recuerdos, lecturas y fantasías. El viejo no logra acostumbrarse a la idea de que con él se irá -al mismo tiempo- todo un “mundo”, y hasta cierto punto, toda la película es la titánica lucha de esas memorias por asegurarse un lugar del lado de los vivos, antes de seguir el curso natural de todas las cosas. Antes de convertirse en espectros.

Dice mucho del poder del filme que seguir leyendo

Podcast 100: La crónica de Anna Magdalena Bach (1968), de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet

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Esta película puso en el mapa cinematográfico mundial al matrimonio compuesto por los franceses Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, a la sazón autoexiliados como objetores de conciencia en Alemania. Su retrato de Bach como un explotado, su obsesión por la música tocada en locación y grabada directamente y su negativa a colgarse a cualquier estructura narrativa tradicional, marcaron el inicio de una carrera que hasta hoy está dedicada a escarbar en el pasado para encontrar ideas y estructuras nuevas para articular lo que se podría llamar “resistencia”. ¿Resistencia contra qué? Contra el capitalismo y contra sus formas más ubicuas y poderosas de entretenimiento. De eso y más hablamos en el podcast.

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