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Vidas reales

Sully (2016), de Clint Eastwood

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Clint Eastwood 86

Curioso el timing con que se estrena lo nuevo de Clint Eastwood y Tom Hanks: esta parábola de valentía y arrojo comunitario llega justo en el momento en que Estados Unidos, sus ideales y valores, parecieran estar quebrándose en dos.

Si uno se toma esos relajados cruceros que dan la vuelta en torno a la isla de Manhattan, poco antes de llegar de regreso al muelle 83 el guía hará una obligada referencia al heroico aterrizaje del vuelo 1549 de US Airways en pleno río Hudson, ocurrido un 15 de enero de 2009. Lo mencionará porque ellos mismos –y varias otras empresas turísticas- vieron pasar el avión por encima de sus cabezas y se lanzaron de inmediato al rescate de los naufragados. A casi siete años de distancia, el suceso se ha convertido en parte del folclor y la épica local. Era lógico que, más temprano que tarde, alguien hiciera la película.

Y más lógico aún que esa persona fuese Clint Eastwood.

Inmerso desde hace más de una década en proyectos basados en historias reales, Eastwood se movió velozmente para comandar la adaptación de Highest Duty, el libro del piloto Chesley “Sully” Sullenberger, quien tras amarizar con los 155 pasajeros del vuelo a salvo se transformó en una celebridad nacional, una que en Sully –la película- es interpretada nada menos que por Tom Hanks.

Suena muy gringo todo, ¿cierto? Más aún después de las patrioteras polémicas armadas de cara a la reciente elección presidencial estadounidense y la inminente presidencia de Donald Trump (ver recuadro); pero, en lo que al filme respecta, cualquier sugestión de “grandiosidad americana” debería relativizarse, porque si bien la historia del vuelo 1549 calza perfecto con la epopeya del héroe que logra lo imposible -algo que tanto gusta en Hollywood-, hay algo específico en Sully que la separa de la propaganda descarada y es que el propio piloto remarcó a los productores la necesidad de que la cinta fuera un relato comunal, porque a su juicio el hecho real también lo fue. Es cierto que Sullenberger ocupó el rol central, pero el éxito del salvataje efectuado en apenas 24 minutos corrió también a cargo de las numerosas embarcaciones que se allegaron a la nave, al actuar de los equipos de emergencia y el criterio exhibido por pasajeros que siguieron procedimientos que funcionaron a lo largo de toda la cadena. Colgándose de esta última idea, Todd Komarnicki -guionista del filme- ha dicho que en su opinión Sully representa una situación inversa a la ocurrida el 11 de septiembre de 2001, una instancia donde todas las salvaguardas funcionaron,  y Warner Bros. parece haberle comprado la teoría: programó el estreno para el 9 de septiembre pasado, apenas dos días antes del 15º aniversario del ataque a las Torres Gemelas.

La película en sí enfrenta todo el asunto con más pragmatismo: estructurado en torno a la investigación conducida inmediatamente después del accidente por la Junta Nacional de Seguridad del Transporte (NTSB), para despejar dudas sobre una posible negligencia de los pilotos, el relato vuelve reiteradamente sobre un accidente que Sully recuerda casi en espasmos, bajo la forma de repentinos flashes y pesadillas nocturnas. La recuperación progresiva de esos 208 segundos en vuelo acaban por convencerlo de que, a la larga, ese brevísimo lapso pesará más que sus 40 años en el aire, erigiéndose como la verdadera medida de su imagen ante el ojo público. Esos momentos se convertirán en un mito urbano, una historia neoyorkina y un eslabón más de esa institución que algunos llaman el “carácter americano”. Eastwood ya había ingresado anteriormente en este territorio –antes explorado de forma indeleble por su maestro John Ford- al delinear la leyenda del pistolero William Munny, en Los imperdonables (1992) y registrar el circo mediático armado en torno a los héroes de Iwo Jima en Flags of Our Fathers (2005), pero con Sully la formación del mito es examinada al interior de una bestia muy distinta: el frenético y posmoderno ciclo noticioso. De hecho, lo más inquietante de la película no son las numerosas y precisas recreaciones del arriesgado aterrizaje sino la velocidad con que el protagonista adquiere conciencia de su nuevo estatus de héroe: apenas ocurrido el incidente, Sully llama a su mujer para decirle que él está bien; ella no capta el sentido y él le dice que mejor prenda el televisor, que ahí comprenderá. Esa noche, observando las imágenes del rescate en los noticiarios, siente como si todo eso le hubiese ocurrido a otra persona. A la noche siguiente, en un bar local lo reconocen de inmediato y hasta le dedican tragos en su honor. A los pocos días, toda la tripulación está invitada al Late Show de David Letterman, convertidos en celebridades instantáneas. Lo que en la era de los pistoleros y las conquistas fronterizas podía tomar años, a veces toda una vida y más allá, hoy semeja más bien un virus que se esparce sin control a menos que el propio involucrado posea el temple necesario para aplicar los necesarios frenos. Como si esa disposición extra a resguardar la privacidad, la integridad y el sentido de sí mismo fuese hoy una parte central de lo que entendemos por heroísmo.

Es así que Sully viene a cerrar el círculo que Eastwood había abierto con American Sniper (2014), su cinta anterior. Ahí donde la saga de Chris Kyle -el francotirador más certero del ejército- es interrumpida de golpe y trágicamente antes que él consiga asumir a cabalidad su propia realidad como víctima de la guerra a la que tan bien sirvió, convirtiéndose de paso en una leyenda (pero también en un mártir más de cierta América blanca), Chelsey Sullenberger, hombre ordinario en circunstancias extraordinarias, parece emerger como símbolo de un sentir o