Una mujer fantastica

Una mujer fantástica (2017), de Sebastián Lelio

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Después de tocar techo con Gloria, Sebastián Lelio se tomó su tiempo para elegir que hacer a continuación. ¿Cómo continuar? La respuesta está en el romance, el drama y el duelo de Una mujer fantástica. Y también en su actriz.

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Marina Vidal va caminando por la calle. Una leve brisa agita su impermeable, unas cuantas hojas pasan flotando a su lado, pero la brisa se transforma en viento y el viento en una tromba y ella continúa avanzando, casi doblada contra la tormenta que se le viene encima…

La escena -una suerte de pesadilla diurna ubicada en la mitad de Una mujer fantástica, lo nuevo de Sebastián Lelio- sirve a la perfección para explicar lo que en teoría está al corazón de la cinta: la lucha cuesta arriba de una mujer transgénero en una sociedad que aún se resiste a lo que sus estándares consideran “diferente”. Pero interpretar la película sólo de esa forma sería caer en la literalidad.

Lelio ya enfrentó ese problema de cara al tremendo impacto generado por Gloria (2013), su trabajo anterior, cuando algunos se apuraron a celebrar el filme en términos de su agenda pro mujeres y pro tercera edad, siendo que la producción -exhibida en más de 60 mercados, algo histórico para el cine chileno- era, antes que todo, el retrato de una rebelde que emerge con fuerza en el otoño de la vida, hasta develarse al completo, asumida y triunfante.

Algo parecido sucede con esta mujer fantástica, no porque su vida se haya extraviado en un recodo del trayecto o deba vérselas consigo para saber realmente quien es. Todo eso ella ya lo tiene claro, desde el inicio del relato. Desde antes, incluso: Cantante. Artista. Transgénero. Pareja de Orlando (Francisco Reyes), un empresario textil que fallece repentinamente a causa de un aneurisma y la deja en el complejo trance de hacer el duelo y, al mismo tiempo, lidiar con una ex esposa, hijos y parientes del muerto, quienes se rehúsan a reconocer siquiera su existencia o darle el debido valor de esa relación. Desde el velatorio en adelante, van acallando todo el asunto como si se tratase de un secreto inconfesable y Marina una suerte de fenómeno que debe ser borrado de esta historia, barrida bajo la alfombra, reducida a la nada.

Buena parte del relato se concentra en las consecuencias de esa decisión, y así vemos a Marina en sucesivos cara a cara con Sonia, la ex mujer; Adriana, oficial de Policía encargada de investigar las circunstancias de la muerte de Orlando; Gabo, hermano del fallecido y el único que se digna a ver la relación como algo más que una aventura, y Bruno, el hijo que jamás procesó la situación y que enlista a unos cuantos amigos para amedrentar a la tipa que ahora vive en el departamento de su viejo. Dichas escenas cumplen su misión -alimentar la trama con conflicto, crear un contexto que separe a la protagonista del resto de los actores-, pero en cierto modo distraen a la audiencia de los hallazgos de los realizadores.

De partida, la presencia de la propia Marina. Encarnada por Daniela Vega, actriz transgénero al igual que su personaje, más que un representar un rol más bien parece evocar una presencia tan frágil como enérgica y brutal; alguien que va negociando palmo a palmo su espacio en una realidad que, en el mejor de los casos, la invita a pasar desapercibida pese a que ella -de una forma similar a como ocurre con Gloria- siente que su lugar debería estar en el aquí y ahora,  para ser vista y mirar de frente. ¿Hay algo de diva, algo de drama queen en esa postura? Por cierto que lo hay y Una mujer fantástica no se resta a exponerlo, sobre todo en esos recurrentes ensueños donde la heroína se figura ella misma al centro del drama (la ventolera que mencionaba al principio es el más logrado de esos instantes), pero que ejecuta con mucho menos fortuna en otros episodios, declaradamente ombliguistas, donde las costuras -y las deudas artísticas con Almodóvar, Wong Kar-wai, Tom Ford y Todd Haynes, entre otros- se hacen demasiado evidentes.

En cualquier caso, no podría ser de otro modo, tomando en cuenta el confuso lugar mental en que la sitúa la muerte de su hombre, que cierra el primer tercio de la cinta, el más logrado por lejos; una suerte de Arcadia íntima a la que el personaje intenta sin suerte regresar una y otra vez. En esa primera media hora, que describe lo que parece ser un primer cruce de miradas entre ambos, pero que luego se revela como parte de una rutina tan querida como habitual, Lelio y su fotógrafo Benjamín Echazarreta consiguen equilibrio absoluto, la puesta en escena de lo que bien puede ser la secuencia romántica más bella e intensa en la historia de nuestro cine, una suerte de danza de encuentro, celebración y comunión de los amantes, ejecutada con total control y parsimonia, pero también plena de entrega y abandono, mientras vemos a Orlando y Marina bañados en haces de luz púrpura, roja y amarilla, absortos en la pista de baile, liberados de la mirada de los otros, reunidos con el espectador.